Mi primera curda I

Por admin

Martes, noviembre 13th, 2007 7:09pm

Moscú, viernes 12 de octubre de 1990 

Llevo días alejado de las páginas de este diario.  

En las últimas horas he muerto y he resucitado en varias ocasiones, he salvado dos vidas (la de Juancar y la mía), he escapado por los pelos de las hordas sirias, me he visto obligado a pedir asilo en diferentes comunidades internacionales de estudiantes (de Indochina a Portugal, pasando por unas simpáticas brasileñas que me han escondido debajo de su cama en las siete horas más terribles de mi corta existencia), he conocido la noche moscovita, he estado a punto de ser deportado a Siberia, me he perdido sin salir de la residencia, he vomitado unas dieciséis veces, he visto elefantes azules en al menos dos ocasiones (lo juro), me he aprendido de memoria el himno de la Unión Soviética y he brindado en repetidas ocasiones por a) “la gran guerra patria y el general Zhúkov”, b) “la tortilla de patata me cago en dios”,  c) “la NEP”, d) “Dolores Ibarruri y la madre que nos parió” y e) “Asturias” (ante la amenaza de un beodísimo Cangas armado de un tenedor). Sí, amigos, me he cogido la primera curda de mi vida y me ha durado cuarenta y ocho horas ininterrumpidas e interminables…  

Todavía no me tengo en pie. Por suerte, la mayoría de mis compis se han pirado a la Embajada de España y estoy a solas con mi resaca. Como es el día de la hispanidad nos han invitado a una recepción. Yo no puedo ni moverme y creo que tengo fiebre. El Cangas y Gorka han dicho que no pisan la embajada ni de coña, que no tienen nada que celebrar y que se quedan aquí haciendo el sorteo de parejas para los Campeonatos de Mus de la Unión Soviética que darán comienzo la semana que viene. Curro sigue durmiendo en su habitación desde que cayó redondo tras su, atención, decima botella de vodka en tres días. Los demás han acudido al ágape con dos objetivos: comer hasta reventar y llenar sus tupperwares clandestinos con todo lo que pillen. En la tranquilidad de mi desierta habitación, saco fuerzas para retomar el diario. Vayamos al comienzo del dislate alcohólico.

Todo empezó el martes por la tarde tras ahogar literalmente en vodka a un subsecretario del Ministerio de Educación y reconquistar mi derecho a estudiar ingeniería nuclear. Con la excusa de que había que celebrarlo, Josemi y Juancar se unieron a unos desatados Curro y Cangas en la búsqueda desesperada de más alcohol para regar el despropósito colectivo que se avecinaba. Como las bodegas oficiales estaban secas, tratamos de surtirnos de “agüíta” en la habitación de los afganos. Al aproximarnos al lugar observamos con horror como Rosa, una de las gemelas, estaba de vigía a unos metros de la puerta. Las gemelas suelen turnarse para hacer guardia junto al “bazar de Kabul” (así se conoce a la habitación de los afganos) y toman nota de los estudiantes españoles que acuden a cambiar dinero o comprar algo en el mercado negro. No obstante,  Josemi ideó un plan para sortear la vigilancia de las confidentes de la Asociación España-URSS. A mí me tocó la peor parte: mientras ellos subían a la cuarta planta y trataban de llegar hasta Afganistán por otra escalera, yo debía alejar a la gemela del lugar. El procedimiento, practicado en reiteradas ocasiones, consistía en abordarla y decirle la siguiente frase/conjuro (de significado incomprensible, al menos para mí): “gran tipo ese Lister y buen trabajo el que hizo en Aragón”. Dicho y hecho, fue pronunciar las palabras mágicas y venirse abajo el sistema de vigilancia: “Verdad que sí”, me contestó la gemela con una sonrisa pavorosa mientras me agarraba del brazo y me llevaba hacia la cafetería, donde me retuvo durante hora y media para hablarme de la guerra civil de mi abuelo y de politiquerías de las que yo no entendía una mierda. Creo que empezaba a sospechar algo cuando, tras preguntarme por enésima vez por el origen de mi admiración por el tal Lister, me vine abajo y comencé a hablarle sobre las áreas de investigación en fusión nuclear y física de plasma, los cálculos de transporte de neutrones y los experimentos de confinamiento inercial en plantas de ignición. Bueno, el caso es que conseguí marearla de tal manera que la pobre sufrió un desvanecimiento seguido de una lipotimia, momento que aproveché para escabullirme y desaparecer sin dejar rastro… 

Tras pasar por los baños a vaciar una vejiga desbordada por la absurda cantidad de té negro que la gemela me obligó a ingerir, volví a mi habitación para intentar tranquilizarme; en realidad, estaba saliendo de Málaga para meterme en Malagón: durante mi vis a vis con el enemigo, mi habitación se había transformado en un capítulo de “mundo ibérico”, un antro irrespirable repleto de beodísimos estudiantes desatados. El Cangas dormía en calzoncillos dentro de un armario mientras Curro le hacía cosquillas con unas plumas en las plantas de los pies. Merceditas le enseñaba a bailar “Los pajaritos” a Umaru, el senegalés. Había botellas vacías de vodka por todas partes y algún sátrapa sin escrúpulos se había pimplado mi aftershave  tras hurgar entre mis cosas (por cierto, lo del aftershave tiene miga: no tengo ni un pelo de barba y no me he afeitado en mi vida, pero mi padre se empeñó en metérmelo en la maleta. Fue como una especie de rito masculino de paso. Muy serio, depositó la loción y un paquete de preservativos en mi equipaje. Después me abrazó y me dijo “hijo, espero que seas un buen Romero en la nueva vida que te espera”. Glups. Llevo aquí menos de un mes y medio y ya me han birlado el aftershave sin ni siquiera haberlo abierto y, bueno, sólo de mirar los condones me tiemblan las piernas. La estirpe familiar está perdida). En la otra punta de la habitación, Isabel y Marga no paraban de reírse sin ton ni son tiradas en un rincón. Mario y el Fuli discutían a gritos sobre el estribillo de “Clavelito” y Gorka luchaba por inculcarle el idioma de los vascos a un guerrillero libanés en estado de coma. El único que parecía en sus cabales era Josemi, que, tras ofrecerme un vaso de vodka, se quejó amargamente de que “la gente no sabe beber”: “hay un procedimiento ruso para beber como un cosaco sin desplomarse. Observa”. Entonces, se sirvió un vaso y procedió con el método anti borrachera: 1) Agarró un trozo de pan negro, 2) lo olió profundamente, 3) soltó todo el aire por la boca, 4) se pimpló el vodka de un trago, 5) se zampó el pan de un bocado (con una cara que era un poema) y 6) aguantó como pudo una arcada galopante. Con una severa mirada me indicó que era mi turno. Mi imitación iba como la seda hasta que al dar el trago creí morir en tres actos: a) mi arcada se transformo en un fuego que me calcinó la garganta, b) mascullé varios “me muero-me muero” y c) un amago de pérdida de conocimiento me obligó a desplomarme en una silla. Josemi se descojonaba mientras me llenaba el vaso de nuevo y me daba otro trozo de pan. Ese segundo trago lo digerí mejor. Con el tercero parecía que ya estaba vacunado. Pero el cuarto me devolvió de nuevo a mi condición de aspirante a borracho primerizo y tuve que salir por patas al baño con una papa repentina asomándose por mi boca…

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Lolito y cía. comparten baño de “agüita” en la residencia de la Avenida Lomonosov. Moscú, 1990

La excursión al excusado me propició dos hallazgos importantes: 1) Averigüé el origen del instrumental con el que Curro estaba torturando al Cangas al ver el pasillo regado de plumas y hallar mi almohada destrozada reposando cómodamente en uno de los lavabos. Sin comentarios. 2) Encontré a Juancar desvanecido, vomitado hasta las cejas y con la cabeza metida dentro de uno de los pútridos retretes. Comprobé que todavía respiraba, lo levanté como pude y le metí la cabeza debajo del grifo de agua gélida. A los pocos segundos ya estaba gritando y cagándose en todo… Le limpié como pude y le dejé durmiendo en el pasillo. 

Cuando regresé a la habitación Josemi había montado un comando con las huestes que tenían uso de sí. Como el vodka se había terminado y los afganos tenían el chiringuito cerrado hasta nuevo aviso, propuso que saliéramos a la noche moscovita y nos encamináramos al centro de la ciudad para seguir bebiendo en el Hotel Intourist (Nota: según me han contado, Intourist es la contracción de “Inostranni Turist” -turismo extranjero- , la agencia de viajes que gestiona los servicios turísticos para “guiris” desde 1929. El Intourist es uno de los mejores hoteles de la ciudad. Se encuentra muy cerca de la Plaza Roja y su bar está abierto hasta altas horas de la madrugada. En la URSS hay tres tipos de hoteles: 1) para la población soviética, 2) para los extranjeros y 3) las residencias para los miembros del Partido Comunista de la URSS (PCUS). El ruso de a pie tiene prohibida la entrada a los dos últimos. Además, el Intourist tiene repartidas por algunas ciudades del país unas tiendas para extranjeros que se llaman “Beriozkas” –abedulitos-. Sólo se puede pagar en dólares y los ciudadanos soviéticos tienen vetada la entrada. Mientras las tiendas comunes están tiritando, estos almacenes se encuentran repletos de productos…). 

Ya en la calle, y bajo la dirección marcial de Josemi, nos encaminamos a coger unos taxis para llegar al centro de la ciudad. Yo llevaba un moco del quince y estaba muy agustito. Vistos en conjunto debíamos ofrecer una imagen dantesca, aunque el aire frío que soplaba ayudaba a espabilarse (Nota 2: los taxis son muy baratos y como hay muy poco tráfico en la ciudad, se llega echando leches a cualquier sitio, aunque Moscú es muy grande y las distancias son enormes. Bueno, en realidad, no sólo los taxis son baratos, la vida en general está tirada en la URSS. Aunque el sueldo mensual que recibimos del Estado soviético por estar estudiando en la universidad no da para mucho, me han dicho que aquí puedes tirar con quince mil pelas más de seis meses. Aprovecho para comentar tres cosas del tema pasta que me tienen flipao: 1) el problema no son los precios, sino que en las tiendas hay muy pocas cosas: la gente lo tiene chungo para comprar aunque tenga dinero; 2) los precios han sido los mismos durante casi setenta años y no han cambiado ni una coma porque en este país el mercado no existe como nosotros lo conocemos; y 3) aquí se considera que estudiar es como un curro: el Estado te paga un sueldo al mes por ir a la universidad (que es completamente gratuita, como el resto de niveles de enseñanza). No contentos con eso, hay un montón de residencias de estudiantes a las que la peña se puede ir si se quiere emancipar y pirarse de casa de sus padres. Incluso hay algunas residencias para jóvenes parejas de estudiantes que decidan casarse y vivir juntos. Alucinante). 

Interrumpo la escritura. Llaman a la puerta. 

Eran el Cangas y Gorka. Ya han sorteado las parejas para el campeonato de mus. Me ha tocado con el Mesa, el tío más gafe de toda la URSS. Estoy desolado. No tengo fuerzas para seguir escribiendo. Me voy a dormir. Mañana seguiré con la excursión al Intourist y las tremebundas aventuras que nos deparó… si sigo vivo… un nuevo retortijón amenaza con llevarme otra vez a potar a las profundidades de esta residencia. Temo morir sepultado entre desechos y basuras. Tengo que andarme con ojo. Maldigo el vodka y todas las borracheras. Echo de menos el caldito de mi madre. Y encima, la maldición de Mesa. Todo es hostil. ¡Qué lejos está Torreperogil!

¡De nuevo en el glorioso camino de la ingeniería nuclear!

Por admin

Viernes, octubre 19th, 2007 5:59pm

Moscú, martes 9 de octubre de 1990

La caña, la caña, la caña. No quepo en mí de alegría. Lo crean o no, he conseguido volver a los caminos insondables de la aplicación práctica del núcleo atómico, los principios de la química y la física nuclear y la interacción entre radiación y materia. ¡El Ministerio de Educación soviético me ha devuelto mi condición de estudiante de ingeniería nuclear! ¿Cómo? Ejen… vayamos por partes.

La noche se ha presentado cargadita por obra y gracia de la descomunal cogorza de “el Cangas”. Primero se bebió mi botella de vodka (por suerte llegué a tiempo de esconder la otra), luego se juntó con Curro, un estudiante barcelonés de Filosofía que lleva en la URSS desde los catorce años, y se bebieron, por este orden, una botella de vodka adquirida a la mafía afgana y un frasco de colonia (sin coñas). Sí, amigos, aquí la peña se coge unos mocos del Orinoco y lo del alcoholismo es un deporte nacional, bueno, no sólo nacional: los estudiantes extranjeros pimplan de lo lindo. Cuando no hay vodka, bien vale un buen frasco de aftershave si las ganas aprietan. Uno de los puntos estrella del improvisado manual de supervivencia que estoy confeccionando sobre la vida en esta residecia es el siguiente: no confundir nunca el perfume con la colonia. Me lo han advertido varias veces acompañándolo de un paternalista “ya, ya… tú todavía no bebes, pero ya verás cuando llegue el invierno”. En efecto, la peña está tan enganchada a la melopea colectiva que, en caso de que no haya otra cosa, se beben cualquier artefacto que tenga alcohol, por eso conviene saber que la colonia “coloca” mientras que el perfume te perfora el estómago y te mata. Y es mejor tomarse esto al pié de la letra: cuentan que hace unos meses, durante la fiesta de cumpleaños de un coreano, algunos estudiantes pillaron tal ciego que se bebieron un perfume por error… Acabaron todos en el hospital… Dos de ellos murieron… Un vietnamita y un hindú… Sin comentarios…

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Preciado líquido-elemento soviético

Pero regresemos a la noche en vela. 04:00 horas: al puto Cangas y a sus comparsas no se les ha ocurrido nada mejor que bajarse el tocadiscos de Curro a mi habitación e improvisar un taller de “Análisis y memorización de himnos de las infinitas repúblicas socialistas que componen la Unión Soviética”. Han estado hasta las ocho de la mañana cantando a grito pelado y rayando discos pedo perdidos. Menos mal que a las ocho y media han llegado Juancar y Josemi para rescatarme de la pesadilla y llevarme a la reconquista de mi especialidad vía asalto al ministerio. Les cuento. Primero nos hemos provisto de otra botella de vodka donde los afganos, cosa cuya lógica no he entendido muy bien en su momento y que tampoco han querido explicarme. Luego hemos cogido un taxi a la carrera (NOTA: aquí cualquier coche puede ser un taxi. Hay taxis normales y gente que te lleva de un sitio a otro en su coche por un poco de dinero. Basta que salgas a la calle y saques la mano para que los coches se detengan. Le dices al tío a dónde vas y si le conviene te dice un precio a negociar. También se negocia el precio antes de subir cuando se trata de un taxi “normal”. Juancar me ha explicado que para comprar un coche los soviéticos tienen que a) demostrar que lo necesitan, b) apuntarse en una lista y c) esperar a que llegue su turno. Por eso ven el tema de una manera diferente a nosotros y le dan un uso más colectivo al vehículo. A mí me parece una marcianada, pero cuando se lo he comentado a Josemi se ha mosqueado y me ha dicho que está que te cagas y que es una solución para que la ciudad no se convierta en un caos insufrible de tráfico).

Lo exagerado de la aventura ha comenzado unos diez minutos antes de llegar al ministerio: Josemi y Juancar se han puesto muy serios y me han dicho que el conductor del coche no les daba buena espina y que era muy pero que muy chungo, motivo por el cual me han pedido que en cuanto me hicieran una señal abriera la puerta y saliera corriendo sin mirar atrás. Han sido los ¿minutos? más largos de mi vida, me he imaginado lo peor, que ese tío era un mafioso, que nos llevaba a un descampado para desplumarnos y descuartizarnos tipo psicópata de Canción triste de Hill street (mi viejo estaba enganchado).Yo qué sé. Josemi y Juancar estaban muy serios, sin hablar, mirando al tipo de reojo. Hasta que, tras detenernos en un semáforo, me han hecho la señal y he salido corriendo despavorido por las calles moscovitas. Tras unos segundos de angustiosa huida he mirado fugazmente hacia atrás y he visto a dos hijos de puta bajándose de un taxi muertos de risa. Lo del humor chusquero parece que no cesa. Bueno, vayamos a lo que de verdad importa…

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Um… camarada Osonov haciendo uso de taxi colectivizado. Moscú 1990

Hemos entrado en el ministerio. Indescriptible: un auténtico edificio tipo cojón estaliniano en el que, a juzgar por el mobiliario y la pinta de los funcionarios, el tiempo se ha detenido en los años setenta. Tremendo. Tras subir trece pisos a pata, una secretaria nos ha dicho que el subsecretario al que buscábamos no estaba (NOTA: como imaginarán, todo sucedía en ruso, por lo que yo entendía lo que Juancar me iba traduciendo). Tras soltarle una sonrisa de Profident y meterle cinco dólares en el bolsillo, la secretaria ha cogido su teléfono, ha marcado y, mira por donde, resulta que el señor subsecretario sí que está y que pueden pasar a verle. Antes de atravesar la puerta Josemi y Juancar me han frenado en seco, me han mirado muy serios y me han pedido les siguiera la corriente en todo momento y no me asustara. Eso sí, me han advertido que pasara lo que pasara no debía beber más de dos vasos de vodka. Glups. De esa guisa nos hemos plantado en un despacho presidido por una foto de Lenin y una bandera soviética, extrañamente combinadas con un retrato de un taciturno Jimmy Carter y un vaso de Coca-Cola del Mcdonalds con pajita que el menda exhibía como trofeo en una estantería. Curioso.

El subsecretario, un tipo gordo y sudoroso embutido en un traje marrón a rayas, corbata indescriptible y zapatillas de deporte, ha saludado efusivamente a Josemi. Lo primero que nos ha dicho es que no había nada que hacer con lo mío, que las cosas eran así con los extranjeros, que cada año cambiaban las normativas y que justo este curso los extranjeros no podían estudiar ingeniería nuclear. No había manera de hacerle cambiar de opinión y mis nervios se desataban a medida que Juancar me iba traduciendo las negativas del tipo. De repente, Josemi ha puesto una de las botellas de vodka encima de la mesa y ha sacado un mendrugo de pan negro y un trozo de arenque seco de un bolsillo. A los dos segundos ya estábamos brindando por la perestroika. Josemi ha vuelto a la carga con lo mío, pero el funcionario no aflojaba: imposible. Otro vodka y otro trozo de pescado con pan negro. La cosa no cambiaba. Otro vodka más, con el que yo he bañado disimuladamente la moqueta siguiendo órdenes de Juancar. Nada. Otro vodka más. Um… parece que tiene un amigo que quizá podría hacer algo. Josemi sirve otro vodka y le pone un billete de veinte dólares encima de la mesa. El tipo sonríe, coge la pasta y brinda “por la generalización de la educación superior a todos los pueblos del mundo”. Yo vuelvo a regar la moqueta, pero soy el único: Juancar y Josemi beben como esponjas y se doblan los vasos de vodka sin pestañear. Se ha terminado el pan y el arenque, a partir de ahora el trago será a palo seco. La botella también se ha acabado, Josemi le dice al funcionario beodo que por qué no hace él mismo el cambio de especialidad. ¡Para qué vamos a andar con intermediarios! El subsecretario balbucea que naranjas de la China. Juancar abre la otra botella de vodka y “bebemos” de nuevo. Yo ya estoy metido literalmente en un charco de vodka y mis compis han empezado también a arrojar vodka al suelo sin ser descubiertos. El camarada subsecretario tiene ya una melopea considerable. Tres vasos de vodka después, el hombre no se tiene en pié. En ese momento, Josemi se saca un papel del bolsillo, agarra la mano del semiinconsciente funcionario, y le hace firmar. Luego saca un sello de uno de los cajones de la mesa del tipo, lo estampa en el papel, sonríe y afirma solemne: “Lolito, bienvenido de nuevo a la ingeniería nuclear”. Me abraza. Compruebo que él también está bastante afectado por el alcohol (al igual que un colorado Juancar que esgrime sus dotes médicas comprobando el pulso del finalmente colapsado funcionario soviético). No salgo de mi asombro: en mis manos tengo un cambio de expediente oficial que me autoriza a estudiar mi querida ingeniería. ¿De dónde ha salido ese impreso oficial? ¿Por qué Josemi es tan colega del subsecretario? ¿Qué hacía esa foto de Jimmy Carter en el despacho? Ni puta idea. Yo ya tenía bastante con intentar secar mis calcetines tras el piscinazo fortuito de “agüita” (NOTA: Juancar me ha explicado que “bodka” es el diminutivo ruso de “boda”, que quiere decir “agua”. Estos rusos son unos cachondos). Lo importante es que vuelvo a la ingeniería nuclear. Esta noche llamaré a mi abuelo para darle la gran noticia. Eso si sobrevivo: Josemi y Juancar se han unido a Curro y al Cangas y andan borrachos perdidos por la residencia liándola parda. No sé que pensará Siria de todo esto, pero me temo lo peor. La tarde se presenta movidita…

Merceditas del Averno

Por admin

Viernes, octubre 12th, 2007 6:07am

Moscú, lunes 8 de octubre de 1990

El día ha pasado sin pena ni gloria hasta esta noche. Dos veteranos, Josemi y Juancar, se han interesado por mi desesperada situación vital y académica. Cuando les he contado el drama de mi cambio de especialidad, se han brindado a ayudarme a resolver el entuerto con la burocracia del Ministerio de Educación. La cita es mañana a las nueve. Me han pedido que tenga listas dos botellas de vodka, imagino que dan por segura nuestra victoria y querrán celebrarla a nuestro regreso. Yo no he bebido en mi vida, pero les he prometido acabar con todas las reservas alcohólicas del país si consiguen devolverme mi ingeniería nuclear. Otra cosa ha sido conseguir las botellas. Las tiendas están realmente esquilmadas y no hay manera de comprar vodka oficialmente, así que Josemi me ha mandado al mercado negro. Además, me ha contado que las tiendas están vacías porque la mafia y un sector pro-capitalista del PCUS (el partido comunista en el gobierno desde hace miles de años) está boicoteando a Gorbachov: bloquean la distribución de alimentos y secuestran todos los productos para poner a la población en contra del presidente y su perestroika. Las malas lenguas dicen que en Siberia hay almacenes repletos de comida muerta de risa…

Lo del mercado negro es la leche. Imagínense un inmenso mercado paralelo que está por todas partes y en el que puedes encontrar de todo. En la residencia, por ejemplo, hay unos afganos que te consiguen lo que les pidas y te cambian dinero: si en el banco te dan cinco rublos por un dólar, ellos te dan quince. Así que si vas al banco es que eres o gilipollas o prosoviético. Eso sí, debes asegurarte de que “las gemelas” no te pillen haciendo uso del mercado paralelo: corres el riesgo de que te denuncien a las autoridades y den parte a la Asociación de Amistad España-URSS. Lo de la asociación vale, pero lo de las autoridades no acabo de entenderlo del todo, porque aquí todo dios está pringado en transacciones turbias y sobornos varios, incluidos policías, militares, burócratas y, por supuesto, políticos. Bueno, el caso es que los afganos de la residencia me vendieron las dos botellas de vodka y me obsequiaron con una barra de un presunto salchichón soviético llamado kalvasá. Buena peña estos afganos.

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Un moscovita trata de librarse de una multa con un soborno. Moscú 1990

Como no me podía dormir por los nervios, he convencido a mis compañeros de habitación de que era hora de armarse de valor y afrontar el tema de la higiene. El olor era ya insoportable y los sirios nos habían amenazado de muerte si no poníamos fin a nuestro abandono. Aterrados, hemos descendido al averno en busca de las duchas. Créanme que la estampa era dantesca: Agus, un enorme y peludo estudiante ovetense de historia armado de una cachiporra y un escudo casero; dos temblorosos matemáticos comunistas de Cocentaina; Manolo, el veterinario turolense, chocando a troche y moche con todos los objetos y gentes que íbamos encontrando por el camino: había decidido dejar sus gafas de culo de botella en la habitación para no ver el destino que nos esperaba allá abajo; y, por supuesto, mi enclenque persona jienense, tiritando de pánico, arrastrando una pastilla de jabón lagarto de dos toneladas, embutido en el albornoz de paño con el que me había castigado mi abuela y que me impedía realizar movimiento alguno en caso de ataque. El esperpento personificado, vamos, o tal y como lo definió Agus, “la metáfora más acabada del 98, viva imagen de la derrota patria”. Este Agus, además de ser inmenso y roncar de manera inhumana, anda regalando frases solemnes de ese tipo, amén de dar el coñazo una y otra vez con una revolución que hubo en Asturias en el año 1934 (para mí que se lo ha inventado) o repetir como un loro que “en 1937 Cangas de Onís fue saqueada más que Guernica: las tropas nacionales la bombardeaban a diario por ser el centro logístico del ejército republicano”, motivo por el que ha sido bautizado como “el Cangas”.

El caso es que hemos logrado descender hasta las duchas de esa guisa y, lo crean o no, hemos conseguido cumplir con la higiene personal. Eso sí, contra todo pronóstico, lo más aterrador que hemos encontrado allí abajo no han sido las ratas rabiosas o las inmensas cucarachas sino a Merceditas, una poco agraciada mujer natural de Tordesillas. Bien. Yo también me pregunto lo mismo: ¿Qué hace una mujer de Tordesillas en unas duchas moscovitas repletas de musculosos estudiantes africanos? ¿Quién es esta mujer?…

Bueno, según parece, Merceditas tiene unos cuarenta años. Aunque iba para monja de clausura, un buen día se fugó del convento en el que había residido desde su más temprana juventud. ¿El motivo? Según ella, tuvo una revelación mientras fabricaba los polvorones de anís de los que vivía su orden religiosa. Vamos, que se le apareció la virgen. Y no sólo eso: la virgen le dijo que tenía que conocer la estepa, motivo por el que Merceditas se plantó en Moscú en el año 1975 con la descabellada idea de realizar estudios de teología en el único país del mundo, a excepción de Albania, que le ha puesto un museo al Ateismo. Ignoro si esta chica tiene familia vasca, pero todo apunta a que sí… (Nota: El museo del Ateismo está en Leningrado, en una antigua catedral, la cuarta más grande del mundo. Dicen que tiene una reproducción flipante del mítico experimento con el que Foucault probó la rotación de la Tierra alrededor de su eje. He de visitar ese sitio).

Aunque Merceditas no nos ha contado nada más, los veteranos nos han dado más información: la chica consiguió una beca para estudiar filosofía en la Universidad de Jarkov (la segunda ciudad más importante de Ucrania), doctorándose en, agárrense, marxismo-leninismo, con una tesis sobre “Materialismo y dialectos” o algo así; una movida muy comunista, vamos. Cuando estaba a punto de doctorarse, Merceditas se enamoró perdidamente de un estudiante ugandés. Bueno, pues, cuenta la leyenda, que el menda tenía una tranca tan descomunal que las relaciones sexuales se convirtieron en un suplicio: no tuvieron más remedio que darse a la castidad durante dos años, hasta que el africano sucumbió a los encantos de una compatriota que estudiaba enfermería… Merceditas quedó destrozada. Desde entonces, arrastra un trauma en forma de obsesión enfermiza por los estudiantes africanos, a los que se beneficia siempre que puede. De ahí que viva en un piso cercano a la Universidad Patricio Lumumba, donde es profesora de Filosofía (rodeada de alumnos senegales, keniatas, congoleños y ugandeses), y se la suela ver por las duchas cuando viene de visita…

Entre la excursión de mañana para tratar de solucionar mi cambio de especialidad y los personajes que pululan por esta residencia, fijo que esta noche tengo pesadillas. Aunque no creo que lleguemos a pegar ojo: Agus se ha pimplado una de mis botellas de vodka y anda aterrorizándonos con sus historias de “la heroica resistencia asturiana”. Apañados estamos.

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Universidad Patricio Lumumba. Moscú 1990

Comida “rápida”

Por admin

Jueves, octubre 04th, 2007 11:30am

Moscú, domingo 7 de octubre de 1990

Antesdeayer unos estudiantes veteranos nos propusieron ir al nuevo McDonalds. Como los novatos no habíamos olido la carne desde que llegamos a la URSS nos pusimos eufóricos. Provistos de nuestras bolsas, por lo que pudiera pasar, salimos a la caza de la, ejem, proteína animal. Bueno, la excursión del comando hispano al gran símbolo del enemigo capitalista en Moscú fue inenarrable. Yo ya sospeché que algo raro pasaba cuando salimos para allá a las cuatro de la tarde (¿No es un poco pronto para ir a cenar?). Bien, al llegar nos encontramos con una cola kilométrica (literalmente) que daba dos vueltas a la plaza. Cuatro horas más tarde (también literalmente) conseguimos aproximarnos a la puerta. Eran las diez y pico cuando entramos. Hora de cenar, en efecto…

Pero lo peor no fue el tiempo de espera, sino lo que dio de sí…

Primero, una descripción sucinta de los miembros del comando hispano: León y Víctor, dos raudos estudiantes de matemáticas de Cocentaina (becados por un ente llamado Partido Comunista de los Pueblos de España); Edu, un biólogo de Totana que lleva aquí cinco años y está casado con una rusa; Isabel y Marga, dos jóvenes madrileñas estudiantes de arqueología y fisioterapia que se ríen por todo; Manolo, un turolense que estudia 4º de veterinaria y ve menos que Pepe Leches; Mario, un aspirante a odontólogo de la misma ciudad (aunque si se lo dices se mosquea y afirma que él es de Vallekas, así, con k); Gorka, un vasco de Andoain que viene a estudiar Derecho (sí, amigos, Derecho-en-la-Unión-Soviética. Ojo: parece que existe cierta tendencia entre los vascos a elegir carreras cuyo contenido no sirve para nada más allá del telón de acero); Toni, un estudiante cubano que se ha unido a la excursión (ya les hablaré de la comunidad cubana, hay miles y miles y están por todas partes. De momento digamos que éste debe tener antepasados en Tolosa: lleva tres años en Moscú estudiando, redoble de tambores, ¡Publicidad!); y, por último, y por error, Dolores y Rosa, dos hermanas gemelas a las que su padre envió a este país con once años. Su progenitor es uno de los jerifaltes de la Asociación de Amistad España-URSS. Los veteranos aseguran que las gemelas espían a la comunidad hispana y pasan informes secretos a las autoridades soviéticas y a la asociación. La verdad es que son algo siniestras.

Repasada la alineación hispano-cubana, vayamos a los hechos:

Todo comienza cuando uno de los matemáticos de Cocentaina asegura haber visto a las gemelas en la acera de enfrente. La noticia desata el pánico de los veteranos, que corren despavoridos al grito de “agua, agua… Beria, Beria” (grito de guerra oficial para advertir de la presencia de las gemelas cuando se está en una situación contraria a los principios y prácticas del marxismo-leninismo), con tan mala suerte que, en su huida, Manolo derriba a una anciana obesa que rueda unos metros cuesta abajo hasta caer, literalmente, en una zanja. La bronca con el marido de la señora queda para los anales de la guerra fría: intervención de la policía (que aquí se llama “milicia”) y amago de detención de Manolo, neutralizada gracias a los dólares que los veteranos introducen en los bolsillos de los agentes. Parece que el soborno es práctica común por estas tierras…

Una vez recompuesto el grupo y tras más de dos horas de cola conseguimos acceder al establecimiento de comida norteamericana. Dentro compruebo con estupor que gran parte de las familias que habían hecho cola no entraban para comer, sino para ver y oler el establecimiento. ¡La peña va de excursión al McDonalds como el que se va a tocar a un santo! Flipante. Como muchos no tienen “guita” para pagarse la comida, se dan una vuelta, te ven comer y se vuelven pa casa. Eso sí, ya pueden decir a sus vecinos que han estado en el McDonalds. Algunos se dedican a esquivar a los (numerosos) matones para intentar sisar papeo bien de las papeleras bien de las sobras de tu plato. Entre los que sí pueden acceder al maná capitalista hay tres clases bien diferenciadas:

1) La masa autóctona: suelen pedir una ración pequeña de patatas y un vaso de agua y se tiran media hora degustando lentamente el menú. Frente a nuestra mesa había un matrimonio con un niño pequeño y una abuela. Los tres adultos salivaban mientras observaban al pequeño degustar al ralentí un diminuto pastel de manzana. Juro que la anciana miraba con odio al retoño.

2) Los extranjeros: colectivo compuesto por estudiantes, personal de las embajadas y empresarios que han llegado al reclamo de los nuevos negocios surgidos al calor de la “Perestroika” y el desarrollo de la economía mixta. Esto me lo ha contado Mesa, un estudiante de economía de Bilbao (Nota: Sí, yo también me lo he preguntado: ¿quién coño se va a un país socialista a estudiar economía? Pues uno de Bilbao. Pero lo más exagerado de Mesa no es eso, sino su gafe. Es algo que te advierten a la mínima los veteranos: a Mesa ni tocarlo, da mala suerte. Han prometido darme detalles de su extensa biografía de desastres e infortunios).

3) Mafiosos y burócratas corruptos que han acumulado algo de dinero y aspiran a convertirse en los nuevos ricos de esa economía mixta: dan mucha grima y son más horteras que Travolta, pero en malo malísimo. Al parecer la mafia está creciendo como la espuma, dentro y fuera del Partido (aquí todos los políticos son del mismo, no hay otro).

Resumiendo: entre sirios desquiciados, hongos galopantes y mafiosos esteparios, la cosa se está poniendo chunga. Esto promete…

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Cola gigante en el primer McDonalds de la URSS. Moscú. 1990

Pan negro y cola

Por admin

Viernes, septiembre 28th, 2007 10:10am

Moscú, sábado 29 de septiembre de 1990

Llevo tres días deprimido. Casi no he salido. Me dedico a deambular cabizbajo por la residencia y a atracarme de ensalada de remolacha y pepino, único alimento ofertado en el comedor desde hace unos días. Dicen que pronto volverán las salchichas, el queso insípido y los huevos fritos de las primeras jornadas. Eso espero. Comienzo a echar de menos el potaje de mi madre. Tomo conciencia de que la alimentación va a ser un problema. Nunca he sido de mucho comer, pero la cosa pinta muy mal por varias razones: 1) Estos tíos no han visto una aceituna en su vida y aquí sólo usan aceite para engrasar las máquinas: cocinan con mantequilla. Casi ná. Pienso en los olivos de mi abuelo y me entran ganas de llorar. ¿Cómo se hará un gazpacho con mantequilla? 2) No sé con qué cojones hacen el pan, pero es negro como el carbón (sin coñas). Y sabe muy pero que muy raro. 3) En las tiendas no hay mucho papeo. Me aseguran que no siempre es así y que ha habido épocas de abundancia pero lo que es ahora los escaparates están más tiesos que la mojama.

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Tienda de comida en el centro de Moscú. 1990

Enfrente de la residencia tenemos un almacén de comestibles muy cañero. Cada vez que voy flipo en colores por varios motivos:

a) No acabo de entender del todo el sistema para comprar. Se hace al revés que en España: aquí se paga primero y luego se pide lo que uno quiere. Que venga alguien y me lo explique. Misteriosamente, todo funciona como la seda. Lo que me aterra son las cajeras y las dependientas. Lo de menos es que todas tengan bigote. Lo de más es la mala hostia que gastan. Es como si te estuvieran haciendo un favor; o mejor dicho: es por qué te-están-haciendo-un-favor. Según me han contado, aquí todos son funcionarios, todo dios tiene el empleo y las habichuelas aseguradas, así que el que da un palo al agua es porque quiere. Bien pensado, no me extraña que las dependientas estén mosqueadas…

b) Te envuelven lo que compras en papel de estraza y usan los envases de tetrabrick a troche y moche, cosa que me fascina. En el cole llegué a escribirle una oda a Ruben Rausing y al envase tetraedro cuando iba a 8º de EGB. Un flipe lo de mezclar cartón con polietileno y aluminio para meter alimentos. Un crack ese Rausing. Ahora que en materia de flipes la palma se la lleva el ábaco. Las cajeras te hacen las cuentas provistas de un ábaco de madera que manejan con enorme destreza. Me alucina que una peña capaz de mandar naves espaciales automáticas a Venus o fabricar el RBMK, acojonante reactor nuclear de canales de alta potencia para la producción de plutonio, siga haciendo la cuenta de la vieja con un utensilio de madera del año de la tana.

c) Las cosas no tiene marca, o sea, que en un cartón de leche sólo pone eso, leche. Y así con casi todo. He visto caramelos y chocolates en el mercado negro que sí tenían marca pero está claro que aquí no saben lo qué es la publicidad. No hay anuncios ni en la tele, ni en los periódicos, ni en la calle. ¡Qué flipe! Aún así, los veteranos dicen que las cosas están cambiando desde que está Gorbachov, ese tío calvo con un mapa del mundo dibujado en la frente. Al parecer, la “Perestroika”, así llaman a lo que está haciendo este notas desde que se proclamó presidente hace cinco años, ha traído la Coca Cola y el McDonalds a los moscovitas.

Moscú, jueves 4 de octubre de 1990

Lo de los refrescos en este país es la caña. Como no hay bares y la gente acostumbra a pillarse las curdas en casa, las calles están llenas de enormes máquinas de refrescos. Enjuagas un vaso de cristal, metes unos pocos Kopeks (céntimos de rublo, la moneda oficial) y tienes tu ración de “Napitok” o de “Kvas”. Aunque a primera vista parece agua sucia, el Napitok es el resultado de hervir mucha fruta en agua (luego se enfría). Alimenta mucho y está que te cagas. El Kvas es la bebida nacional de Rusia, harina de centeno y manzanas fermentadas. No está mal y además tiene un poco de alcohol; si soplas de lo lindo puedes llegar a colocarte. Me molan estas máquinas, tendrían que ponerlas en la plaza de mi pueblo para joderle el negocio a ese rata de Sebastián Palomo, que regenta el bar principal. Tiene empleado a un sobrino que es tuerto. Cuenta la leyenda que su tío le sacó el ojo de una hostia el día que le pilló metiendo la mano en la bandeja de los panchitos. Se le iba a acabar el negocio al cabrón ese si se pusieran estas maquinas en la plaza…

El caso es que muchos rusos llevan siempre un vaso encima: no se fían de los que llevan las máquinas. ¿Qué dónde los guardan? En las bolsas con las que siempre cargan. Como las tiendas están medio vacías y nunca sabes cuándo vas a poder encontrar papeo en condiciones, los rusos llevan siempre una bolsa en el bolsillo, por si acaso. Se dice que el ruso está compuesto de tronco, cabeza, extremidades y bolsa. En serio, nunca salen sin ellas. Pero volviendo a los vasos de las máquinas de refresco: Ana, una chica de Madrid que estudia geología, se pilló unos herpes tremendos hace dos meses tras beber Napitok de la maquinita. La verdad es que me tienen acojonado con lo de los hongos. Pillarlos es el deporte nacional y todo dios te dice que tengas cuidado. La otra noche me desperté sudando como un pollo tras una pesadilla hongoliana: un champiñón gigante aficionado al flamenco me arrancaba la piel a tiras para hacerse las cuerdas de su guitarra. Todavía recuerdo su risa histérica mientras me hacía trizas. Monstruoso. Los estudiantes de medicina dicen que tenemos las defensas bajas debido a la (mala) alimentación; es decir, que cualquiera puede ser el siguiente. Ay…

Lo que más me flipa de las máquinas de refrescos de la calle son las colas que se forman en algunas. Eso es señal de que tienen Pepsi. Hasta la llegada de Gorbachov, Pepsi tenía el monopolio de las bebidas de cola en la URSS, conseguido tras la visita de Nixon a Moscú en 1972. Es la hostia, los soviéticos tienen unas bebidas naturales muy guapas y se matan por agua con burbujas y colorante. No quiero ni pensar qué va a pasar cuando esas máquinas empiecen a dispensar Coca Cola. Seguro que habrá tumultos. Aunque para colas las que hay en el McDonalds que abrieron hace un mes en la Plaza Pushkin. Es el único que hay en todo el país…

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Máquinas de refresos. Moscú. 1990

Peligros habitacionales: segunda entrega de los diarios de Lolito

Por admin

Viernes, septiembre 21st, 2007 6:24am

Moscú, lunes 10 de septiembre de 1990

Pues sí, amigos. Aquí estamos, yo, Lolito Cohete, un joven de Torreperogil que lo más lejos que había viajado era a Sevilla a la comunión de una prima, perdido en la ciudad de Moscú, en una destartalada residencia de estudiantes en la Avenida Lomonosov, sin hablar ni papa de ruso y, para colmo, despojado por obra y gracia de la burocracia soviética del motivo por el que he recorrido miles de kilómetros abandonando a los míos: estudiar Ingeniería Nuclear.

Empecemos por describir la residencia para becarios extranjeros en la que me alojo. Los estudiantes españoles más veteranos nos han contado que el edificio fue construido por prisioneros nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Se cuenta que las duchas no han sido tocadas desde entonces. Ni las salas de los sótanos donde los estudiantes almacenan sus pertenencias durante los períodos de vacaciones. La enigmática señora encargada de su vigilancia fue bautizada hace años como “Karaleva Tarakanov”, “la reina de las cucarachas”. Todos los estudiantes con los que he hablado recuerdan la recogida de pertenencias como una pesadilla selvática con sus ratas, chinches, pulgas y unas cucarachas marrones que están por todas partes. No es de extrañar. Una estudiante de Bilbao que lleva en Moscú casi cinco años me ha contado que los rusos acostumbran a echar cucarachas cuando se instalan en una casa. ¡Dicen que dan buena suerte! Y no es la única cosa rara que hacen en sus casas: también colocan las alfombras en las paredes en lugar de en el suelo. Así logran calentarlas un poco cuando el invierno aprieta. Eso sí, según dicen, aquí el Estado se ocupa de que la gente no pase frío ni de coña. Al parecer, los pisos están preparados para soportar temperaturas glaciares y la calefacción y el agua caliente son gratuitas para todo quisqui. La gente tiene también luz, gas y teléfono prácticamente por la cara. Vaya chollo.

Pero pasemos de las leyendas urbanas moscovitas a la acción. Provisto del albornoz de paño que mi abuela se empeñó en meterme en el equipaje (junto a cuatro pastillas de jabón Lagarto de medio kilo cada una y dos estropajos de esparto) me encaminé hacia las duchas hace tres días. En el hall del edificio, la impertérrita vigilante de brazalete rojo, que parece residir allí y tener unos 140 años, me indicó que las duchas estaban en el sótano. Bajé la primera escalera y la luz comenzó a ser tenue. Bajé la segunda y todo se hizo negro como un abismo. Al llegar al sótano busqué un interruptor y me topé con la oreja de un estudiante portugués que subía a la carrera y a medio enjabonar. ¿Huía despavorido? Logré entenderle algo parecido a un “o averno, o averno… bestias pretas e peludas” antes de que saliera a la superficie perdiendo la toalla y las chancletas por el camino. No obstante, me armé de valor y encaré el corredor oscuro. Al fondo una tímida luz y una densa capa de vapor parecían indicar que las duchas andaban por allí. Bien. En ese momento, una rata de medio metro se atravesó en mi camino y me enseñó sus colmillos amenanzantes. Dios, “o averno”. Entonces aprendí que las ratas pueden ponerse a dos patas para defender su territorio con la agilidad de un luchador de Kung Fú… Salí de allí cagando leches. No he vuelto. En realidad ninguno de mis compañeros de habitación ha osado jugarse la vida accediendo a las duchas, ejem… desde hace días. El ambiente está más que cargadito en el cuarto. El aire comienza a hacerse irrespirable. Temo dormirme y no volver a despertarme.

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Lolito con uno de sus compañeros de cuarto en la residencia de la Avenida Lomonosov

Moscú, miércoles 12 de septiembre de 1990

No hay mucho que contar de los últimos dos días. Cultivo la paciencia a la espera de que se produzca el milagro y las autoridades soviéticas cambien de opinión. ¡Ojalá me permitan estudiar lo mío! Ayer dos estudiantes veteranos me dieron esperanzas. Vamos a esperar una semana a ver si hay novedades del Ministerio; si no, dicen, habrá que emplear “métodos expeditivos para lograr el objetivo”. Lo que sea con tal de recuperar el sentido de mi viaje. Alucino con el buen rollo que hay entre los estudiantes españoles. Todo el mundo te ayuda y se preocupa de tus cosas. Mola.

Como no tengo mucho que contar, voy a seguir con la descripción de la residencia en la que vivo. Aunque el inframundo de las plantas subterráneas de la residencia es un tanto inhóspito, el sitio no está mal, es confortable y el ambiente es agradable. Se puede estudiar y siempre encuentras a alguien con quien conversar. Además, hay dos chipriotas de Akrotiri, estudiantes de Ingeniería Química, con los que me paso las horas discutiendo sobre motores de combustión. Ya hemos llenado varias decenas de servilletas con fórmulas y logaritmos. La pena es que, entre que el más espabilado es medio tartamudo y que mi inglés de BUP deja mucho que desear, la comunicación no fluye todo lo bien que desearía.

Con todo, la vida en la residencia tiene sus riesgos. Tres son los lugares donde se concentran con mayor intensidad: las duchas, las cocinas y los baños/retretes compartidos que hay en cada planta. Las cocinas son algo así como el escenario de un violentísimo choque cultural. Tras visitar la cocina de mi planta, convertida en vertedero irrespirable debido a la acumulación de basura, he sido advertido de la existencia de una alianza hispano-árabe contra la comunidad gastronómica hindú-africana y sus peculiares usos y costumbres en materia de producción de mierda. Básicamente tiran todos los desperdicios al suelo, convirtiendo la cocina en una pocilga imposible de usar. Hace unos días se desató una guerra entre hindúes y sirios cuando un estudiante de ese país, tras pisar una monda de patata, se dio de bruces contra el suelo: cuatro puntos de sutura en la cabeza y un brazo roto. En defensa de los pobres hindúes, que recibieron de lo lindo, hay que decir que los sirios se muestran especialmente violentos y no se llevan bien con casi nadie. Tienen cierta tendencia a transformar cualquier tipo de utensilio en un arma arrojadiza y/o cachiporra para arremeter contra cualquiera, a la mínima oportunidad, sin motivo aparente. Me dan miedo los sirios, mucho miedo. Pero con los que se llevan realmente mal es con palestinos y libaneses: están a palos todos los días. Me han intentado explicar los motivos. Al parecer, los árabes consideran a los sirios unos traidores a su causa (no tengo ni idea de este tema, sólo se que los árabes están a piñas con los israelíes desde hace unos mil años. Por suerte en la residencia no hay israelitas).

Vayamos con otro de los espacios peligroso de la residencia: los baños. Se trata de unos amplios habitáculos provistos de lavabos y excusados. En cada planta hay dos, uno para chicos y otro para chicas. Como indica el tópico, los de los chicos están infinitamente más sucios que los de las chicas. Tanto es así que usar el retrete supone un deporte de altísimo riesgo. Rozarse con algo, lo que sea, puede traer consecuencias irreversibles. Un estudiante de Logroño llamado Luisma (aunque conocido aquí como “Brezhniev” por sus prominentes cejas) pilló unos hongos debido a un roce fortuito con el inodoro. Lo peor es que 1) no hubo manera de convencer a su novia, una estudiante de psicología de Badalona hipertensa, de que su churri había contraído el desbarajuste genital sin ayuda externa (Nota: le acaba de abandonar); 2) Lo único que le recetaron en el dispensario de la universidad fue que la metiera en una taza con té negro templado tres veces al día. Extrañado y escéptico, el camarada Brezhniev comenzó con el tratamiento. Tras varias semanas infructuosas en las que los picores y el fuego interior le llevaron a pasar las noches llorando, maldiciendo al Reino de Fungi y fantaseando sobre una posible auto amputación del miembro, Luisma abandonó el disparatado tratamiento; para entonces, “la cosa” estaba ya estropeadísima…

Trolebus Lomonosov

Trolebús en la Avenida Lomonosov

Moscú, sábado 15 de septiembre de 1990

Sin novedades en el frente por la conquista de mi derecho a la carrera de Ingeniería Nuclear. Estoy realmente de los nervios. Mejor prosigamos con el segundo peligro (más extremo, aunque cueste creerlo) que afrontas cuando haces uso del excusado en la residencia.

Digamos que el clima chusquero que caracteriza en ocasiones a los estudiantes españoles incluye una producción colectiva de pánico nada desdeñable. Entre el repertorio disparatado de usos y costumbres de la comunidad hispana, amén de unos “Campeonatos Mundiales de Mus de la Unión Soviética” en los que se suelen jugar las cartillas de racionamiento mientras se dilucida (hasta límites insospechados) la rivalidad territorial patria, se encuentra la auténtica pesadilla que acecha la vida de los residentes españoles: la práctica conocida como “joder la cagada”. Um… por decirlo en pocas palabras: en este sitio cagar es una actividad que requiere de una clandestinidad absoluta y del máximo de los secretismos. No te puedes fiar de nadie, la vigilancia es constante: centinelas anónimos pululan por las inmediaciones de los mingitorios en busca de algún incauto. Créanme si les digo que es realmente espantoso. Cuando algún estudiante es sorprendido haciendo equilibrios sobre la taza del water (recuerden que hay que defecar de pie para evitar rozamientos) la noticia corre como la pólvora. En cuestión de segundos, todo aquel que se encuentra en la residencia llega sigiloso hasta las inmediaciones del excusado provisto de las inmundicias y alimentos putrefactos que ha acumulado en su habitación durante semanas a la espera del GRAN MOMENTO. A la voz del chivato, todos los españoles vierten sus basuras pestilentes sobre el “pringao” de turno, que, para regocijo de sus compatriotas, sale del retrete en un estado lamentable. Cuentan que Miguel Arrope, más conocido como “el Fuli”, un estudiante de filología de Almería, fue sorprendido una vez mientras cagaba. Al escapar del acoso criminal, con los pantalones por las rodillas y llorando como una magdalena, toda España pudo ver su miembro cubierto con un condón (para evitar cualquier sobresalto en materia de candidiasis y organismos pluricelulares en general). La gracia es que desde entonces muchos de los que se rieron del pobre Fuli han adoptado la costumbre de cagar con condón. Dado que con los preservativos soviéticos resulta imposible la realización del acto amatorio por a) su descomunal e incomprensible tamaño, b) el grosor extremo de su plástico (según algunas fuentes, no es otra cosa que goma recauchutada reciclada de neumáticos viejos), y c) la inexistencia total de lubrificante, que hace del roce una experiencia inolvidable de irritaciones y dolores insoportables, el bueno de Fuli refundó la utilidad de las gomas convirtiéndolas en sentidas compañeras de atascos estomacales…

No obstante, los peligros que se derivan de los baños colectivos no sólo tienen que ver con su uso; vamos, que no es necesario usarlos para verse salpicado por efectos colaterales. Los baños de chicas de la cuarta planta están catalogados como de alto riesgo. Pasear por sus alrededores o encontrarse por las escaleras que dan al cuarto piso resulta extremadamente peligroso cuando las estudiantes hindúes hacen uso de ellos. Esas enigmáticas chicas, provenientes del medio rural, han sido educadas en una práctica del baño fluvial apegada a la naturaleza y les está costando un poco adaptarse a las costumbres urbanas. Su manera de bañarse es sencilla: se juntan todas, cierran a cal y canto las puertas del baño, tapan cualquier resquicio con toallas mojadas, atrancan los lavabos y… ¡abren todos los grifos a tope! Cuando los baños se han inundado a modo de lago y el agua les llega por la cintura, las hindúes gozan de su aseo. Hasta aquí, nade grave, salvo por las goteras que originan. Lo realmente peligroso llega cuando, al terminar con su higiene personal, abren graciosamente la puerta provocando descomunales cascadas que inundan todos los pisos y convierten las escaleras en un parque acuático intransitable y multicultural. Pero no hay manera de convencerlas ni de llegar a ningún acuerdo. Esa es su forma de bañarse y punto. Claro que los amigos sirios ya andan organizando el asalto. Me temo lo peor…

primera postal de lolito

Primera postal enviada por Lolito a sus padres

Un hombre llamado Cohete

Por admin

Lunes, septiembre 17th, 2007 7:37pm

¿Recuerdan el extraño caso de Lolo Romero? ¿No? ¿Y si les decimos que estamos hablando de Lolito Cohete? ¡Coño, Lolito! Echemos la vista atrás: Lolo Romero era un joven jienense tan obsesionado con el milagro científico-técnico soviético que en 1990, en pleno colapso del régimen socialista, decidió irse a estudiar ingeniería nuclear a Moscú. Romero se hizo popular en 1992 tras ser deportado acusado de tenencia de material radioactivo. Poco después de su regreso a España, Lolo, acosado por la prensa, desapareció sin dejar rastro. O casi: su ropa apareció junto a la orilla de una playa gaditana. Y nunca más se supo… hasta hoy. Hace unas semanas alguien hizo llegar a la redacción de LDNM los míticos diarios perdidos del viaje a la URSS de Lolito Cohete. Por favor, no pierdan detalle de este folletín por entregas…

Mi nombre es Lolo Romero, aunque todo el mundo me conoce como Lolito Cohete. Algunos piensan que este apodo me va que ni pintado. Puede ser, pero creo que hay una frase que me cala mejor: siempre llego tarde a todas partes. Y no soy consciente de ello hasta que es… demasiado tarde. En fin, aún a riesgo de demorarme una vez más, antes de pasar a contarles mi viaje a la Unión Soviética (que no a Rusia, como dicen por ahí) me gustaría repasar algunos episodios de mi pasado remoto. Que conste que no lo hago para tratar de justificar desvaríos posteriores, lo hecho, hecho está, sino porque creo que antes de embarcarse en este viaje deberían conocer cómo empezó todo.

Ramón y Lolito Romero

Mi abuelo por parte de madre se llamaba Ramón Romero. Era el manitas del pueblo. Desde joven arreglaba los pocos aparatos mecánicos y eléctricos que existían en la comarca. Cuando estalló la Guerra Civil, Ramón, enrolado en las filas republicanas, recibió instrucción técnica del ingeniero soviético Gari Kutusov. Mi abuelo no entendía de política pero sí de cachivaches: cayó profundamente enamorado de la correa de transmisión de un carro de combate ligero T-26, de las lentes de unos prismáticos Zeiss 8×25 y de los revolucionarios consejos de agronomía que le daba Kutusov para sacar un máximo rendimiento por hectárea a nuestro erial. El fin de la guerra trajo consigo el hambre y la autarquía. Más tarde, Ramón, sin ser consciente de ser el primer jienense en practicar el espionaje industrial, se dedicó en cuerpo y alma a intentar conseguir todas las piezas necesarias para construirse una pequeña tanqueta ligera inspirada en el T-26 a la que pretendía añadir un arado de reja para humillar con su abrumadora productividad al tractor americano que circulaba por el pueblo de al lado. Fracasó en este empeño. No, en cambio, en sus esfuerzos por inculcarme el gusto por la mecánica autodidacta de altos vuelos. Cuando cumplí ocho años me regaló una suscripción vitalicia a la edición venezolana de la revista Popular Mechanics y pronunció por primera vez la frase con la que siempre daría por terminada cualquier evaluación de mis progresos tecnológicos: “Para no ser ruso tiene un pase”. Y ahí empezó todo… Siendo ya un adolescente, llegar a fabricar aparatos que merecieran la calificación de rusos se había transformado en una obsesión: en lugar de perseguir a las chicas del pueblo –sí, también llegué tarde a la pubertad– me dedicaba a fabricar pequeños ingenios nucleares en el antiguo establo de la casa familiar y a seguir cursos de ruso por correspondencia en los que sólo aprendí dos frases “Dimitri se solaza en su dacha” y “¿Camarada, dispone usted de pequeñas dosis de uranio para mi reactor casero?”. Mis padres me miraban preocupados: tenía un hobby bien raro, no tenía amigos y, para colmo, soltaba frases en ruso sin venir a cuento. Por entonces, todo el pueblo me conocía ya como Lolito Cohete. El caso es que mis resignados padres acabaron por dejarlo estar; después de todo, mis notas en matemáticas y ciencias eran excelentes. Así que pronto se me quitaría la tontería de la cabeza y empezaría a ayudar a mi padre a labrar el campo. ¡Que buena falta hacía! Cuando terminé el instituto, mi destino era estudiar ingeniería nuclear en Madrid. Una carrera decente, para no ser rusa. El 3 de julio de 1990 me desplacé a Madrid a buscar alojamiento para el curso siguiente. Allí se produjo la epifanía. Una enorme marquesina en la Gran Vía anunciaba: BECAS EN LA UNIÓN SOVIÉTICA. El dispensario de becas estaba justo al otro lado de la acera, en la sede de la Asociación de Amistad España-URSS (AAEU) (Nota: meses más tarde, entre nevada y nevada, me enteraría de que Ramón María del Valle-Inclán fue nombrado presidente de honor de la asociación en 1933). No habían pasado veinte días cuando sonó el teléfono rojo de Torreperogil (Jaén): “Le anunciamos que su hijo Manuel Romero Rotor ha recibido una beca de la AAEU para ir a estudiar una ingeniería a la Unión Soviética y deberá de personarse en diez días en nuestra sede de Madrid… ¿Señora? ¿Sigue ahí?” En fin, no voy a entrar ahora en detalles sobre el drama que se desencadenó entonces, sólo diré que los días anteriores a mi partida, el rudo agricultor anteriormente conocido como mi padre se había convertido en un fino analista político. “Lolo, ¿tú sabes lo que está pasando en Rusia?”. “Padre, se llama Unión Soviética. ¿Cuántas veces se lo tengo que decir? Son quince repúblicas federadas. Rusia es sólo una de ellas. Y sí, padre, sé perfectamente lo que está ocurriendo en la URSS: una revolución científico-técnica”.
DÍA 1 Madrid, 31 de agosto de 1990. Hoy voy a coger mi primer avión: un Airbus A-320 de la compañía Aeroflot. Todos son novedades. Nadie me había dicho que el control de equipajes no se hace en el aeropuerto sino en la sede de la AAR unas horas antes de partir. Un funcionario soviético inspecciona allí los bultos de los veinte estudiantes becados por la AAR. Tras revisar mi equipaje, el funcionario decide confiscar mis discos de “música extranjera”. Buf, largo curso me espera sin mis discos de rock…

El aterrizaje

“¿Que no has traído nada de comida? ¿Estás de coña, no?” Durante el vuelo, los otros becados me miran como si estuviera loco por no llevar víveres para seis meses. ¿Dónde se creerá esta gente que vamos? ¿Se tratará de algún tipo de histeria debida al mal de altura? Pero, ay, tanta unanimidad ante mi supuesta falta de previsión me deja algo pensativo. ¿La estaré cagando? ¿O será que esta peña jala mucho? El caso es que a base de darle vueltas se me pasó el vuelo volando. Ya casi estamos. ¡Qué nervios! 17:38 h. Me resulta difícil describir con palabras lo que sentí cuando se abrió la compuerta del avión y comencé a bajar las escalerillas. ¡Qué alegría! ¡Qué emoción!… ¡Qué frío, joder! ¡Qué frío! Por suerte mi cuerpo no tardó en entrar en calor. Y es que, ¡qué reconfortante sensación la de ser recibidos por dos funcionarios del Ministerio de Educación con sus gorros de piel con orejeras y sus abrigos de enormes solapas rematados en cuello peludo. ¡Por fin estoy entre rusos de verdad! Tras presentarse, el camarada funcionario nº 1 decide romper el hielo en inglés y de un modo un tanto abrupto: “Camaradas estudiantes, sus becas han sido canceladas. Volverán a España en el próximo avión…”

El drama

Permítanme que me demore en este punto de la historia. Como se pueden imaginar, la noticia sobre la cancelación de las becas ha caído como una bomba entre los estudiantes españoles (¡vamos a perder el curso!). Por mi parte, tenía cosas más importantes en las que pensar: intentaba descifrar el significado profundo de una novedosa sensación de desasosiego que empezaba a abrirse paso en mi interior. Como una especie de presentimiento de que algo empezaba a ir mal. Como cuando se te pincha la rueda de la bicicleta, y aunque tú no lo sabes, cada vez te va a costar más pedalear. O como si te cayeras de un guindo a cámara lenta. Sí, la anulación de la beca fue el primero de una serie de incidentes que me acabarían llevando a plantearme la gran pregunta: ¿pero-qué-coño-hago-yo-aquí? Y se podría decir que todo empezó por error… Pero no adelantemos acontecimientos. Volvamos al aeropuerto. Comienza entonces una angustiosa espera en una grisácea sala con vistas a una de las pistas de aterrizaje del aeródromo Domodedovo. “Joder, que cutrez de sitio, parece la Estación Sur de autobuses. ¡Y cuánto madero!”, afirma desde el resentimiento un consternado becado madrileño de Usera. En vez de aterrizar en el aeropuerto internacional Sheremetovo 2 nos habían desviado a un aeródromo tomado por jóvenes soldados impasibles del Ejército Rojo embutidos en abrigos grises y gorros de piel. Se masca la tensión en el ambiente. Pasan los minutos. Mientras el resto de estudiantes se come la uñas me quedo embobado mirando la entrada triunfal en la pista del Antonov An-225 Mriya, el avión más grande del mundo, la bestia de los aviones de transporte. Se me saltan las lágrimas de la emoción. ¡Ay, si estuviera aquí el yayo Ramón!La tunaUnas cuantas horas después, los funcionarios del ministerio reaparecen con una orden: “Recojan sus cosas… Sígannos… Súbanse a ese autobús”. Ay, madre. ¿Nos llevan a otro aeropuerto? ¿Volvemos a España? Los camaradas funcionarios no saben no responden. Comienza entonces uno de los viajes más surrealistas de la historia de la locomoción. La ausencia de información sobre nuestro destino hace que algunos de los estudiantes empiecen a poner cara de estar sufriendo un secuestro express. Otros parecen menos preocupados: “Nos llevan a casa de Solyenitsin”, me dice entre risas una bilbaína. ¿De quién? Antes de que me pueda responder nos mandan callar. El camarada funcionario nº 1 va ha hablar. Atención… Prueba el micro… Se aclara la garganta… Ahí va: Aj… doroguie kapullos, sichás nachinai nasha vecherinka”. ¿Qué coño ha dicho?, le pregunto a la bilbaína. “Juraría que nos ha llamado capullos”.¿Cómo? Y entonces, tras unos segundos de incertidumbre, ocurre algo extraordinario: el camarada funcionario nº 1 se arranca a cantar en perfecto castellano: “El trigo entre todas las flores / ha elegido a la amapola, / y yo elijo a mi Dolores, / Dolores, Lolita, Lola. // Y yo, y yo escojo a mi Dolores / que es la flor más perfumada, / Doló, Dolores, Lolita, Lola. // Porompom pón, poropo, porompom pero, peró, // poropo, porom pompero, peró, /poropo, porompom pon”. Estupor general en el autocar. ¿Por qué canta esto? ¿Se ha vuelto loco? Parece español… Espera, que sigue… “La cabra, la cabra, la puta de la cabra, la madre que la parió, eh…” ¡Este menda es español! “Camaradas becados. El comité de estudiantes españoles veteranos les da la bienvenida a Moscú y tiene el placer de comunicarles que sus becas no han sido anuladas. Y ahora, todos a una: Carrascal, carrascal, qué bonita serenata…”

La residencia para pioneros

Bien, acabadas las bromas chuscas la cosa empieza a ponerse seria de verdad. Los veteranos nos informan de que el Ministerio de Educación aún no nos ha asignado alojamiento en ninguna residencia universitaria. Así que, hasta que nos den un destino, todos los becados nos alojaremos en una residencia para Pioneros (Nota: la revolución socialista creó una de las organizaciones más amplias para la educación política de los niños: los Jóvenes Pioneros. Fueron fundados al mismo tiempo que el Partido Comunista para garantizar la integración de los niños en la sociedad). La primera toma de contacto con la residencia del hombre nuevo socialista es un tanto decepcionante. El edificio parece algo abandonado. Aunque no por mucho tiempo: detrás de nosotros llega un flota de autocares ¡con cientos de africanos! Uno de los veteranos ataja cualquier tipo de especulación al respecto: “No, no es una inocentada. Cada año llegan a Moscú cientos de estudiantes africanos. Aquí se forman muchos de los cuadros de los partidos comunistas africanos. ¿Que por qué tienen pinta de acabar de salir de la tribu? Supongo que porque acaban de salir de la tribu”. Nadie se toma a broma el comentario: algunos de los africanos no tienen más equipaje que lo puesto –sandalias, túnicas y poco más– y parecen algo acojonados. Creedme, sé de lo que hablo. La primera noche me toca compartir habitación de tres camas con ocho subsaharianos. No está mal para alguien que no ha visto un negro de cerca en su vida… DÍA 2 00:05 h. Ya estamos los nueve en la habitación. Los africanos son parcos en palabras así que nos desnudamos en silencio. No puedo evitar fijarme en sus cuerpos: ronchas, cicatrices como de machete… Uno de mis compañeros de catre es un negro albino que se pasa toda la noche llorando. Duermo regular… 08:15 h. Me encuentro con algunos de los españoles en el baño. Sólo hay una pastilla de jabón para toda la residencia. “Dicen que hay pulgas y chinches”, afirma una catalana horrorizada. Buf, a ver qué tal el desayuno. Té y una pasta de sémola de trigo con leche llamada Kasha a la que recomiendan echar un chorro de una especie de aceite por encima. Me extraña que no haya más comida. Me habían dicho que los soviéticos acostumbran a desayunar fuerte: puré, cuatro filetes rusos y un huevo cocido. Con todo, después de desayunar, me entran ganas de cagar. No hay papel higiénico… 11:00 h. Reunión improvisada de los estudiantes españoles. Conclusiones: a) éste sitio es un infierno; b) hay que intentar que el Ministerio de Educación nos dé un destino cuanto antes. Pero, aunque en ese momento no lo sabíamos, la cosa no era tan fácil. Básicamente nos enfrentábamos a dos problemas. 1) Salir pronto de ahí. Adelanto que yo tardé tres días en salir. No obstante, el falso funcionario camarada nº 1 (en realidad se llamaba Andrés Blanco y era de Torrejón de Ardoz) me informó de que no estaba en condición de quejarme. Según parece, en 1989, una chica de Málaga se tiro dos meses en la residencia de los pioneros a la espera de destino. Acabó medio enloquecida. Y cuidado porque podía haber sido peor… Lo que nos lleva directamente al punto 2) que no te envíen a Siberia. Según cuentan los veteranos, en 1988 un sevillano becado para estudiar en Moscú fue enviado a hacer su carrera a, redoble de tambores, Vladivostok (bonita localidad a 9.289 kilómetros de Moscú. La temperatura media en enero es de -13.7° C). El sevillano vivió para contarlo: “Aquí es todo muy feo, quillo. Está todo en cuesta. Cuando hiela te metes unas piñas de flipar. Quillo, ¡a quién se le ocurre construir en cuesta una ciudad en la que hiela siempre!”. DÍA 3.

El análisis

Bien, antes de que nadie pueda poner un pie en residencia alguna hay que pasar una última prueba. La del SIDA. La cosa funciona así: nos llevan a la planta 14 del Hotel Universitiet, edificio tapizado en sky sito en la avenida homónima. Allí, una enfermera completamente demacrada, con pinta de haber ingerido recientemente litros de vodka de patata, me pide que me remangue. Se va a estrenar conmigo. Acostumbro a mirar hacia otro lado cuando me pinchan, pero ese día, quién sabe si por estar curado de espanto tras tres días en las afueras pioneras de Moscú o por algún extraño instinto de supervivencia, me dio por mirarme la vena en el último momento. “Aaaaaaagh, para, para, para”. Las temblorosas manos de la enfermera beoda sujetan una jeringa de cristal, con la aguja doblada y oxidada “No me pinche con eso, mi arma”. Se inicia entonces un tira y afloja que termina de un modo inesperado. “Camarada, entre tú y yo, abajo, junto a la recepción, hay un señor que vende jeringuillas… por unos dólares”, me susurra la enfermera mientras me guiña un ojo vidrioso. Como no entiendo nada, un estudiante asturiano llamado Tomás me hace un resumen de la situación: “Las enfermeras están conchabadas con unos tíos del mercado negro”. Toma moreno. Nos acercamos al mostrador tapadera. Lo atiende un ruso con bigote con poca pinta de vender jeringas de estraperlo. “¿Seguro que es aquí?”, pregunta Tomás. “Joder, no sé. Vamos a ver… Esto, jefe, venimos a por eso”, susurro en un inglés macarrónico. El ruso me guiña el ojo y saca una bolsa de debajo del mostrador. “Son buenas”, afirma, “muy buenas”. DÍA 4 Antes de que empieza a contar cosas sobre mi nueva residencia es necesario que nos situemos. Salvo que estudies medicina, lo normal es que te envíen a la Lomonosov, la Universidad Estatal de Moscú (MGU). No obstante, existen otras opciones más folclóricas. Por ejemplo, la Universidad Patricio Lumumba (UPL), popularmente conocida como “el Bronx”. Se trata de una universidad para estudiantes extranjeros, preferentemente africanos y latinoamericanos (si eres soviético y estás ahí estudiando es que eres un pieza de cuidado). Pero vayamos con lo mío. El edificio que alberga mi residencia en la MGU es uno de los denominados cinco cojones de Stalin. Lo que oyen. Se inauguró en 1953 (en esa época era el edificio más alto de Europa). Se dice que es posible estudiar los seis años de carrera sin tener que salir del edificio. Dentro hay de todo: comedores, lavanderías, oficinas de correos, clubes de ajedrez, librerías, tiendas de ropa, droguerías, bancos, clínicas y, por último, aunque no por ello menos importante, diversos mercados negros con todo tipo de género. Ah, antes de que se me olvide, los cinco cojones de Stalin son cinco rascacielos idénticos que el padrecito mandó construir tras ver una foto de Manhattan. O sea, que se construyeron porque le salió a él de sus santos cojones.

Viaje al centro de Moscú

El mismo día de mi llegada al tercer cojón de Stalin nos llevan –a mí y a un heterogéneo grupo de estudiantes del que enseguida hablaré– a hacer unos recados en un autobús hecho puré. Ea, por fin vamos a ver la ciudad, me digo. Arrancamos. Lo primero que llama la atención de Moscu visto desde la ventana de un autobús son los incomprensibles letreros en cirílico. Y luego las colas. Colas de todos los colores, de todos los tamaños, en casi todas las calles. Aunque entonces no era del todo consciente, pronto empecé a entender la relación directa entre a) no haber traído comida de España y b) las largas colas que había en la calle.

Pero ahora no tengo tiempo para pensar en estas cosas. Estamos parando. Parada 1: como tenemos que hacernos fotos para el carnet de la uni el conductor nos ha llevado a una zapatería. ¿Dónde si no? ¿No lo pillan? Esperen, que les echo un cable. Definición de fotomatón moscovita: zapatería situada en los bajos de un edificio de viviendas en la Avenida Profsoiuzsnaya. En la puerta de la zapatería hay una larga cola. Dentro varios fotógrafos con cámaras Zenit del año de la polka. Dentro cientos de cajas de zapatos repletas de fotos en blanco y negro y una turbamulta de rusos a la búsqueda de sus fotos. Fuera una señora de unos ochenta y cinco años con un brazalete rojo comprobando que te llevas tu foto y no la de algún otro camarada. Vuelta al autobús. Más colas por la ventanilla. Stop. Segunda parada: Oficinas de la Podgotovitelni Facultied, la facultad preparatoria para extranjeros de la MGU. El trámite de sellar, firmar y dar el visto bueno al carnet de estudiante es lento, doloroso y requiere de la participación de cuatro funcionarias de cardados indescriptibles (Nota: yo no sé nada de política. Bueno, más que no saber, es que me la suda. Con todo, viendo a las cuatro funcionarias poniendo un sello, no he podido evitar llegar a mi primera conclusión política del viaje: el logro real del socialismo fue conseguir que nadie pegara un palo al agua en setenta años. No parece poca cosa). Continúa el viaje. Colas, más colas. Al fondo se vislumbra un paisaje familiar. Tercera parada: Plaza Roja.

Bien, ahora sí que es momento de hablar de los pasajeros de este autobús. Atención, porque voy a empezar a pasar lista según se vayan bajando del vehículo y pisando la Plaza Roja. 1) Lolito Romero. España. Estudiante de ingeniería. 2) Néstor. Nicaragua. Ex combatiente del Frente Sandinista. 3) Hugo. Honduras. No para de criticar absolutamente todo durante el trayecto. Néstor me informa de que es un trotskista irredento. Pues vale. 4) Ali y Yasser. Líbano. Guerrilleros comunistas huidos de su país tras protagonizar una acción armada chapucera. 5) Femi, Umaru, Mohammadu… y otros cuarenta africanos en ropa de verano; uno de ellos tiene tanto frío que sale del autobús envuelto en una sábana que ha birlado en la residencia. Sí, amigos, el cuadro es dantesco. Pese a todo, pasamos completamente desapercibidos. Los moscovitas parecen estar acostumbrados a esto y a mucho más… Paseo por la plaza. Vuelta al autobús. Run run. Cuarta parada: Visita a los Almacenes GUM, situados frente al Kremlin y el mausoleo de Lenin.

Fundadas en 1953 las galerías GUM son el orgullo del comercio soviético. “Es como el Corte Inglés”, me susurra una funcionaria del ministerio. Añade que ha estado de viaje por España invitada por un sindicato. Ella y toda su familia. Les encantó Benidorm. Esto… empiezo a estar algo exhausto. Y no soy el único. Justo antes de que al africano de la sábana le de una hipotermia, funcionarios del ministerio nos proveen de todo tipo de ropa: chándals de la selección olímpica soviética, jerséis, abrigos militares, calzoncillos largos, botas, calcetines de lana, etc. La gama de colores es muy amplia: del gris piedra al gris hornillo. El trotskista hondureño aprovecha para lanzar una soflama sobre la “fobia estalinista a los colores del arco iris”. Uno de los libaneses le amenaza educadamente de muerte. No volverá a abrir la boca durante el resto del día… No lo comprendería, camarada. Una vez uniformados volvemos a la residencia. Los africanos están más animados, me siento mejor, parece que las cosas empiezan a ir bien. Al llegar al tercer huevo de Stalin un funcionario me comunica que me puedo incorporar a las clases inmediatamente. Sólo que el ministerio ha decidido que estudie ¡ingeniería agrícola! “La Ingeniería Nuclear es sólo para estudiantes de países del Pacto de Varsovia”. Ay, mi madre. Ay, mi madre. Joder, ¡po-dían habérmelo dicho antes! ¡Ingeniería agrícola! No sé como tomármelo. Me mareo, me repongo, me mareo, me repongo. El caso es que no he recorrido 4.000 kilómetros para que me enseñen a obtener cinco cosechas de remolacha al año. Estoy tan cerca de mi objetivo que no es momento de venirse abajo. Ahora que ya tengo uniforme es hora de empezar a luchar. ¡Quiero que me dejen estudiar ingeniería nuclear!