Kefir, viejunos y desdicha del profesor Kornilov…

Por admin

Moscú, viernes 19 de octubre de 1990

La viva imagen de la desolación”. Eso ha dicho Juancar al visitarme esta mañana y encontrarme postrado en mi cama. He pasado las últimas horas envuelto en uno de los absurdos pijamillas que mi abuela me metió en la maleta, atorado por la angustia de saber que Praga es la capital de Brasil y que mejor me doy al macramé porque lo del balonvolea como que no y definitivamente no. Mirela sólo ha sido un sueño que no está al alcance de mi enclenque cuerpo jienense. No sé qué hacer con todo esto. Estoy perdido. A ratos me da por llorar y no paro. Si hubiera un manual de instrucciones, una fórmula matemática o una medicina que administrarme… No puedo quitarme de la cabeza el beso de tornillo que el inmenso Václav le propinó a la bella Mirela. Jamás sentí tantísima infelicidad junta. Y cuánto, pero cuánto odio Checoslovaquia…

El mayor pico de dolor lo he tenido como a las cinco de la mañana, un dolor físico y tangible: me he despertado con la sensación de que unos dos mil quinientos roedores me estaban devorando la pantorrilla. Ha sido horrible. El susto mayor ha venido cuando he visto que estaba sangrando una barbaridad debido al ridículo desaguisado que me provoqué ayer en la pierna. Más que susto, ha sido pánico: salía sangre a borbotones y el dolor era tan supino que he temido seriamente por mi vida, tanto que he estado a punto de perder los estribos y gritar. Para no hacerlo, me ha dado por morder compulsivamente la chaquetilla de mi pijama y el remedio ha sido peor que la enfermedad: casi me trago uno de los botones de la manga. Dramático. He estado a punto de morir ahogado mientras mis compañeros de cuarto roncaban a pierna suelta ajenos por completo a mi accidentada suerte. Cuando me he repuesto del amago de asfixia gracias al litro de kefir que he engullido para desabortonarme la laringe, me he limpiado como he podido la herida y he sufrido el primero de los ataques de llanto descontrolado y matutino. En ese momento, el Cangas se ha despertado y, al encontrarme de esa exagerada guisa, ha dado rienda suelta a una de sus comunes deducciones surrealistas: en medio del duermevela que le poseía y al verme bañado en sangre, ha creído sobresaltado que, ejem… me había venido la regla. Sí amigos, así son él y sus circunstancias. No crean que no me ha costado convencerle de lo contrario, dada su dura y enferma mollera. (NOTA: el kefir es una de mis pasiones desde que me vine a vivir a Moscú. Es de las contadas cosas que trago con gusto por estas tierras, porque suelo mantener una relación más que conflictiva con el resto de la gastronomía soviética -tan rematadamente ajena a la cocina de mi santa y añorada madre-. Dadas mi pírrico estado anímico actual, casi puedo decir que el kefir y la transmutación natural del átomo son mis únicos amores verdaderos. Lo amé tanto la primera vez que lo probé, que me dediqué a estudiarlo durante un fin de semana entero. Se trata de una estructura polisacárida donde conviven diversos microorganismos y que adopta la forma de una masa gelatinosa, elástica y con pinta de coliflor. En los nódulos del kefir se encuentran en asociación simbiótica bacterias y levaduras que generan una doble fermentación: ácido-láctica y alcohólica –yo creo que es esta segunda fermentación la que les pone a los rusos y por eso lo beben tanto, de hecho los bolos dicen que como contiene una pequeña cantidad de alcohol es cojonudo para combatir las resacas-. El caso es que como no es un organismo vivo, únicamente puede subsistir en la leche de vaca. Macerado en ésta, produce una rica bebida láctea altamente beneficiosa para la salud. Su origen se sitúa en la región del Cáucaso, donde cuentan que hay gente que vive hasta los 125 años sin despeinarse y que no conocen ni la tuberculosis ni el cáncer. Mi héroe es el profesor Nokimowa, un japonés tan colgao que dedicó toda su vida a estudiar las alucinantes propiedades del kefir. Aunque en España no tenemos ni papa del asunto y la peña no lo ha probao en su vida, hace años que, gracias a un tal Dr. Krauzek, el kefir pisó suelo patrio: cuentan que el médico ruso le entregó cierta cantidad de cultivo a un piloto de la Swiss Air antes de la Segunda Guerra Mundial y que éste, a su vez, le regaló un trozo a un amigo en la ciudad de Zurich. Cuando el amigo viajó a, atención, Torremolinos, se lo llevó en una tartera y se pasó sus quince días de asueto en semejante paraíso vacacional regalando kefir a troche y moche al personal. Dice Josemi que eso es precisamente lo que más mola del kefir: como el cultivo no deja de crecer y crecer, la gente siempre se lo anda regalando. Negro añade que “el kefir es comunista porque se rebela al capitalismo y circula saltándose a la torera las leyes del mercado”. Yo lo único que sé es que está de puta madre y que gracias a él sigo vivo en medio del desastre alimentario que padecemos por estas tierras).

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Cultivo de kefir. Obsérvese el parecido con la coliflor






Pero volvamos a mi despertar desangrado de esta mañana. Se ve que como el médico que me “atendió” ayer tenía una melopea del quince, ni me limpió bien la herida, ni me la cosió como es debido. Juancar me ha dicho cuando me ha visitado que por eso se me han saltado los puntos y se me ha armado un cristo de la hostia. También me ha echado la bronca por no haberle llamado antes de aventurarme a una policlínica cualquiera acompañado de un enorme checoslovaco. (NOTA: los centros médicos en Moscú están organizados por números. Hay unos números que están muy bien porque son hospitales que funcionan como es debido y otros que mejor no pisar así te estés muriendo. Juancar no sólo se los controla todos, sino que como ya está en último año de medicina sabe un huevo y se encarga de atender a la comunidad hispana siempre que puede). El rato que he estado con Juancar me he animado un poco, pero cuando se ha ido y he vuelto a quedarme solo y perdido entre Praga y Copacabana, he vuelto a darme al llanto desatado de manera compulsiva e incontrolable. Para intentar remediarlo me he puesto como un loco a resolver problemas de física. Fruto de la desesperación hasta me he sacado de la manga una delirante teoría sobre la relación entre los estados carenciales en materia amatoria y los procesos de fusión y fisión nuclear. Pero mejor pasemos por alto mi patética contribución a la ciencia, porque empiezo a estar cansado de todo esto, muy cansado. No me aguanto ni yo mismo. Ojalá consiga olvidar a la bella Mirela y siga con mi vida donde la había dejado antes de saber que en Brasil hablan gallego. Como tengo pendiente la narración del mundo académico que habito, mejor voy con ello y así me distraigo. Vamos allá.

Cuando uno llega a la URSS para estudiar una carrera universitaria tiene que hacer un curso puente en la llamada Подготовительный факультет, o para decirlo en cristiano: Facultad Preparatoria. Allí estudiamos fundamentalmente ruso de manera intensiva y hacemos una especie de COU soviético para adaptarnos al sistema bolo de educación y ponernos las pilas sobre este país. La facultad preparatoria de la MGU está relativamente cerca de la residencia, pero dada la inmensidad de la urbe moscovita (supera los 1.000 kilómetros cuadrados de superficie y tiene más de 9 millones de habitantes), tenemos que coger un autobús y un tranvía para desplazarnos a nuestras clases, por cierto, de lunes a sábado, porque aquí el sábado se considera como un día normal de trabajo. Desde la Plaza de la Universidad, donde se deja el bus para coger el tranvía, el viaje transcurre por la Avenida Lomonosov, (atravesando la Avenida de Lenin), la Avenida Majimovsky y la Avenida de los Sindicatos, en la que el tranvía gira a la derecha para alcanzar la facultad. Lo que más me mola de la calle en la que está es el tío al que está dedicada: Gleb Maksimovich Kryiyanovsky, un ingeniero de la leche, padre del desarrollo de la electrificación de este basto país tras la revolución, proclamado “Héroe del Trabajo Socialista” en 1957. (NOTA: lo de la energía eléctrica ha tenido su miga en la URSS, según me han contado los veteranos. Lenin, el puto amo de los bolcheviques, llegó a decir que el comunismo era “los soviets más la electrificación”. Lo de los soviets no lo pillo mucho todavía, pero lo de la luz está claro: se liaron como locos a hacer presas y represas y a poner bombillas hasta en el último rincón de la tundra. Tal fue el impacto social de la movida, que a muchas de las niñas que nacieron en la Rusia rural de la época las bautizaron con el nombre de “Electrificación”. La caña. Pero lo de Kryiyanovsky ha dado más de sí: resulta que tenía una marcada vena musical y compuso la versión rusa de una mítica canción revolucionaria polaca, “La Varsoviana”. Negro, que lo sabe todo sobre ese Lenin, me contó hace unos días que era su canción preferida y hasta se puso a cantármela en ruso y en castellano como un auténtico poseso, momento en el que llegó Mario, el madrileño que estudia odontología, y se liaron a discutir porque éste decía que la letra de la canción no era esa y que “los soviéticos la habían cambiado para ocultar su origen anarquista”. Yo me perdí a mitad del acalorado debate, pero me pispé de que no sólo hay movida con los troskistas esos, sino que con los anarquistas la cosa tampoco fluye mucho. Negro estaba fuera de sí y no paraba de decir que “el fallo había sido no habérselos cepillado a todos en Aragón en el 37”. A esas alturas yo ya no entendía ni papa y me había puesto a jugar a las damas con Toni el cubano, que siempre se descojona de los españoles y es un cachondo).

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“Lenin y la electrificación”. Cartel soviético de propaganda.














Para no irme demasiado por las ramas, diré que de la vida en la facultad destacan:

1. El ropero.

Unas señoras muy soviéticas y viejunas te recogen el abrigo a la entrada y si se te ocurre intentar evitarlas y colarte al edificio vestido de cabo a rabo, te persiguen como si les fuera la vida en ello para que les entregues la prenda correspondiente. Estás jodido si tu chaqueta no tiene el típico cordel en el cuello para colgarla de la percha. Se ponen a blasfemar en cirílico con la peor mala leche que he visto en mi vida. Yo hasta le he cosido una especie de cordoncillo al cuello de mi abrigo aterrado ante la tabarra de las abuelas. Eso sí, a los españoles nos respetan más que a los demás porque una de ellas estuvo combatiendo en la guerra civil. No para de cantarme cancioncillas en una lengua remotamente parecida al castellano y de gritarme cada vez que me ve algo parecido a ”pasionera, pasionera… ¡No pasarrán!”. El Cangas, al que adoran, me ha contado que conocieron a La Pasionaria, una señora española de la que habla mucho mi abuelo, y por eso se ponen como motos cada vez que nos ven.

2. La biblioteca.

Otras dos camaradas octogenarias se encargan del préstamo y el cuidado del fondo bibliográfico de la facultad. A mí me resultan encantadoras. Entre los numerosos volúmenes que atesoran, hay un montón de libros en castellano, sobre todo de cosas políticas (por cierto, Josemi y Negro me han obligado a sacar dos libros aterradores para que los comente con ellos: uno del señor bajito y con perilla que fundó la URSS y otro del melenas alemán que dicen que le inspiró. El coñazo está asegurado. Menos mal que al menos son cortos).

3. La Столовая (“estalóvaya”) o comedor popular.

En la facultad se puede desayunar, almorzar, merendar y hasta cenar si tienes clase hasta tarde. Bueno, los días en los que los problemas en la distribución de alimentos no hacen que haya únicamente té, “kaltsós” (“anillos”, unas rosquillas típicas de por aquí) y punto. En cualquier caso, los desayunos soviéticos suelen ser la pera. Cuando alguna mañana no llego con la hora pegada al culo paso por el comedor y allí me encuentro a los profes poniéndose como el quico: filetes rusos, puré de patata, ensalada de remolacha y sopa con carne y verdura son avituallas comunes en un desayuno normal de esta gente, aunque sean las ocho de la mañana. Flipante. Lo que me mola es este rollo de los comedores populares en Moscú, están por todas partes y cuestan cuatro duros. Lo malo es que nuestros hispanos estómagos no siempre digieren convenientemente los intensos alimentos esteparios. Juancar dice que hay que estar al loro, porque la comida suele estar en no muy buen estado. Hay que vigilar sobretodo los platos con carne.

4. El лингафон кабинет (“lingafón kabiniét”).

La movida va así: una sala enorme dividida en un montón de cubículos aislados unos de otros y provistos de magnetofón y auriculares. Hay turnos que comparten varios grupos de alumnos al mismo tiempo. Llegas, te sientas, te colocas los cascos y la camarada de turno va disparando las lecciones de ruso para que tú escuches y repitas. Así, a veces, hasta dos horas seguidas. Dicen que es la base del aprendizaje rápido de la lengua rusa, según un método que inventó un filólogo búlgaro. Yo salgo con la cabeza como un bombo y con una sensación de loro autómata que te cagas.

5. Mi clase de ruso.

El grupo es el siguiente: cuatro palestinos muy salaos (Abu, Hassan, Ismael y Omar), un senegalés enorme y majísimo (Babakar), un mexicano arisco (Oscar), una portuguesa encantadora dirigente de las Juventudes Comunistas de su país (María Manuela), Marga (la aspirante a fisioterapeuta de Madrid), el Cangas y servidor. Sí amigos, tan sólo diez alumnos por clase. Aquí las aulas atiborradas de personal y la movida de los números clausus y las tasas que tuvo de follones a toda España el año que entré al instituto, no las conocen ni en pintura. Al principio en las clases se tiraba mucho del inglés, pero desde hace unos días ya sólo se habla y se escucha ruso. Inmediatamente a la entrada en vigor de la medida, hemos podido comprobar que hay una verdadera división étnica de las capacidades lingüísticas: la peña palestina habla ruso por los codos mientras el resto balbuceamos como podemos. Yo creo que es porque como el árabe es una lengua con una fonética tan jodida, pues tienen facilidad para los idiomas, pero algunos veteranos dicen que como es gente que viene de situaciones muy chungas en su tierra, pues están más espabilaos que nosotros. Lo que está claro es que de todas la comunidades que habitamos la residencia y la facultad, los palestinos son los más vivillos y los más lanzaos.

6. La camarada Popova, mi profesora de ruso.

Tiene más de setenta años y sigue al pie del cañón de la docencia. Lleva dando clase desde que era una chavalilla. Vivió el “sitio de Leningrado” cuando los nazis. Imaginen: 900 días de asedio a la ciudad, sin dejar entrar ni un solo alimento, en una estrategia terrible para matar de hambre y frío a la población. Lo alucinante es que la peña resistió y no se rindió. Las historias de la Popova son la hostia, eso sí, todavía no sé como coño se dice “tenedor” en ruso, pero ya sé decir cosas como “resistencia heroica antifascista”, “el pueblo soviético, luz y guía del proletariado mundial” o “la mala baba de los felones kulaks no ahogó la esperanza patria” (a esta última frase no la he pillado el rollo todavía). El caso es que la camarada profesora es como una auténtica madre: te cuida, te mima, se ocupa de que avances en tus estudios y hasta te hace sopas y te procura medicinas si te agarras una gripe. Siempre lleva su larga melena blanca recogida con un moño y se ve que de joven debía ser una especie de bella Mirela esteparia. Yo la he pillado mucho cariño, es casi como una abuela para mí. (NOTA: lo de los ancianos en este país es la leche y las abuelas -“babushkas- son toda una institución. Yo pensaba que en un país socialista, por lo que me había contado mi abuelo, los viejos estarían jubilados y gozando de su ociosidad con todas las necesidades cubiertas después de doblar el espinazo durante décadas. De eso nada: los puedes ver barriendo las calles, cuidando museos y edificios oficiales, currando en el metro o dando clases, aunque estén cerca de los ochenta años. Cuando se lo he comentado a Curro, me ha dicho que “son las paradojas del socialismo real”. También me ha contado que en la URSS los trabajadores no tienen derecho a la huelga. Te cagas. Me lo he apuntado para comentárselo a mi abuelo).

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Típica babushka soviética





















7. El profesor Kornilov.

Nos da matemáticas, con bastante mala leche. Probablemente es el tío más estirao que he conocido en mi vida. De verdad que da pánico y es borde hasta decir basta. Siempre lleva un traje marrón con corbata de rayas y unos mocasines color crema (una de dos, o tiene el armario repleto de trajes marrones o no se ha cambiado de ropa desde que comenzara el curso. Me inclino de lleno por la segunda opción). No habla con nadie, recela de todo dios y se sienta solo en el comedor mirando de reojo a todo aquel que ose acercársele a menos de dos metros. Negro me ha contado su historia. Atentos, porque tiene miga. Dmitri Gueórguievich Kornilov trabajaba como brillante matemático en la prestigiosa Academia de Ciencias de Moscú. Hace cinco años, inspirado por un juego griego de “pentaminós” (una figura geométrica compuesta por cinco cuadrados unidos por sus lados), inventó nada más y nada menos que el Tetris (el famoso video juego-puzzle) y en una sola tarde programó una versión en una Electronika 60, un ordenador soviético provisto únicamente de un sistema alfanumérico. El caso es que el bueno de Kornilov, tras probar una y otra vez su invento, bajó gozoso a merendar al comedor de la Academia antes de subir al “Departamento de Nuevos Ingenios y Creaciones” para dar parte de su invención, cometiendo el error de dejar su ordenador encendido y el Tetris recién parido a la vista del común de los mortales. Cuando subió con el estómago lleno a su despacho, se encontró con que el espabilao de Aliosha Payhiknov, uno de sus compañeros de trabajo, le había birlado el invento y lo había registrado a su nombre. El pobre Kornilov creyó enloquecer y luchó durante meses por demostrar que él era el padre de la criatura. Fue inútil, el desaprensivo Payhiknov se salió con la suya. Poco después el videojuego empezó a ganar popularidad cuando Vadim Giratemov, un joven matemático compinchado con Payhiknov, lo llevó a la IBM, comenzándose a distribuir en Hungría. Meses más tarde, un tal Robert Stein, aprovechando que en la URSS lo de la propiedad privada en general y la propiedad intelectual en particular como que no, trató de hacerse con los derechos del juego y le vendió el concepto a una empresa inglesa y a su filial norteamericana, que comenzó su comercialización hace tres años como producto “fabricado en EEUU y creado en el extranjero”. Vaya jeta. Para entonces el pobre Kornilov ya había enloquecido del todo y, tras abordar una mañana al sátrapa de Payhiknov en su despacho y liarse a mamporros con él de mala manera, había sido expulsado sin remisión de la Academia de Ciencias de Moscú. Esa es la razón por la que un brillantísimo matemático como él vive en el abandono y dedica sus días a dar clases a extranjeros en una ínfima facultad preparatoria. También es la causa de su paranoia permanente y su atormentada personalidad. Pobre hombre. Negro tiene razón, a mí también me cae bien el profesor Kornilov.

2 respuestas a “Kefir, viejunos y desdicha del profesor Kornilov…”

  1. LadinamoBlog » Blog Archive » La desdicha del profesor Kornilov
    enero 24th, 2008 12:20
    1

    […] Por una de aquellas casualidades cósmicas, la reciente visita del inventor del Tetris a la Universidad Autónoma de Barcelona (UAB), ha coincidido con una nueva entrega de Las aventuras de Lolito Cohete en la que se explica, mira tú por donde, quién es en realidad el inventor del Tetris. Según Lolito, el tipo que ha estado firmando autógrafos en Cerdanyola del Vallés es un impostor. Lean, lean. […]

  2. ber
    enero 28th, 2008 15:08
    2

    Yo no quería comentarlo pero medio borracho el pasado viernes me comprometí…

    Yo como tantos de vosotros, utilizo fraudulentamente los medios de producción de la empresa a la que dedico mis horas -que no mis conocimientos-.
    Viendo que el loco del cohete volvía relatar sus historias, me dispuse a sumergirme en la lectura aparatando, en otra ventana -de las que se dicen en inglés y que no muestran la calle- a leerlo. Sin calcular las distancias.
    Largo tiempo más tarde me asaltó la mala conciencia y tuve que dejar la lectura no sin clicar, involuntariamente la opción de imprimir.

    Segundo acto. Al siguiente día a las 8.35 de la mañana. Linea 1 por debajo de los cafés que sirven en el café comercial de la glorieta de Bilbao de Madrid. Comprimido y con retraso vuelvo, dijo voy, otra vez, como tantas veces al sitio donde cambian tiempo por dinero.
    Sin embargo esta vez, por primera vez, y para mis sorpresa y susto, el hombre del lado con sus sesenta y tantos años y abrigo de los inviernos de la postguerra me asalta con la pregunta:
    ‘Perdone, estoy muy interesado en esto del kefir… ¿me podría decir de donde ha sacado esta información tan interesante?’.
    Yo intentando esconder mi cara de asombro, miro la impresión del último relato del loco del cohete y empiezo a dar argumentos contradictorios para convencerle de que era interesante pero no muy de fiar la información que el loco del cohete -con todos mis respetos de devoto lector- podía aportar sobre el famosos kefir. Sinceramente, no sólo porque para variar no me lo había acabado de leer, sino porque francamente tenía miedo.
    ¿Se imaginan que hubiera pasado la próxima vez que hubiera cruzado con este señor a 10 metros de profundidad debajo de los cafés con leche y las porras?
    Me lo imaginé y por eso no se lo dí.

    Ahora siempre llevo encima la explicación del kefir (historia, cultivo, mitos y usos) sacada del wikipedia encima por si me lo vuelvo a cruzar en el metro, apretujado debajo de algún café con leche.

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