De excursión por la ciudad y otras (futuras) vicisitudes…

Por admin

Moscú, martes 30 de octubre de 1990

Tras haber estado unos días alejado del diario, retomo el relato apresurado de mis días moscovitas. Me ha costado reponerme del viaje a Kiev y de la caña de las emociones vividas. Está claro que el tiempo aquí es de otra manera. Me siento atrapado en una paradoja permanente: como si viviera otra época, un tiempo congelado en el que, sin embargo, las cosas van más rápido que en mi vida jienense. Lo que está claro es que hay un antes y un después de mi viaje a Moscú. En un par de meses he vivido más que en todos mis años anteriores. Definitivamente la ecuación de Schrödinger no vale una mierda y la mecánica cuántica es relativista o no es. Como si debajo de esta ciudad hubiera un gran imán y la URSS fuera la entidad geométrica en la que se desarrollan todos los eventos físicos del universo. Lo flipo. ¡Viva el spín del electrón y todos los positrones!…

Tal y como les prometimos a Diego y a Modesto, no hemos dicho ni una palabra de nuestro periplo ucraniano. Nos hemos limitado a entregar a los veteranos el falso documento de las autoridades azerbaiyanas y a fingir una supina indignación por habernos mandado de cabeza al matadero caucásico. Punto. Se lo han tragado de cabo a rabo y han dado el documento por bueno. Espero que Mesa no se vaya de la lengua.

Lo más reseñable de los últimos días han sido las horas y horas que estuve con Negro resolviendo problemas de física y matemáticas el sábado pasado. Ese tío es la caña. Un cerebrito. La verdad es que me estoy dando cuenta de que mucha de la peña española que anda por aquí no es normal. Aparte de ser raros de cojones, tienen una inteligencia poco común y son muy buena gente en general. A mí me mola, porque de por sí en mi familia y en mi pueblo siempre he sido un bicho raro. Aquí me siento más a gusto que un arbusto.

El caso es que el alucine debió ser mutuo, porque Negro flipó cuando le resolví un problema de termología que se le había resistido desde hacía meses. Por eso me sacó de la cama el domingo por la mañana y me llevó de paseo por el centro de la ciudad. Yo me emocioné porque me dijo que soy “uno de los suyos” y me dio la bienvenida al “club”. Yo todavía no sé qué club es ese, pero, muy misterioso y serio, me ha prometido que en breve lo voy a saber.

Cada vez me mola más esta ciudad. Sigo echando de menos las distancias cortas de Torreperogil y el ir en bici a todas partes, pero la inmensidad de las avenidas moscovitas y lo grande que es esto empieza a gustarme. Eso de estar en un sitio en el que viven casi nueve millones de personas me alucina. Todos los días me cruzo a un montón de peña por la calle o en el metro con una altísima probabilidad de que no vuelva a verlos en toda mi vida. La caña.

Como aunque hacia algo de rasca el día era soleado, la primera parada de la excursión con Negro fue en el Parque Gorky o Parque Central de la Cultura y el Descanso (Центральный парк культуры и отдыха –ЦПКиО- им. Горького), un inmenso parque pegado al río Moscú que fue abierto en 1928 y que tiene más de cien hectáreas, incluidos un par de estanques con barcas, enormes paseos, atracciones mecánicas, restaurantes, áreas de baile y un auditorio para conciertos. Los fines de semana se juntan muchas familias bolas, sobre todo en verano. Cada quince días, Negro acude al parque a seguir una partida de ajedrez que mantiene con un viejito moscovita desde hace un par de años. El octogenario se llama Volodia Sergéevich Morózov y combatió en la guerra civil española. Me acordé mucho de mi abuelo y sus batallitas cuando Negro me lo presentó. El caso es que cada dos semanas se juntan con el pretexto de su partida de ajedrez, se beben una botella de vodka, se comen un par de pescados ahumados que el tipo lleva envueltos en papel de periódico y arreglan el mundo. Además, el viejo aprovecha para desempolvar su atascado castellano y le cuenta a Negro sus aventuras en España con pelos y señales. Al parecer las historias son la leche y él lo va juntando todo en una libretita que tiene con la idea de ayudar al anciano a escribir sus memorias. Este Negro no deja de sorprenderme. (NOTA: además de conocer al viejo Volodia Sergéevich, la visita al parque Gorky me descubrió dos cosas: 1. Que el tal Gorky era un escritor soviético tan importante como para que ese parque y una de la avenidas principales de la ciudad lleven su nombre. 2. El descubrimiento verdaderamente importante: el maravilloso mundo del shashlyk -Шашлык-, una especie de pincho moruno de ternera o de cordero que los bolos preparan a la brasa. Como llevaba un moco del Orinoco debido a los vasos de vodka ingeridos con el anciano ajedrecista, Negro me obligó a engullir un par de shashlyk para echarme algo contundente al estómago y ayudarme a bajar la mona. La verdad es que no hizo falta que me presionara mucho. Lo ajustado de nuestra dieta habitual dadas las estrecheces alimenticias y lo sabroso de la carne, marinada con una especie de vinagre aromático, hicieron su parte. Al parecer el origen del shashlyk es hebreo y fueron los judíos los que lo extendieron por Rusia y Mongolia).

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República de Shashlyk en el parque Gorky

Tras la visita al mítico parque de la cultura y la partida de ajedrez de rigor entre Negro y el señor Volodia, dirigimos nuestros pasos hacia Arbat, una calle que está pegada a la Avenida Kalinin y que me ha parecido la leche. El Cangas dice que era por el pedo que llevaba debido al vodka que habíamos pimplado en los jardines del señor Gorky, pero la verdad es que la calle Arbat me sorprendió muy gratamente. Familias paseando, músicos callejeros, pintores, trapecistas, artesanos, gente discutiendo de asuntos políticos, borrachos durmiendo la mona, restaurantes, puestos de helados… Y lo más alucinante, un mausoleo improvisado a un cantante de rock muerto el 15 de agosto pasado. Un montón de peña joven rindiéndole culto, encendiendo velas junto a un muro lleno de mensajes de homenaje, de dibujos y fotos del tipo. Había chicas que lloraban a moco tendido. Otros cantaban sus canciones. Negro me contó que el sujeto de tamaño tributo se llamaba Víctor Tsoi y que era el cantante de un grupo de Leningrado: Kino (Кино), que en ruso quiere decir “Cine”. Al parecer, Tsoi simbolizaba la rebeldía de muchos jóvenes contra el Estado y las autoridades soviéticas. Su prematura muerte en accidente de tráfico lo ha convertido en un héroe. Muchos dicen que en realidad lo ha matado el KGB. Quién sabe. El caso es que a Josemi le encanta su música y me ha pasado varios discos. Llevo un par de días escuchándolos y cada vez me gustan más. Además de que mola escuchar música en bolo y ya voy empezando a pillar cosas gracias a las maratonianas clases de ruso que padecemos de lunes a sábado, la verdad es que me gusta un huevo el rollo que tienen las canciones. Entre Visostski, Kino y los discos de opera del Negro, estoy flipando.

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Fans de Kino en la Calle Arbat. Moscú, 1990.

De las interesantes conversaciones con Negro mientras recorríamos de arriba abajo la calle Arbat, los pasajes más significativos fueron los siguientes:

1. Fruto de la melopea que llevábamos me dio por sincerarme y contarle que soy virgen. A parte del inicial ataque de risa que le dio al cabrón de Negro, se mostró muy comprensivo conmigo y me prometió que “eso lo vamos a solucionar echando hostias”. Resulta que en la residencia de estudiantes de la calle Vernadsky habitan “unas jóvenes rumanas bastante alegres que gustan de finiquitar virginidades ajenas” (en palabras del propio Negro). Precisamente el próximo fin de semana hacen una fiesta en su habitación. “Del sábado no pasa”. Estoy aterrado. Llevo tres días sin pegar ojo, soñando con indómitas y despampanantes sobrinas del conde Drácula en excursiones terroríficas a Transilvania. Dios… ¿Por qué le confesaría mis intimidades a nadie? Estoy perdido.

2. La naturaleza de la conversación sobre mi castidad derivó en reflexiones irrepetibles sobre las virtudes y limites del onanismo, entre otras espeluznantes cosas. Fruto de la conversación me di cuenta de que he superado lo de la bella Mirela más rápido de lo que pensaba. Cuando Negro me felicitaba por ello, le confesé que una nueva mujer anida en mis adentros: cada vez que me cruzo por los pasillos de la residencia con Isabel, la arqueóloga madrileña, me da no sé qué por la tripa y me pongo como un flan. Todo empezó en medio de la melopea que se desató en el campeonato de mus el otro día. Hubo un rato en que estuvimos muy juntos y nos reímos mucho. Hasta me abrazó y me dio varios besos fruto, sin duda, de su condición de beoda irremediable. Según Negro, lo que tengo es una tontería de cojones y lo que me hace falta es desvirgarme y dejarme de hostias. Yo creo que no. Isabel me hace tilín, amigos.

3. Justo al principio de la calle Arbat hay un letrero luminoso enorme sobre la azotea de un edificio: “Gloria al trabajo”. Esa fue la excusa para que Negro se pusiera a hablar sin parar de cómo la han cagado los bolos y de que ese era precisamente uno de los problemas del socialismo. “¿Los letreros luminosos?”, pregunté yo. “No, gilipollas, la puta veneración del trabajo”, me respondió con un gesto de profundo disgusto. Luego yo le dije que no me parecía que la gente currara mucho en la URSS a tenor de cómo son las cosas en Moscú. Él me dijo que sí, que era verdad, pero que el problema era “la moral del puto trabajo” y como los bolos hicieron de ella el centro de su proyecto de país y de revolución. Resulta que los nazis no lo veían de manera muy diferente. Prueba de ello es que en la puerta de Auschwitz colocaron un letrero muy parecido. “Los extremos se tocan”, dije yo sacándome de la manga la frase favorita del insulso profesor de ética que teníamos en el instituto (Don Tomás, concejal de cultura de mi pueblo por un partido que se llama CDS). Fue pronunciar la frasecita y Negro cambió de color y entró en cólera. Indignado como nunca le había visto antes, me soltó a gritos un rollo que te cagas desmintiendo a Don Tomás, hablándome de que el problema había sido Stalin, que como se me ocurriera comparar a los nazis con los bolos otra vez me iba a dar hostias hasta en el carné de identidad y no sé qué rollos más que acabaron con un contundente “vamos a tener que formarte echando leches si realmente te queremos dentro del club”. Sí, amigos, de nuevo el misterioso e intrigante club. Cuando le pregunté sobre el asunto, Negro no soltó prenda y cambió de tema rápidamente. (NOTA: fruto de mi metedura de pata y dado el lugar exacto en el que tuvo lugar, he sido condenado por el Negro a leer un libro de un tal Anatoli Ribakov que dice que es la caña. Se llama Los hijos del Arbat y, aunque fue escrito hace un huevo de tiempo, hasta hace tres años no fue permitida su publicación en la URSS. La novela, que es un retrato de la dureza de la vida en tiempos de Stalin y de lo chungo del personaje en cuestión, se convirtió en el libro más leído del año y se agotó rápidamente. El año pasado salió una edición del libro en castellano, que es la que tengo que leerme bajo amenaza de muerte de Negro).

4. En medio de la disertación del Negro, se le escapó que el 7 de noviembre es el aniversario de la Revolución de Octubre y que los veteranos están planeando un viaje clandestino a Leningrado para festejarlo. Me hizo jurar que no me iba a ir de la lengua y me prometió que convencerá a los otros veteranos para que me dejen ir con ellos. Estoy emocionado. (NOTA: como estaba cagado tras la metedura de pata anterior, no me atreví a preguntarle cómo era posible eso de festejar en noviembre algo que había pasado en octubre. Ayer se lo pregunté a Juancar y me explicó que hasta febrero de 1918 los rusos funcionaban con un calendario que se llamaba “Juliano”. La diferencia entre ese calendario y el actual, llamado “Gregoriano” y que es el mismo que usamos en el resto de Europa, era de 13 días. Después de que el gobierno soviético cambiara las fechas, muchas fiestas pasaron a celebrarse por duplicado: una según el calendario nuevo y otra según el antiguo. Joder. Y luego dice Negro que el problema de los bolos es el culto al trabajo. Te cagas. En fin, el caso es que cuando los bolcheviques tomaron el poder fue el 25 de octubre según el viejo calendario juliano y el 7 de noviembre según el gregoriano. De ahí el desfase de días).

Entre la fiesta rumana que se avecina, el propósito de Negro de acabar como sea con mi virginidad, el club misterioso ese que me tiene con la mosca detrás de la oreja, mis amagos de desmayo cada vez que me cruzo con la buena de Isabel y la posibilidad de irme a Leningrado con los veteranos la semana que viene, no pego ojo por las noches y estoy como un flan. La intensidad de mis días va camino de provocarme un colapso tipo reacción irreversible de un átomo fisible. Definitivamente estoy de los nervios.

4 respuestas a “De excursión por la ciudad y otras (futuras) vicisitudes…”

  1. LadinamoBlog » Blog Archive » De excursión por la ciudad y otras (futuras) vicisitudes…
    abril 14th, 2008 21:00
    1

    […] Lea más en el blog de Lolito Cohete […]

  2. Cangrejo
    abril 15th, 2008 00:03
    2

    De las mejores entradas hasta la fecha; seguid así!

  3. nefertiti
    abril 15th, 2008 22:32
    3

    Frikis en 1990?
    Un instituto en La Torre en 1990?

    Pfffff

  4. Transcriptores
    abril 18th, 2008 00:23
    4

    Estimada Nefertiti

    Los dos primeros tomos de los diarios de Lolito Cohete nos fueron entregados en un legajo de papeles manuscritos. Algunos fragmentos no están en muy buen estado y hay pasajes en los que algunas palabras resultan ilegibles. Cualquier desmán lingüístico y expresivo que observes, es obra de los transcriptores del texto original, cuya identidad, como comprenderás dado lo delicado del personaje, debe permanecer en el anonimato.

    Estamos trabajando en ello…

    saludos

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