Mi primera curda II

Por admin

Moscú, sábado 13 de octubre de 1990

Ayer abandoné el diario conmocionado por una terrible noticia: Mesa, el tío más gafe de la URSS, será mi pareja en los campeonatos de mus organizados por las hordas hispanas. Estoy perdido. Ni San Heraclio Fourier podría remediar tamaño desaguisado. El campeonato no es un alegre ejercicio de hermanamiento y ocio comunitario, sino una auténtica competición a cara de perro que puede llegar a costarte la vida… La cuestión no es tanto ganar, como no perder. A la pareja perdedora se le da a elegir entre dos castigos inmisericordes: “esclavitos” o “natación”. El primero te obliga a convertirte en el lacayo de la pareja ganadora durante una semana. El segundo es un baño en las gélidas aguas del río Moscú durante más de cuatro minutos. A tenor de lo que cuentan sobre los extremos a los que puede llegar la condición de súbdito de la pareja ganadora, créanme si les digo que son preferibles los cuatro minutos de natación suicida.

rio-moscu.jpg

Vista del río Moscú. Obsérvese el hielo flotante. Glups.

Fruto de mi desazón por la noticia del sorteo, dejé a medias el relato de la primera borrachera de mi vida, justo en el momento en el que, presos de una melopea descomunal, nos echamos a la calle. El cuadro era realmente espeluznante: Merceditas colgada del torso despampanante de Umaru “el africano”, medio desnudo tras realizar una demostración de danzas folklóricas que dejó mi habitación arrasada; Isabel y Marga descojonadas y pintándole bigotes con un corcho quemado a todo bicho viviente, incluida la viejuna camarada recepcionista de la residencia; Mario envuelto en su clásico pañuelo palestino, vomitado hasta las cejas y sin una zapatilla; El Fuli rasgando una especie de laúd levantado a un libanés, llorando a moco tendido y emitiendo una especie de graznido ensordecedor vagamente parecido a una seguidilla (Josemi había conseguido detenerle minutos antes cuando, fuera de sí, zarandeó a un horrorizado ciudadano soviético para exigirle la construcción de un mausoleo para Camarón junto al de Lenin). De mi enclenque persona, qué decir: estaba más feliz que una lombriz y me había dado por abrazar a todo el mundo con una absurda sonrisa de pánfilo. Vamos, que llevaba un pedo del quince…

mausoleo-lenin.JPG

Mausoleo de Lenin en la Plaza Roja. Moscú, 1990.

El caso es que justo cuando un dignísimo Josemi, nombrado solemnemente “Presidente de la República de Beodia”, había conseguido convencer a dos taxistas para que nos llevaran de esa guisa hasta el Hotel Intourist (para seguir bebiendo como cosacos) apareció el que faltaba: de pronto vimos salir por la pueta de la residencia a un enloquecido Cangas, semi desnudo y al grito de “¡A mí Don Pelayo!”, perseguido por quince sirios encolerizados blandiendo todo tipo de cachiporras caseras. Al vernos, la marabunta siria arremetió contra nosotros, desatándose una estampida dantesca que dio con mis huesos, los de Umaro y los de Merceditas en una zanja abierta a unos cien metros del lugar. Gracias a esa zanja puedo decir que salvamos la vida (Nota: lo de las zanjas en Moscú tiene un insospechado significado macroeconómico. Desde hace décadas, los soviéticos presumen de la ausencia total de desempleo: todo dios tiene trabajo… Aunque el Estado tenga que inventarlo. Les cuento. Una mañana salí de la residencia y me topé con cinco trabajadores que abrían una zanja junto a la carretera. Al día siguiente, pasé por el mismo lugar acompañado de Enrique Otero, un simpático veterano malagueño que estudia filología eslava, y vi a los mismos tipos tapando alegremente la enorme zanja que habían abierto escasas horas antes. Cuando les preguntamos por el asunto, nos contaron que llevaban meses abriendo y cerrando zanjas de manera incomprensible por toda la ciudad. Esa era la tarea que les había asignado el funcionario a cargo del departamento para el que trabajaban. También nos dijeron que no eran la única cuadrilla ocupada en semejante menester… Sin comentarios).

Pero volvamos a la huida ante el ataque sirio. Antes de perder el conocimiento fruto del pánico y la cantidad de alcohol que había ingerido, ocurrió un hecho que transformó de golpe la imagen que me había hecho de Merceditas: tras perder los nervios, Umaru comenzó a gimotear como un niño aterrado. Sobreponiéndose a su borrachera, Merceditas procedió a abofetear y mandar callar al gigante ugandés para, acto seguido, atisbar temeraria el horizonte, agarrar un trozo de adoquín y lanzarlo con pasmosa precisión contra la bombilla de una farola que amenazaba con desvelar nuestra posición a las tropas árabes. Todo ello en menos de cinco segundos. Tras retornar sonriente a la trinchera, besó a Umaru y pronunció solemnemente una frase que se me ha quedado más grabada que la fórmula Rosenbluth de la difusión inelástica: “unos están en sombra, y otros bien iluminados. Se ve a los que da la luz, pero a los otros, ni caso”. Acojonante.

Lo siguiente que recuerdo es despertarme temblando debajo de una cama y ver a mi lado a una bellísima mujer rubia que me acariciaba la mano mientras me susurraba dulcemente palabras en gallego. Lo primero que pensé es que me había muerto, motivo por el cual rompí a llorar de manera exagerada delante de aquella tremenda mujer de Lugo. Como cuanto más lloraba yo más me acariciaba ella, me pasé llorando unos cuarenta calculados minutos de inolvidables caricias y arrumacos. Cuando ya estaba a punto de deshidratarme, llegaron Mario y Josemi, para sacarme de debajo de la cama y poner fin a mi maravillosa excursión al mundo de los muertos. Entre lo que me contaron ellos y lo que he podido ir recordando en las últimas horas, he logrado hacerme una idea de lo ocurrido. Resumo los datos más importantes:

1. Perdí el conocimiento en la zanja que nos salvó de una muerte segura a manos de los encolerizados sirios. Cuando la situación se calmó, Umaru cargó conmigo hasta la residencia. Al ser informado por unos estudiantes palestinos de que la cosa estaba fea (“mejor te esfumas durante unas horas”), decidió darse a la fuga ocultándome en la habitación de dos bellas jóvenes de una comunidad neutral: Brasil.

2. La mujer que me acariciaba bajo la cama no era de Lugo, sino de Salvador de Bahía. Se llama Mirela y estudia educación física. Ha sido dos veces campeona juvenil de voleibol de su enorme país. Desde que la conocí estoy muy raro y los demás se descojonan de mí. Yo creo que me he enamorado, pero como no me ha pasado antes, no sé si es eso o es que el pánico por las hordas de Damasco se me ha agarrado a la tripa.

3. ¿Por qué perseguían los sirios al Cangas? Agárrense. El susodicho estaba durmiendo la mona en una armario cuando le entraron una terribles ganas de mear; con tal mala suerte que, en su enloquecida carrera hacia el meadero, confundió el baño con la habitación de tres estudiantes sirios. Al parecer, los tipos estaban rezando de cara a la Meca (y de espaldas a la puerta) cuando irrumpió el energúmeno. Como el Cangas iba ciego perdido, vio una taza del water donde en realidad había un sirio rezando arrodillado y, ni corto ni perezoso, se sacó la chorra y orinó al tipo. Consiguió escapar a la cólera inmediata del estudiante orinado, pero cuando la noticia se propagó por la comunidad siria, pusieron precio a su cabeza. Ahí se inició el ataque.

4. De momento las cosas se han calmado gracias a la mediación de los libaneses y los palestinos, que no se llevan bien con los sirios y se han puesto de nuestra parte. Se ha convocado una reunión para negociar un alto el fuego dentro de dos días. Mientras tanto, los sirios han exigido que el Cangas desaparezca de la residencia y de la universidad. Josemi se lo ha llevado a su habitación en la residencia de casados de la calle Vernadskaba, donde vive con su mujer, Eva, una madrileña muy maja que estudia geología (Nota: cuando me han dicho que la calle en la que viven se llama así en homenaje a Vladimir Ivánovich Vernadsky he flipao en colores. Joder, ¡el puto amo de la noosfera y el cosmismo ruso! Todavía no me lo creo).

5. La frase que pronunció una poseída Merceditas tras cepillarse una farola de una pedrada no es suya sino de un tal Bertold Brecht, un poeta alemán que le mola mucho. Cuando le he preguntado por el asunto se ha emocionado. Esta mañana me ha traído un libro de ese tío y otro de un ruso del mismo palo: Mayakovski. Lo más aproximado a un poema que he leído en mi vida son los estudios sobre el polonio y el radio de Marie Curie, pero con lo emocionada que estaba cualquiera le decía que no a la buena de Merceditas.

6. Definitivamente creo que amo locamente a la bella Mirela. Voy a necesitar ayuda. Estoy muy raro. Diooos. Tengo miedo.

3 respuestas a “Mi primera curda II”

  1. guadiana
    diciembre 5th, 2007 13:28
    1

    más, más, máaaaaaaaaasssssss…

  2. ramiro
    diciembre 11th, 2007 02:02
    2

    secundo a guadiana:

    más, más, mássssssssssssssssssssssssssssss

  3. Quevedo
    diciembre 13th, 2007 16:54
    3

    Venga Lolito, danos mas, que somos muchos los que te seguimos en tus aventuras en tierra inhospita. Animo!!!!

Deje un comentario

You must be logged in to post a comment.