¡De nuevo en el glorioso camino de la ingeniería nuclear!

Por admin

Moscú, martes 9 de octubre de 1990

La caña, la caña, la caña. No quepo en mí de alegría. Lo crean o no, he conseguido volver a los caminos insondables de la aplicación práctica del núcleo atómico, los principios de la química y la física nuclear y la interacción entre radiación y materia. ¡El Ministerio de Educación soviético me ha devuelto mi condición de estudiante de ingeniería nuclear! ¿Cómo? Ejen… vayamos por partes.

La noche se ha presentado cargadita por obra y gracia de la descomunal cogorza de “el Cangas”. Primero se bebió mi botella de vodka (por suerte llegué a tiempo de esconder la otra), luego se juntó con Curro, un estudiante barcelonés de Filosofía que lleva en la URSS desde los catorce años, y se bebieron, por este orden, una botella de vodka adquirida a la mafía afgana y un frasco de colonia (sin coñas). Sí, amigos, aquí la peña se coge unos mocos del Orinoco y lo del alcoholismo es un deporte nacional, bueno, no sólo nacional: los estudiantes extranjeros pimplan de lo lindo. Cuando no hay vodka, bien vale un buen frasco de aftershave si las ganas aprietan. Uno de los puntos estrella del improvisado manual de supervivencia que estoy confeccionando sobre la vida en esta residecia es el siguiente: no confundir nunca el perfume con la colonia. Me lo han advertido varias veces acompañándolo de un paternalista “ya, ya… tú todavía no bebes, pero ya verás cuando llegue el invierno”. En efecto, la peña está tan enganchada a la melopea colectiva que, en caso de que no haya otra cosa, se beben cualquier artefacto que tenga alcohol, por eso conviene saber que la colonia «coloca» mientras que el perfume te perfora el estómago y te mata. Y es mejor tomarse esto al pié de la letra: cuentan que hace unos meses, durante la fiesta de cumpleaños de un coreano, algunos estudiantes pillaron tal ciego que se bebieron un perfume por error… Acabaron todos en el hospital… Dos de ellos murieron… Un vietnamita y un hindú… Sin comentarios…

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Preciado líquido-elemento soviético

Pero regresemos a la noche en vela. 04:00 horas: al puto Cangas y a sus comparsas no se les ha ocurrido nada mejor que bajarse el tocadiscos de Curro a mi habitación e improvisar un taller de “Análisis y memorización de himnos de las infinitas repúblicas socialistas que componen la Unión Soviética”. Han estado hasta las ocho de la mañana cantando a grito pelado y rayando discos pedo perdidos. Menos mal que a las ocho y media han llegado Juancar y Josemi para rescatarme de la pesadilla y llevarme a la reconquista de mi especialidad vía asalto al ministerio. Les cuento. Primero nos hemos provisto de otra botella de vodka donde los afganos, cosa cuya lógica no he entendido muy bien en su momento y que tampoco han querido explicarme. Luego hemos cogido un taxi a la carrera (NOTA: aquí cualquier coche puede ser un taxi. Hay taxis normales y gente que te lleva de un sitio a otro en su coche por un poco de dinero. Basta que salgas a la calle y saques la mano para que los coches se detengan. Le dices al tío a dónde vas y si le conviene te dice un precio a negociar. También se negocia el precio antes de subir cuando se trata de un taxi «normal». Juancar me ha explicado que para comprar un coche los soviéticos tienen que a) demostrar que lo necesitan, b) apuntarse en una lista y c) esperar a que llegue su turno. Por eso ven el tema de una manera diferente a nosotros y le dan un uso más colectivo al vehículo. A mí me parece una marcianada, pero cuando se lo he comentado a Josemi se ha mosqueado y me ha dicho que está que te cagas y que es una solución para que la ciudad no se convierta en un caos insufrible de tráfico).

Lo exagerado de la aventura ha comenzado unos diez minutos antes de llegar al ministerio: Josemi y Juancar se han puesto muy serios y me han dicho que el conductor del coche no les daba buena espina y que era muy pero que muy chungo, motivo por el cual me han pedido que en cuanto me hicieran una señal abriera la puerta y saliera corriendo sin mirar atrás. Han sido los ¿minutos? más largos de mi vida, me he imaginado lo peor, que ese tío era un mafioso, que nos llevaba a un descampado para desplumarnos y descuartizarnos tipo psicópata de Canción triste de Hill street (mi viejo estaba enganchado).Yo qué sé. Josemi y Juancar estaban muy serios, sin hablar, mirando al tipo de reojo. Hasta que, tras detenernos en un semáforo, me han hecho la señal y he salido corriendo despavorido por las calles moscovitas. Tras unos segundos de angustiosa huida he mirado fugazmente hacia atrás y he visto a dos hijos de puta bajándose de un taxi muertos de risa. Lo del humor chusquero parece que no cesa. Bueno, vayamos a lo que de verdad importa…

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Um… camarada Osonov haciendo uso de taxi colectivizado. Moscú 1990

Hemos entrado en el ministerio. Indescriptible: un auténtico edificio tipo cojón estaliniano en el que, a juzgar por el mobiliario y la pinta de los funcionarios, el tiempo se ha detenido en los años setenta. Tremendo. Tras subir trece pisos a pata, una secretaria nos ha dicho que el subsecretario al que buscábamos no estaba (NOTA: como imaginarán, todo sucedía en ruso, por lo que yo entendía lo que Juancar me iba traduciendo). Tras soltarle una sonrisa de Profident y meterle cinco dólares en el bolsillo, la secretaria ha cogido su teléfono, ha marcado y, mira por donde, resulta que el señor subsecretario sí que está y que pueden pasar a verle. Antes de atravesar la puerta Josemi y Juancar me han frenado en seco, me han mirado muy serios y me han pedido les siguiera la corriente en todo momento y no me asustara. Eso sí, me han advertido que pasara lo que pasara no debía beber más de dos vasos de vodka. Glups. De esa guisa nos hemos plantado en un despacho presidido por una foto de Lenin y una bandera soviética, extrañamente combinadas con un retrato de un taciturno Jimmy Carter y un vaso de Coca-Cola del Mcdonalds con pajita que el menda exhibía como trofeo en una estantería. Curioso.

El subsecretario, un tipo gordo y sudoroso embutido en un traje marrón a rayas, corbata indescriptible y zapatillas de deporte, ha saludado efusivamente a Josemi. Lo primero que nos ha dicho es que no había nada que hacer con lo mío, que las cosas eran así con los extranjeros, que cada año cambiaban las normativas y que justo este curso los extranjeros no podían estudiar ingeniería nuclear. No había manera de hacerle cambiar de opinión y mis nervios se desataban a medida que Juancar me iba traduciendo las negativas del tipo. De repente, Josemi ha puesto una de las botellas de vodka encima de la mesa y ha sacado un mendrugo de pan negro y un trozo de arenque seco de un bolsillo. A los dos segundos ya estábamos brindando por la perestroika. Josemi ha vuelto a la carga con lo mío, pero el funcionario no aflojaba: imposible. Otro vodka y otro trozo de pescado con pan negro. La cosa no cambiaba. Otro vodka más, con el que yo he bañado disimuladamente la moqueta siguiendo órdenes de Juancar. Nada. Otro vodka más. Um… parece que tiene un amigo que quizá podría hacer algo. Josemi sirve otro vodka y le pone un billete de veinte dólares encima de la mesa. El tipo sonríe, coge la pasta y brinda “por la generalización de la educación superior a todos los pueblos del mundo”. Yo vuelvo a regar la moqueta, pero soy el único: Juancar y Josemi beben como esponjas y se doblan los vasos de vodka sin pestañear. Se ha terminado el pan y el arenque, a partir de ahora el trago será a palo seco. La botella también se ha acabado, Josemi le dice al funcionario beodo que por qué no hace él mismo el cambio de especialidad. ¡Para qué vamos a andar con intermediarios! El subsecretario balbucea que naranjas de la China. Juancar abre la otra botella de vodka y “bebemos” de nuevo. Yo ya estoy metido literalmente en un charco de vodka y mis compis han empezado también a arrojar vodka al suelo sin ser descubiertos. El camarada subsecretario tiene ya una melopea considerable. Tres vasos de vodka después, el hombre no se tiene en pié. En ese momento, Josemi se saca un papel del bolsillo, agarra la mano del semiinconsciente funcionario, y le hace firmar. Luego saca un sello de uno de los cajones de la mesa del tipo, lo estampa en el papel, sonríe y afirma solemne: “Lolito, bienvenido de nuevo a la ingeniería nuclear”. Me abraza. Compruebo que él también está bastante afectado por el alcohol (al igual que un colorado Juancar que esgrime sus dotes médicas comprobando el pulso del finalmente colapsado funcionario soviético). No salgo de mi asombro: en mis manos tengo un cambio de expediente oficial que me autoriza a estudiar mi querida ingeniería. ¿De dónde ha salido ese impreso oficial? ¿Por qué Josemi es tan colega del subsecretario? ¿Qué hacía esa foto de Jimmy Carter en el despacho? Ni puta idea. Yo ya tenía bastante con intentar secar mis calcetines tras el piscinazo fortuito de “agüita” (NOTA: Juancar me ha explicado que “bodka” es el diminutivo ruso de “boda”, que quiere decir “agua”. Estos rusos son unos cachondos). Lo importante es que vuelvo a la ingeniería nuclear. Esta noche llamaré a mi abuelo para darle la gran noticia. Eso si sobrevivo: Josemi y Juancar se han unido a Curro y al Cangas y andan borrachos perdidos por la residencia liándola parda. No sé que pensará Siria de todo esto, pero me temo lo peor. La tarde se presenta movidita…

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