Mi vida misma (I)

Por admin

Moscú, miércoles 24 de octubre de 1990

De pequeño veía poco la tele. Mis amiguitos de clase comentaban en el colegio los contenidos de sus largas sesiones catódicas y jugaban a ser personajes de los dibujos animados. Yo no. Yo trataba de convencerles de que los libros y los tebeos molaban más, pero no había manera. Una tarde de campo, mientras volvíamos de “a por pájaros” (piensen mal y acertarán), dos chicos casi se lían a golpes discutiendo sobre si un tal Tomi Jerry era mejor o peor que una tal Pipi. Tanta pasión le pusieron a la discusión que llegó a picar mi curiosidad, por lo que me di de lleno a la televisión durante días en busca de tamañas fuentes de deseo desbordante. Lo primero que descubrí es que la televisión era ciertamente un invento maravilloso: me enganché a increíbles programas como El canto de un duro, supe de la existencia del Quimicefa gracias a la publicidad y entendí por fin por qué le llamaban Falconetti al tuerto de la calle de la Carrera de los Dolores de mi pueblo. El segundo descubrimiento que hice fue que ese tal Tomi Jerry eran en realidad un gato y un ratón con una vida tan exagerada y frenética que me ponía de los nervios y me parecía del todo inverosímil. Me equivocaba: era real como la vida misma. Bueno, como la vida misma soviética que me depararía el destino unos cuantos años más tarde. En las últimas setenta y dos horas he vivido un homenaje permanente al despropósito que a punto ha estado de costarme la vida. Comienzo a pensar seriamente en volverme a Torreperogil. No sé cuánto tiempo más voy a poder aguantar semejante intensidad vital. A veces me siento como un hámster: metido en una enorme jaula y sin poder parar de dar vueltas a una rueda. Menos mal que el trajín exagerado me ha anestesiado a ratos y he logrado olvidar a la bella Mirela. Bastante tenía con salvar el pellejo…

Como saben, el fin de semana pasado se celebraba el Campeonato de Mus de la URSS, o sea, dos días en los que gran parte de los estudiantes españoles nos reunimos en torno a los naipes para desatar una disparatada rivalidad regional y subrayar nuestro carácter singular entre las diferentes nacionalidades que habitan la residencia de la Avenida Lomonosov. Bueno, en realidad no sólo competimos jugadores ibéricos: Hyun-Ki, un matemático de Corea del Norte, suele formar pareja con Negro. La historia es sencilla. El bueno de Hyun-Ki es un compañero de clase de Negro, con un cerebro inaudito igual que el suyo. Los dos conectaron enseguida al llegar a Moscú: su amor común por los números hiperreales y la Teoría de Gödel sentó las bases de una profunda amistad. El coreano, mas conocido como “Pitagorín” entre los españoles, posee una memoria espectacular y un intelecto privilegiado, amén de un gusto por los hábitos hispanos que Negro le ha ido inculcando a lo largo de los años. Desde que Negro hiciera de él su pareja musística, el multicultural dúo se ha alzado con todos los campeonatos que ha disputado, lo que trae de cabeza a la comunidad hispana. Hay dos anécdotas recurrentes que ilustran el alcance de la profunda amistad hispano-coreana: 1. Negro estuvo de veraneo hace dos años en Chongjin, la ciudad natal de Pitagorín, invitado por la familia de éste (Al parecer Corea del Norte es la hostia de raro y es muy chungo entrar. Negro no solo me ha prometido deleitarme un día de estos con las disparatadas historias que recopiló en su viaje, sino que me ha asegurado que algún día me llevará a ese país para que lo conozca). 2. La combinación de su disparatada capacidad memorística y su amor por España ha convertido al joven matemático asiático en un monstruo capaz de cosas como: a) Ingerir cantidades desorbitadas de tortilla de patata sin despeinarse. b) Tener un conocimiento exacto del santoral, la historia y la geografía de España. Y c) haber memorizado toda la discografía de, ejem, José Luis Perales. Si amigos, Hyun-Ki adora a Perales y hasta le reza a una foto suya que tiene en su cuarto. (NOTA: sobre este último extremo hay teorías encontradas. Como junto a la imagen del astro conquense de la canción, Pitagorín ha colocado un retrato de uno de los padres de la trigonometría y otro de un coreano descojonao llamado Kim Il Sung, no está muy claro a quién le reza realmente. Negro dice que si hubiésemos estado en Corea del Norte, no nos cabría la menor duda: le reza al coreano descojonao).

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Kim Il, el santo descojonao de Pitagorín.

 

 

 

Pero vayamos al campeonato de mus propiamente dicho y a la tragedia inevitable que me deparó. Bien. Todo empezó con dos acontecimientos inesperados: la llegada de varios estudiantes españoles que viven fuera de Moscú para participar en el campeonato y lo que El Cangas bautizó como “la histórica reconquista del excusado”. Lo primero me permitió entablar amistad con Diego, un granadino que estudia ingeniería aeroespacial en Kiev, y con “el Muelas”, un filólogo levantino muy majo que estudia en Leningrado. Lo segundo consistió en arrebatarles los lavabos del tercer piso a las mujeres hindúes para disponer de una sala adecuada para la celebración del campeonato (las habitaciones se quedan pequeñas ante un acontecimiento de tal magnitud). Como imaginarán por conflictos internacionales precedentes, se desató una batalla en toda regla de la que salimos vencedores gracias al apoyo unánime del resto de comunidades estudiantiles, que vieron en el mus una esperanza para poner fin al desastroso Ganges semanal que desatan las mujeres de la India cada vez que convierten los lavabos en su piscina particular. Para no irme por las ramas, diré que lo más relevante del campeonato de mus fue que:

1. Evidentemente, la expectación estaba en saber si alguna pareja sería capaz de desafiar la superioridad matemática de Negro y Pitagorín, no en conocer cuál seria el dúo que ocuparía el último puesto. Nadie tenía la menor duda al respecto: la pareja de Mesa perdería irremediablemente… Como así fue. Digamos que en relación a la práctica del mus el principal problema de Mesa no es su afamada naturaleza ceniza, sino el endiablado tic nervioso que padece cada vez que agarra una baraja de cartas. Créanme, no había visto una cosa igual en toda mi vida. En las tres partidas que disputamos en la liguilla inicial, que por supuesto perdimos sin anotarnos ni un solo tanto, no fui capaz de saber si llevaba treinta y una, duples o medias de chicas. Qué desastre. Fruto de los nervios desatados, su cara se deformaba en gestos irrepetibles cada vez que trataba de comunicarme las figuras que llevaba. Un auténtico y trágico despropósito que nos llevó al último lugar de la clasificación, como estaba cantado.

2. Pese a que ser un cenizo no sea el principal problema de Mesa en lo que al mus se refiere, no deja de ser un gafe como la copa de un pino. Veamos. En la final se enfrentaron la pareja Negro-Pitagorín, contra el combinado vasco Beñat-Gorka. La partida resultó ciertamente emocionante y accidentada debido fundamentalmente a que: a) A lo largo del campeonato la ingestión de vodka fue la nota común entre los participantes, con lo que todos llegamos a la fase final bastante tocaítos. b) La pareja de matemáticos estuvo a punto de impugnar la partida porque Beñat y Gorka hablaban en vasco entre ellos y Negro decía que como no les entendía ni dios, se podían estar pasando información sobre las cartas que llevaba cada uno. Tras una acalorada discusión en la que los vascos pronunciaron indignados unas dieciséis veces la extraña frase “opresión lingüística inherente al imperialismo español”, se logró restablecer la paz momentáneamente. c) La calma duró muy poco. El bueno de Hyun-Ki, pletórico de felicidad tras ganarle un órdago a pares a Gorka, se arrancó inocentemente con el ínclito manolo Escobar y su “Qué viva España”, armándose la de dios es cristo. Si no logramos detener a un enloquecido Beñat, se carga allí mismo al coreano. d) Fruto del nerviosismo extremo y la tensión, a Gorka se le descompuso la tripa en medio de un emocionantísimo empate en el juego. No tuvo más remedio que pedir un pequeño receso y correr despavorido a los baños. La pausa obligada dio para que se volviera a armar la marimorena cuando el cabrón de Juancar aseguró que el mus era un invento madrileño, lo que hizo enloquecer de nuevo a Beñat hasta perder los estribos, arrancando un lavabo con grifo y todo y lanzándoselo a Juancar a la cabeza. Por suerte sus reflejos, aún beodo perdido, le salvaron de una muerte segura. e) Misteriosamente, cuando Gorka regresó de hacer sus cosas, la pareja vasca comenzó a perder todas las manos hasta sucumbir en pocos minutos a la apisonadora matemática. En realidad, no hubo misterio alguno en la derrota de los vascos: cuando Gorka se disponía a hacer uso del papel higiénico, cayó en la cuenta de que eso es una auténtica utopía en los baños de la residencia Lomonosov. Al salir en busca de cualquier cosa con la que limpiarse, se chocó de bruces con un borrachísimo Mesa que, no sólo le tocó la espalda, sino que le vomitó encima. La tragedia estaba servida. Desde que Gorka se reincorporó a la partida, la pareja vasca no dejó de coger malísimas cartas, hasta perder el campeonato sin remisión.

El final del campeonato de mus desató en el personal unas ganas de pimplar que a la hora y media ya nos tenían con una mítica cogorza general que había que vernos. Yo me agarraba a la esperanza de que en medio de la borrachera se olvidara por completo el asunto del castigo de la pareja perdedora. Mi ilusión duró justo hasta la media noche. A las doce en punto, un Cangas que se había bebido unas tres botellas de vodka mezclado con Fanta porque decía que así era como su “sidriña”, se subió a una mesa y recordó al Club de amigos de Baco que había que proceder con el castigo a los perdedores. La madre que lo parió. Solamente les recordaré que, según las reglas del campeonato, la pareja que queda en último lugar es sometida a un castigo cruel y desagradable: convertirse en lacayos de la pareja ganadora durante una semana o practicar la natación en las gélidas aguas del río Moscú durante más de cuatro minutos. Si a eso le añadimos que cualquiera de las dos penalizaciones debía de afrontarlas en compañía del inefable Mesa, mi muerte era más que probable. Veamos cómo se desataron los acontecimientos…

Una respuesta a “Mi vida misma (I)”

  1. LadinamoBlog » Blog Archive » Mi vida misma I
    febrero 7th, 2008 15:02
    1

    […] De pequeño veía poco la tele. Mis amiguitos de clase comentaban en el colegio los contenidos de sus largas sesiones catódicas y jugaban a ser personajes de los dibujos animados. Yo no. Yo trataba de convencerles de que los libros y los tebeos molaban más, pero no había manera. Lea más en Las aventuras de Lolito Cohete […]

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