Archivo de 14 abril 2008

De excursión por la ciudad y otras (futuras) vicisitudes…

Por admin

Lunes, abril 14, 2008

Moscú, martes 30 de octubre de 1990

Tras haber estado unos días alejado del diario, retomo el relato apresurado de mis días moscovitas. Me ha costado reponerme del viaje a Kiev y de la caña de las emociones vividas. Está claro que el tiempo aquí es de otra manera. Me siento atrapado en una paradoja permanente: como si viviera otra época, un tiempo congelado en el que, sin embargo, las cosas van más rápido que en mi vida jienense. Lo que está claro es que hay un antes y un después de mi viaje a Moscú. En un par de meses he vivido más que en todos mis años anteriores. Definitivamente la ecuación de Schrödinger no vale una mierda y la mecánica cuántica es relativista o no es. Como si debajo de esta ciudad hubiera un gran imán y la URSS fuera la entidad geométrica en la que se desarrollan todos los eventos físicos del universo. Lo flipo. ¡Viva el spín del electrón y todos los positrones!…

Tal y como les prometimos a Diego y a Modesto, no hemos dicho ni una palabra de nuestro periplo ucraniano. Nos hemos limitado a entregar a los veteranos el falso documento de las autoridades azerbaiyanas y a fingir una supina indignación por habernos mandado de cabeza al matadero caucásico. Punto. Se lo han tragado de cabo a rabo y han dado el documento por bueno. Espero que Mesa no se vaya de la lengua.

Lo más reseñable de los últimos días han sido las horas y horas que estuve con Negro resolviendo problemas de física y matemáticas el sábado pasado. Ese tío es la caña. Un cerebrito. La verdad es que me estoy dando cuenta de que mucha de la peña española que anda por aquí no es normal. Aparte de ser raros de cojones, tienen una inteligencia poco común y son muy buena gente en general. A mí me mola, porque de por sí en mi familia y en mi pueblo siempre he sido un bicho raro. Aquí me siento más a gusto que un arbusto.

El caso es que el alucine debió ser mutuo, porque Negro flipó cuando le resolví un problema de termología que se le había resistido desde hacía meses. Por eso me sacó de la cama el domingo por la mañana y me llevó de paseo por el centro de la ciudad. Yo me emocioné porque me dijo que soy “uno de los suyos” y me dio la bienvenida al “club”. Yo todavía no sé qué club es ese, pero, muy misterioso y serio, me ha prometido que en breve lo voy a saber.

Cada vez me mola más esta ciudad. Sigo echando de menos las distancias cortas de Torreperogil y el ir en bici a todas partes, pero la inmensidad de las avenidas moscovitas y lo grande que es esto empieza a gustarme. Eso de estar en un sitio en el que viven casi nueve millones de personas me alucina. Todos los días me cruzo a un montón de peña por la calle o en el metro con una altísima probabilidad de que no vuelva a verlos en toda mi vida. La caña.

Como aunque hacia algo de rasca el día era soleado, la primera parada de la excursión con Negro fue en el Parque Gorky o Parque Central de la Cultura y el Descanso (Центральный парк культуры и отдыха –ЦПКиО- им. Горького), un inmenso parque pegado al río Moscú que fue abierto en 1928 y que tiene más de cien hectáreas, incluidos un par de estanques con barcas, enormes paseos, atracciones mecánicas, restaurantes, áreas de baile y un auditorio para conciertos. Los fines de semana se juntan muchas familias bolas, sobre todo en verano. Cada quince días, Negro acude al parque a seguir una partida de ajedrez que mantiene con un viejito moscovita desde hace un par de años. El octogenario se llama Volodia Sergéevich Morózov y combatió en la guerra civil española. Me acordé mucho de mi abuelo y sus batallitas cuando Negro me lo presentó. El caso es que cada dos semanas se juntan con el pretexto de su partida de ajedrez, se beben una botella de vodka, se comen un par de pescados ahumados que el tipo lleva envueltos en papel de periódico y arreglan el mundo. Además, el viejo aprovecha para desempolvar su atascado castellano y le cuenta a Negro sus aventuras en España con pelos y señales. Al parecer las historias son la leche y él lo va juntando todo en una libretita que tiene con la idea de ayudar al anciano a escribir sus memorias. Este Negro no deja de sorprenderme. (NOTA: además de conocer al viejo Volodia Sergéevich, la visita al parque Gorky me descubrió dos cosas: 1. Que el tal Gorky era un escritor soviético tan importante como para que ese parque y una de la avenidas principales de la ciudad lleven su nombre. 2. El descubrimiento verdaderamente importante: el maravilloso mundo del shashlyk -Шашлык-, una especie de pincho moruno de ternera o de cordero que los bolos preparan a la brasa. Como llevaba un moco del Orinoco debido a los vasos de vodka ingeridos con el anciano ajedrecista, Negro me obligó a engullir un par de shashlyk para echarme algo contundente al estómago y ayudarme a bajar la mona. La verdad es que no hizo falta que me presionara mucho. Lo ajustado de nuestra dieta habitual dadas las estrecheces alimenticias y lo sabroso de la carne, marinada con una especie de vinagre aromático, hicieron su parte. Al parecer el origen del shashlyk es hebreo y fueron los judíos los que lo extendieron por Rusia y Mongolia).

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República de Shashlyk en el parque Gorky

Tras la visita al mítico parque de la cultura y la partida de ajedrez de rigor entre Negro y el señor Volodia, dirigimos nuestros pasos hacia Arbat, una calle que está pegada a la Avenida Kalinin y que me ha parecido la leche. El Cangas dice que era por el pedo que llevaba debido al vodka que habíamos pimplado en los jardines del señor Gorky, pero la verdad es que la calle Arbat me sorprendió muy gratamente. Familias paseando, músicos callejeros, pintores, trapecistas, artesanos, gente discutiendo de asuntos políticos, borrachos durmiendo la mona, restaurantes, puestos de helados… Y lo más alucinante, un mausoleo improvisado a un cantante de rock muerto el 15 de agosto pasado. Un montón de peña joven rindiéndole culto, encendiendo velas junto a un muro lleno de mensajes de homenaje, de dibujos y fotos del tipo. Había chicas que lloraban a moco tendido. Otros cantaban sus canciones. Negro me contó que el sujeto de tamaño tributo se llamaba Víctor Tsoi y que era el cantante de un grupo de Leningrado: Kino (Кино), que en ruso quiere decir “Cine”. Al parecer, Tsoi simbolizaba la rebeldía de muchos jóvenes contra el Estado y las autoridades soviéticas. Su prematura muerte en accidente de tráfico lo ha convertido en un héroe. Muchos dicen que en realidad lo ha matado el KGB. Quién sabe. El caso es que a Josemi le encanta su música y me ha pasado varios discos. Llevo un par de días escuchándolos y cada vez me gustan más. Además de que mola escuchar música en bolo y ya voy empezando a pillar cosas gracias a las maratonianas clases de ruso que padecemos de lunes a sábado, la verdad es que me gusta un huevo el rollo que tienen las canciones. Entre Visostski, Kino y los discos de opera del Negro, estoy flipando.

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Fans de Kino en la Calle Arbat. Moscú, 1990.

De las interesantes conversaciones con Negro mientras recorríamos de arriba abajo la calle Arbat, los pasajes más significativos fueron los siguientes:

1. Fruto de la melopea que llevábamos me dio por sincerarme y contarle que soy virgen. A parte del inicial ataque de risa que le dio al cabrón de Negro, se mostró muy comprensivo conmigo y me prometió que “eso lo vamos a solucionar echando hostias”. Resulta que en la residencia de estudiantes de la calle Vernadsky habitan “unas jóvenes rumanas bastante alegres que gustan de finiquitar virginidades ajenas” (en palabras del propio Negro). Precisamente el próximo fin de semana hacen una fiesta en su habitación. “Del sábado no pasa”. Estoy aterrado. Llevo tres días sin pegar ojo, soñando con indómitas y despampanantes sobrinas del conde Drácula en excursiones terroríficas a Transilvania. Dios… ¿Por qué le confesaría mis intimidades a nadie? Estoy perdido.

2. La naturaleza de la conversación sobre mi castidad derivó en reflexiones irrepetibles sobre las virtudes y limites del onanismo, entre otras espeluznantes cosas. Fruto de la conversación me di cuenta de que he superado lo de la bella Mirela más rápido de lo que pensaba. Cuando Negro me felicitaba por ello, le confesé que una nueva mujer anida en mis adentros: cada vez que me cruzo por los pasillos de la residencia con Isabel, la arqueóloga madrileña, me da no sé qué por la tripa y me pongo como un flan. Todo empezó en medio de la melopea que se desató en el campeonato de mus el otro día. Hubo un rato en que estuvimos muy juntos y nos reímos mucho. Hasta me abrazó y me dio varios besos fruto, sin duda, de su condición de beoda irremediable. Según Negro, lo que tengo es una tontería de cojones y lo que me hace falta es desvirgarme y dejarme de hostias. Yo creo que no. Isabel me hace tilín, amigos.

3. Justo al principio de la calle Arbat hay un letrero luminoso enorme sobre la azotea de un edificio: “Gloria al trabajo”. Esa fue la excusa para que Negro se pusiera a hablar sin parar de cómo la han cagado los bolos y de que ese era precisamente uno de los problemas del socialismo. “¿Los letreros luminosos?”, pregunté yo. “No, gilipollas, la puta veneración del trabajo”, me respondió con un gesto de profundo disgusto. Luego yo le dije que no me parecía que la gente currara mucho en la URSS a tenor de cómo son las cosas en Moscú. Él me dijo que sí, que era verdad, pero que el problema era “la moral del puto trabajo” y como los bolos hicieron de ella el centro de su proyecto de país y de revolución. Resulta que los nazis no lo veían de manera muy diferente. Prueba de ello es que en la puerta de Auschwitz colocaron un letrero muy parecido. “Los extremos se tocan”, dije yo sacándome de la manga la frase favorita del insulso profesor de ética que teníamos en el instituto (Don Tomás, concejal de cultura de mi pueblo por un partido que se llama CDS). Fue pronunciar la frasecita y Negro cambió de color y entró en cólera. Indignado como nunca le había visto antes, me soltó a gritos un rollo que te cagas desmintiendo a Don Tomás, hablándome de que el problema había sido Stalin, que como se me ocurriera comparar a los nazis con los bolos otra vez me iba a dar hostias hasta en el carné de identidad y no sé qué rollos más que acabaron con un contundente “vamos a tener que formarte echando leches si realmente te queremos dentro del club”. Sí, amigos, de nuevo el misterioso e intrigante club. Cuando le pregunté sobre el asunto, Negro no soltó prenda y cambió de tema rápidamente. (NOTA: fruto de mi metedura de pata y dado el lugar exacto en el que tuvo lugar, he sido condenado por el Negro a leer un libro de un tal Anatoli Ribakov que dice que es la caña. Se llama Los hijos del Arbat y, aunque fue escrito hace un huevo de tiempo, hasta hace tres años no fue permitida su publicación en la URSS. La novela, que es un retrato de la dureza de la vida en tiempos de Stalin y de lo chungo del personaje en cuestión, se convirtió en el libro más leído del año y se agotó rápidamente. El año pasado salió una edición del libro en castellano, que es la que tengo que leerme bajo amenaza de muerte de Negro).

4. En medio de la disertación del Negro, se le escapó que el 7 de noviembre es el aniversario de la Revolución de Octubre y que los veteranos están planeando un viaje clandestino a Leningrado para festejarlo. Me hizo jurar que no me iba a ir de la lengua y me prometió que convencerá a los otros veteranos para que me dejen ir con ellos. Estoy emocionado. (NOTA: como estaba cagado tras la metedura de pata anterior, no me atreví a preguntarle cómo era posible eso de festejar en noviembre algo que había pasado en octubre. Ayer se lo pregunté a Juancar y me explicó que hasta febrero de 1918 los rusos funcionaban con un calendario que se llamaba “Juliano”. La diferencia entre ese calendario y el actual, llamado “Gregoriano” y que es el mismo que usamos en el resto de Europa, era de 13 días. Después de que el gobierno soviético cambiara las fechas, muchas fiestas pasaron a celebrarse por duplicado: una según el calendario nuevo y otra según el antiguo. Joder. Y luego dice Negro que el problema de los bolos es el culto al trabajo. Te cagas. En fin, el caso es que cuando los bolcheviques tomaron el poder fue el 25 de octubre según el viejo calendario juliano y el 7 de noviembre según el gregoriano. De ahí el desfase de días).

Entre la fiesta rumana que se avecina, el propósito de Negro de acabar como sea con mi virginidad, el club misterioso ese que me tiene con la mosca detrás de la oreja, mis amagos de desmayo cada vez que me cruzo con la buena de Isabel y la posibilidad de irme a Leningrado con los veteranos la semana que viene, no pego ojo por las noches y estoy como un flan. La intensidad de mis días va camino de provocarme un colapso tipo reacción irreversible de un átomo fisible. Definitivamente estoy de los nervios.

Mi vida misma (y III)

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Martes, abril 01, 2008

Moscú, jueves 25 de octubre de 1990

Tras la intensa excursión a la “República de Plastcar” y la interesante dosis de usos y costumbres soviéticas a base de música, pescado ahumado, pan con tocino y vodka y más vodka, Diego atisbó por la ventanilla la llegada a la ciudad de Voronezh y, para nuestra sorpresa, nos sacó del tren a la carrera. Una vez en tierra, nos explicó su plan: irnos con él a Kiev y, una vez allí, falsificar el pertinente certificado de nuestra estancia en Bakú. Tras unos días de asueto en su casa, podríamos regresar triunfantes a Moscú fingiendo que habíamos viajado hasta Azerbaiyán siguiendo obedientemente las directrices de la comisión que dictó nuestro ejemplar castigo como perdedores del campeonato de mus.

Tras unas tres horas de espera en Voronezh y otras tantas de viaje ferroviario, desembarcamos en la capital ucraniana en medio de unas lluvias torrenciales, precedidas más o menos a la altura de Sumska por un alegre pronóstico climatológico de Mesa que había anunciado sol a troche y moche (sin comentarios). En la estación agarramos un taxi y nos plantamos en casa de Diego, que vivía alojado por una simpática ancianita que, además de adorar la confección de todo tipo de compotas y mermeladas caseras, le cobraba un ínfimo alquiler mensual por una habitación en su domicilio. (NOTA: los estudiantes españoles en la URSS vivimos en residencias o pisos alquilados. Es común que los veteranos se instalen en casas y abandonen la vida destartalada de residencia. Hasta hace muy poco, los soviéticos no podían alquilar sus apartamentos a terceras personas. Tampoco alojar a extranjeros. Sin embargo, la Perestroika ha dado cobertura legal a ese tipo de prácticas).

Como estábamos rendidos por el viaje y el desenfreno acumulado por el campeonato de mus y sus estragos, nos tomamos una sopita de remolacha y patata que nos preparó la señora Svetlana, la casera de Diego, y nos fuimos a la cama más a gusto que un arbusto. Bueno, lo de cama fue sólo cierto para el anfitrión: Mesa y un servidor tuvimos que improvisar sendos catres dadas las estrecheces del piso y la escasez de camas. Aún así y todo, dormimos del tirón y como la seda.

Al día siguiente nos lanzamos a las calles de Kiev con dos propósitos fundamentales: 1. Encontrar a Modesto, un estudiante de Trebujena que al parecer era un maestro de la falsificación (entre otras disparatadas cosas), para que nos ayudara a confeccionar el certificado de nuestra estancia en Bakú y así salvar el culo ante la panda de sádicos que nos había mandado a morir a Azerbaiyán. Y 2. Aprovechar el accidentado viaje para conocer la capital de Ucrania, al parecer la ciudad con más zonas verdes del mundo y en la que, según nos contó Diego, habitan 130 nacionalidades y grupos étnicos diferentes. Pedazo de Babel.

El encuentro con el bueno de Modesto resultó un acontecimiento mítico e inesperado. Se trata de un tipazo y todo un personaje, más salao que el bacalao. Tiene unos treinta y tantos tacos y lleva cinco años viviendo en la URSS, donde estudia para payaso. Sí amigos, han leído bien. Los soviéticos veneran de tal manera el circo que han convertido los oficios circenses en disciplinas académicas con rango universitario. Alucinante. Tras pasar un tiempo en la escuela adscrita al circo de Moscú, Modesto está ya en su último año de carrera en Kiev y a punto de licenciarse. Es posiblemente el tío más gracioso que jamás haya conocido, además de una enciclopedia andante, un extraño erudito de la política soviética y un mago consagrado del chanchullo y el cambiazo. Muy buena gente, la verdad. (NOTA: a) Prueba de la pasión de los bolos por el arte circense es que hay unos 70 circos permanentes en el país y otros 50 de carácter móvil que recorren la URSS de cabo a rabo. Es común que incluso las ciudades más remotas tengan la visita de 5 ó 6 circos cada año. b) Prueba de la pasión de Modesto por el circo es que termina todas sus aseveraciones con un “te lo juro por Popov”, un legendario payaso reconocido en el mundo entero que en 1969 recibió el título honorable de Artista Nacional de la Unión Soviética y que le dio clase cuando estudió en Moscú).

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Circo de Kiev, 1990. Obsérvese el pedazo de edificio.

De los días pasados en Kiev con el payaso de Trebujena destaco los siguientes capítulos:

a) La falsificación. Informado de nuestra disparatada situación, se puso manos a la obra y en unas pocas horas nos confeccionó un documento falso a través del cual la oficina de turismo de Azerbaiyán invitaba a la Asociación de Estudiantes Españoles en la URSS a visitar su país. Los medios para la elaboración del susodicho documento fueron básicamente el fibroso y simpático Rzayev Bahruz, una joven promesa azerbayana del equilibrismo circense que le ayudó con la redacción del texto, y una patata con la que Modesto fabricó en un plís plás un sello “oficial” capaz de engañar al más perspicaz de los burócratas soviéticos.

b) La guasa gaditana. Modesto no solamente es un excelente falsificador o, como dice Diego, “conseguidor”, además tiene una gracia hilarante que exhibe sin cortarse un pelo siempre que puede. Va una anécdota al respecto: como la cuestión alimenticia atraviesa un momento delicado con cartillas de racionamiento incluidas, se ha establecido el principio básico de que los niños, las embarazadas y los ancianos tienen prioridad con los alimentos de primera necesidad, pudiendo saltarse alegremente cuanta cola encuentren a su paso. Por lo que he podido comprobar, la situación en Kiev es todavía más delicada que en Moscú, con un desabastecimiento evidente. Bien, pues el pasado martes nos topamos con una tienda muy cerca de la Plaza de los Cosmonautas en la que, milagrosamente, vendían leche fresca y carne en buen estado. La cola era kilométrica y suponía tener que esperar horas, con la posibilidad más que manifiesta de que cuando llegara nuestro turno las existencias se hubieran terminado. Ni corto ni perezoso, Modesto sacó de su bolsillo un carné de veterano de la Segunda Guerra Mundial, un parche que se colocó en un ojo y unas gastadas medallas militares que se puso en el pecho, se acercó a la superpoblada tienda de comestibles fingiendo una notable cojera y, blandiendo su carné al viento, exigió su ración de alimentos sin cola ni espera que valiera, dada su condición de veterano de guerra y héroe de la patria. Ejem. En cuestión de segundos, la masa que esperaba pacientemente su ración de productos lácteos y proteína animal se convirtió en una turba que clamaba por el pellejo de ese individuo capaz de tanta desfachatez como para presumir de héroe de la guerra contra los nazis no teniendo ni cuarenta años cumplidos. Entonces, Modesto comenzó una parodia divertidísima de la vida soviética y un show tan alucinante que, milagrosamente, la gente cambió la ira por risas y aplausos desatados. Para nuestro asombro, las empleadas del establecimiento acabaron pagando al bueno de Modesto con doble ración de carne y leche. Mítico. (NOTA: lo de los ancianos cargados de condecoraciones es común en las calles de las ciudades y pueblos de la URSS. Me contó el Negro que la medalla que se lleva la palma es la de Héroe de la Unión Soviética (Герой Советского Союза), que incluye la Orden de Lenin (Орден Ленина), que se entrega a la peña por servicios destacados al Estado, a militares que han servido ejemplarmente e incluso a ciudades, fábricas modélicas, artistas, políticos y un largo etcétera. Dos mecánicos americanos de aeronaves la recibieron en 1934 por su curro en el rescate de la nave Cheliuskin. En total, más de 12.000 personas han sido premiadas con la medalla de Héroe de la URSS, la gran mayoría por su compromiso en la defensa del país en la Segunda Guerra Mundial. Por cierto, en las clases de historia que tenemos nos han explicado que esa guerra aquí la llaman Gran Guerra Patria (Великая Отечественная война). Josemi, al que le van esas cosas mogollón y sabe un huevo, me contó que en el frente oriental, el de los bolos, es donde realmente se dirimió la derrota de los nazis. Como los soviéticos no empezaron a combatir hasta 1941, las fechas son diferentes a las que normalmente se estudian en España. Lo flipante es que la URSS pagó con la muerte de 27 millones de personas la victoria frente a las tropas alemanas. Te cagas. Por eso dice Juancar que los europeos estamos en deuda con los bolos y que aunque se vende la moto de que los americanos salvaron al mundo, fue la URSS la que dio más el callo).

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La susodicha Orden de Lenin

c) La erudición soviética. Modesto lo sabe todo de la política de la URSS. Es la caña, no se le escapa ni una fecha, ni un nombre. Un auténtico prodigio. Él dice que mola porque es como si cruzas un culebrón de la tele con el Risk. Como disfruta más que un tonto con una tiza hablando de política, me pilló por banda una de las tardes en Kiev y me dio un repaso que te cagas a la realidad bola. Yo lo copié todo en un par de servilletas. Resulta que, pizca más o menos, se está yendo todo al garete con una velocidad que asusta. A principios de mes la gente se lanzó a las calles de Kiev para pedir la independencia de Ucrania. Modesto estuvo en la manifestación y dice que fue la leche. La poli protegió la estatua de Lenin que hay en el centro de la ciudad porque temían que la echaran abajo. La cosa está que arde, pero no sólo en Ucrania, sino por todo el país. En febrero de este año el Comité Central del PCUS aprobó la renuncia a su monopolio del poder y se puso a estudiar un proyecto de disgregación de las repúblicas que componen la URSS. En marzo Lituania declaró su independencia de manera unilateral y, pocos días después, el mismo Gorbachov la ilegalizó, creándose una tensión tremenda con los lituanos que se extendió por todo el Báltico y salpicó a otras partes del país. (NOTA: Modesto hizo mucho hincapié igualmente en que la trapecista Pinito de Oro ganó en España el Premio Nacional de Circo también el pasado marzo. Ejem. No creo que ese dato sea relevante para entender lo que pasa por estos lares). Sigamos. En julio la república de Bielorrusia declaró su independencia de la URSS. Más lío todavía. Ese mismo mes, un tal Yeltsin se piró del PCUS y comenzó a hacerle la guerra a los comunistas. Pocos días después, Armenia, Ucrania, Turkmenistán y Tayikistán reclamaron también su soberanía. La cosa se ponía chunga. Gorbachov dijo que había que empezar a repartir jarabe de palo entre los secesionistas y su ministro de exteriores (un tal Shervardnadche, un tío muy famoso por estas tierras) dimitió de su cargo y le apretó las tuercas. Por suerte para el presidente, hace tan sólo diez días la comunidad internacional le rindió tributo y recibió el Premio Nobel de la Paz, cosa que es la caña, porque nadie lo quiere ni ver en su propio país y, entre la crisis económica, las repúblicas que dicen que se piran y una oposición que crece como la espuma entre la camarilla de burócratas, está más que jodido. Dice Modesto que el Yeltsin ese es más malo que la peste y que tiene una lengua viperina que agita a la peña que te cagas. Hace poco Gorbachov le tiró los tejos a la oposición con un programa de reformas conciliador y el tío se rió en su cara y le dijo que eso era “como querer unir una serpiente con un erizo”. La frasecita ya anda de boca en boca por todos lados. En resumidas cuentas, a este país le queda un telediario según el payaso de Trebujena. Bueno, no sólo a este país: toda la Europa del este anda agitada desde la caída del muro de Berlín el año pasado. Hace tres semanas la República Federal de Alemania (RFA) engulló a la República Democrática Alemana (RDA) y ya son el mismo Estado. Dice Modesto que la movida va muy rápido. Ya veremos qué pasa, pero yo no tenía ni papa de todo esto y ahora me ha picado el gusanillo con los tejemanejes y las desintegraciones generalizadas que hay por estas tierras. Eso de la política y las movidas que hay por estas tierras, tal y como lo cuenta el nuevo amigo circense, es la caña. Me recuerda que te cagas a los procesos de ósmosis: dos recipientes con soluciones a diferentes concentraciones (los burócratas que dicen que siguen siendo comunistas y los que dicen que ya no lo son) se ponen en contacto por medio de una membrana semipermeable (sus ganas de hacerse con el control del cotarro). Por lo que oigo a la peña de la calle (que no pertenecen a ninguna de los dos recipientes) y lo chunga que está la situación, el flujo osmótico bolo no parece que vaya a llevar al sistema a su estado de equilibrio. La segunda ley de la termodinámica es impepinable: el proceso es irreversible e imparable y este país destila entropía por los cuatro costados. Un caos de la leche, vamos. Mola. Creo que a partir de ahora leeré el periódico antes de limpiarme el culo con él (práctica generalizada desde hace semanas dada la desagradable ausencia repetida de papel higiénico en las tiendas ).