Archivo de 20 febrero 2008

Mi vida misma (II)

Por admin

Miércoles, febrero 20, 2008

Moscú, jueves 25 de octubre de 1990

Las últimas veinticuatro horas han pasado sin pena ni gloria. Mañana de clases. Almuerzo a base de salchichas, té y pan negro. Y conversación delirante con El Cangas en materia de artes amatorias y roces en general. Nada nuevo bajo el cielo. Mejor continúo con el relato del disparatado desenlace que me procuró el campeonato de mus de la Unión Soviética…

Tras pasar cuarenta y cinco minutos de reloj rogando de rodillas (literal) que nos fuera conmutado el castigo por haber ocupado el vergonzoso último lugar del escalafón musístico, la pareja vencedora se retiró a deliberar acompañada de varios veteranos tan ebrios que alguno se perdió por la residencia y todavía lo andan buscando. Mi petición de clemencia se basaba en dos datos irrefutables: 1. No podía sumergirme en las gélidas aguas del río Moscú con la herida remendada que lucía en mi raquítica pantorrilla. Y 2. Compartir cualquier tipo de penitencia con el pobre Mesa representaba para mí un riesgo seguro de muerte, tanto en su posible versión de ahogamiento en el río, como a través del accidente doméstico múltiple que seguramente se produciría si cumplía el castigo como “esclavito” de Negro y Hyun-Ki junto a un cenizo antológico como Mesa.

Después de media hora de deliberaciones a puerta cerrada, la beoda comisión de urgencia regresó con un rocambolesco veredicto: se apiadaban de la herida de mi pierna para desestimar, muy a su pesar, el castigo natatorio en las aguas del río Moscú, pero en ningún caso estaban dispuestos a conmutar la pena por el hecho de que Mesa estuviera de por medio: lo máximo que harían sería sustituir “los esclavitos” por otra penalización alternativa. En una pirueta que algunos macabros e indeseables alcoholizados calificaron como “mítica y magistral”, la comisión de expertos propuso la realización de una “mínima” tarea administrativa: viajar hasta la ciudad de Bakú en el primer tren que partiera desde Moscú para entregar una solicitud formal de visita turística de parte de la Asociación de Estudiantes Españoles en la URSS. (NOTA 1: aunque en aquel momento de estado etílico generalizado yo no era consciente de dónde estaba Bakú, conviene señalar que se trata de la capital de la República Socialista Soviética de Azerbaiyán, situada en una región euroasiática del Cáucaso justo al borde del mar Caspio, a unos 1.500 kilómetros de distancia de la residencia de la calle Lomonosov. NOTA 2: Tal y como he sabido más tarde, Azerbaiyán es en la actualidad una de las zonas más peligrosas de la URSS, junto a Georgia y Armenia. En realidad todo el Cáucaso está que arde. Las disputas a tiros entre las diferentes repúblicas por el control de algunos territorios y por el petróleo que abunda en la zona, así como los movimientos secesionistas que hay por allí, han convertido aquello en un verdadero polvorín muy poco recomendable. Ejem… La comisión de expertos me enviaba directamente al matadero de la mano del fatídico Mesa).

En pocos minutos la chusma hispana se puso en marcha para ejecutar el castigo. Con una antológica melopea de vodka salimos a las calles en busca de taxis para transportarnos a toda velocidad hasta la Kursky Bakzál, la terminal desde la que salen los trenes hacia algunas localidades del sur de la república rusa, el Cáucaso, el este de Ucrania y la región de Crimea. Ni que decir tiene que la salida de la residencia fue dantesca, sobre todo por algunos miembros de la tribu que iban sin pantalones y otros que se habían vomitado encima en varias ocasiones y tenían un aspecto verdaderamente deplorable. Al llegar a la estación, por cierto en tiempo record, algunos veteranos se ocuparon de sobornar al revisor encargado de uno de los vagones del tren que salía en ese momento con destino a la capital azeirbayana. Dicho y hecho: casi sin darnos cuenta, servidor y un Mesa que para aquel entonces había perdido el conocimiento por la cantidad ingente de alcohol que había pimplado, fuimos facturados irremisiblemente con destino al Cáucaso, un lugar desconocido y del que no había oído hablar en mi vida.

Los primeros diez minutos los pasé dormitando en el compartimento en el que nos había escondido el corrupto empleado de ferrocarril al que los veteranos habían sobornado. La siguiente media hora la pasé vomitando y sintiendo que me moría y me moría. A la hora apareció el revisor hablando un ruso incomprensible y al que solamente pude entender un histérico “¡Militsia, militsia!” (¡Policía, policía!). Ni corto ni perezoso el tipo metió a Mesa en un diminuto armario y me obligó a ocultarme debajo de la cama. Así pasamos una interminable cantidad de tiempo inenarrable, hasta que de manera inesperada y milagrosa apareció Diego, el ingeniero aeroespacial que estudia en Kiev, poniendo fin a nuestro cautiverio. Tras rescatar a Mesa del armario enano y lograr reanimarle con un boca a boca que le convirtió en un superhéroe ante mis ojos, Diego nos contó que en un momento de lucidez había decidido introducirse en el tren y abortar el suicidio seguro al que nos abocábamos si pisábamos el Cáucaso. Sobornó a un revisor y, tras sortear el control policial que había en su vagón, se puso a buscarnos hasta dar con nuestros deshechos huesos encerrados en aquel infame compartimento. No es coña, si no llega en ese momento, es muy probable que el pobre Mesa hubiera muerto asfixiado en ese armario. (NOTA 3: la policía no estaba en ese tren por casualidad. En la URSS la población no puede circular por su territorio libremente, sino que necesita dar cuenta a las autoridades y recibir de éstas una autorización. Los estudiantes extranjeros, por ejemplo, tenemos un permiso de residencia (“Prapiska”) que nos autoriza a permanecer en la ciudad en la que residimos, pero no a movernos por el país. No solamente estábamos viajando sin billete en ese tren, sino que lo hacíamos de manera ilegal. Glups.)

Tras conseguir algo de comer y sortear a la policía en dos ocasiones, en las que a punto estuve de sufrir varios infartos de miocardio, Diego nos instaló en un vagón sin compartimentos y repleto de gente para que aprendiéramos “como viaja el pueblo soviético” (literal). Nos explicó que los trenes están divididos en vagones con compartimentos (“kupé”) y vagones abiertos provistos de literas en los que viaja el pueblo llano (“Plastcar”).

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Vista de vagón de “plastcar”. Moscú, octubre de 1990.

 

 

 

 

 

La verdad es que la experiencia fue la leche: la gente se pasa el viaje compartiendo comida, vodka y tabaco, contando historias y cantando canciones soviéticas acompañadas por alguna guitarra o algún acordeón. De las maravillosas tres horas de plastcar en mi primer viaje en tren en la URSS, me traje en el bolsillo cuatro datos relevantes: 1. Los rusos son muy buena gente. Diego dice que “cuando los tratas así, de a pocos o en familia, son increíbles, la mejor peña que puedas encontrar. Te lo dan todo, todo lo comparten, siempre te ayudan. El problema es que como pueblo son muy chovinistas e insoportables”. 2. Un tipo de Volgogrado (él decía “Stalingrado”) que tocaba la guitarra no dejó de cantar canciones de un tal Vladimir Visotski, un polivalente artista soviético muerto en 1980. Tal y como me contaron, era actor, escritor y cantautor. Sus canciones hablan de la vida de la gente en este país, del amor, de la guerra contra los nazis, del cariño por esta tierra, etc. Es muy querido y admirado. Todo el mundo se emocionó mucho cantando a coro una canción llamada “Я не люблю” (No me gusta). Me he prometido buscar sus discos en alguna tienda Melodía. 3. Entablamos amistad con un grupo de militares con los que compartimos vodka y pan negro. Tenían más o menos mi edad y todos eran de pueblecitos de Ucrania. Estaban haciendo la mili en Moscú y regresaban unos días a casa de permiso, tras más de un año de servicio militar ininterrumpido. Lo de la mili en la URSS es realmente terrible. Dura dos años como mínimo y, según nos contaron, durante los primeros doce meses tu familia no sabe ni dónde estás. Es tan dura la experiencia que muchos de los reclutas tratan de provocarse cualquier tipo de daño físico para ser excluidos del servicio. Beber líquido de frenos o introducirse una especie de canicas de acero en el pene (como lo oyen) son algunas de las prácticas más comunes para librarse del ejército. Además de la instrucción militar, los trabajos arreglando carreteras o construyendo edificios con las actividades que ocupan mayor tiempo de mili. 4. Definitivamente el vodka es el alma de este pueblo. Todo el mundo lo bebe y está presente en todas las reuniones. Me han contado que es normal que en muchas ocasiones hasta se tome con el almuerzo, como nosotros bebemos el vino en España. La caña. He aprendido que las cantidades de vodka se miden en gramos y que lo normal es beberlo de un trago y de cien en cien gramos (como todos los vasos son iguales en la URSS, la gente le tiene cogida la medida a la perfección). (NOTA 4: lo de los vasos idénticos ha dado lugar a una interesante discusión entre Mesa y Diego sobre este país y lo que llamaban “el socialismo real”. Diego decía que no entendía por qué los soviéticos fabricaban las cosas todas iguales, con muy pocos modelos y con colores muy tristes. Ponía el ejemplo de los vasos y los cubiertos, que son todos iguales, también de la ropa: siempre de colores oscuros o grises y con una pírrica variedad de modelos. Mesa apuntaba que eso era porque “en el socialismo lo que importa es la utilidad de las cosas, no las modas y esas mierdas. Lo importante es que las cosas sirvan y que duren mucho sin romperse”. Yo la verdad es que creo que los dos tienen parte de razón. Mola que las cosas duren un huevo y que funcionen, pero no veo que eso esté reñido con que puedan ser de diferentes colores y que haya varios modelos entre los que se pueda elegir. Para zanjar la discusión Diego se mostró categórico: “son estas cosas las que han llevado a la derrota al socialismo y van a acabar con la URSS”. Vaya)

Mi vida misma (I)

Por admin

Lunes, febrero 04, 2008

Moscú, miércoles 24 de octubre de 1990

De pequeño veía poco la tele. Mis amiguitos de clase comentaban en el colegio los contenidos de sus largas sesiones catódicas y jugaban a ser personajes de los dibujos animados. Yo no. Yo trataba de convencerles de que los libros y los tebeos molaban más, pero no había manera. Una tarde de campo, mientras volvíamos de “a por pájaros” (piensen mal y acertarán), dos chicos casi se lían a golpes discutiendo sobre si un tal Tomi Jerry era mejor o peor que una tal Pipi. Tanta pasión le pusieron a la discusión que llegó a picar mi curiosidad, por lo que me di de lleno a la televisión durante días en busca de tamañas fuentes de deseo desbordante. Lo primero que descubrí es que la televisión era ciertamente un invento maravilloso: me enganché a increíbles programas como El canto de un duro, supe de la existencia del Quimicefa gracias a la publicidad y entendí por fin por qué le llamaban Falconetti al tuerto de la calle de la Carrera de los Dolores de mi pueblo. El segundo descubrimiento que hice fue que ese tal Tomi Jerry eran en realidad un gato y un ratón con una vida tan exagerada y frenética que me ponía de los nervios y me parecía del todo inverosímil. Me equivocaba: era real como la vida misma. Bueno, como la vida misma soviética que me depararía el destino unos cuantos años más tarde. En las últimas setenta y dos horas he vivido un homenaje permanente al despropósito que a punto ha estado de costarme la vida. Comienzo a pensar seriamente en volverme a Torreperogil. No sé cuánto tiempo más voy a poder aguantar semejante intensidad vital. A veces me siento como un hámster: metido en una enorme jaula y sin poder parar de dar vueltas a una rueda. Menos mal que el trajín exagerado me ha anestesiado a ratos y he logrado olvidar a la bella Mirela. Bastante tenía con salvar el pellejo…

Como saben, el fin de semana pasado se celebraba el Campeonato de Mus de la URSS, o sea, dos días en los que gran parte de los estudiantes españoles nos reunimos en torno a los naipes para desatar una disparatada rivalidad regional y subrayar nuestro carácter singular entre las diferentes nacionalidades que habitan la residencia de la Avenida Lomonosov. Bueno, en realidad no sólo competimos jugadores ibéricos: Hyun-Ki, un matemático de Corea del Norte, suele formar pareja con Negro. La historia es sencilla. El bueno de Hyun-Ki es un compañero de clase de Negro, con un cerebro inaudito igual que el suyo. Los dos conectaron enseguida al llegar a Moscú: su amor común por los números hiperreales y la Teoría de Gödel sentó las bases de una profunda amistad. El coreano, mas conocido como “Pitagorín” entre los españoles, posee una memoria espectacular y un intelecto privilegiado, amén de un gusto por los hábitos hispanos que Negro le ha ido inculcando a lo largo de los años. Desde que Negro hiciera de él su pareja musística, el multicultural dúo se ha alzado con todos los campeonatos que ha disputado, lo que trae de cabeza a la comunidad hispana. Hay dos anécdotas recurrentes que ilustran el alcance de la profunda amistad hispano-coreana: 1. Negro estuvo de veraneo hace dos años en Chongjin, la ciudad natal de Pitagorín, invitado por la familia de éste (Al parecer Corea del Norte es la hostia de raro y es muy chungo entrar. Negro no solo me ha prometido deleitarme un día de estos con las disparatadas historias que recopiló en su viaje, sino que me ha asegurado que algún día me llevará a ese país para que lo conozca). 2. La combinación de su disparatada capacidad memorística y su amor por España ha convertido al joven matemático asiático en un monstruo capaz de cosas como: a) Ingerir cantidades desorbitadas de tortilla de patata sin despeinarse. b) Tener un conocimiento exacto del santoral, la historia y la geografía de España. Y c) haber memorizado toda la discografía de, ejem, José Luis Perales. Si amigos, Hyun-Ki adora a Perales y hasta le reza a una foto suya que tiene en su cuarto. (NOTA: sobre este último extremo hay teorías encontradas. Como junto a la imagen del astro conquense de la canción, Pitagorín ha colocado un retrato de uno de los padres de la trigonometría y otro de un coreano descojonao llamado Kim Il Sung, no está muy claro a quién le reza realmente. Negro dice que si hubiésemos estado en Corea del Norte, no nos cabría la menor duda: le reza al coreano descojonao).

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Kim Il, el santo descojonao de Pitagorín.

 

 

 

Pero vayamos al campeonato de mus propiamente dicho y a la tragedia inevitable que me deparó. Bien. Todo empezó con dos acontecimientos inesperados: la llegada de varios estudiantes españoles que viven fuera de Moscú para participar en el campeonato y lo que El Cangas bautizó como “la histórica reconquista del excusado”. Lo primero me permitió entablar amistad con Diego, un granadino que estudia ingeniería aeroespacial en Kiev, y con “el Muelas”, un filólogo levantino muy majo que estudia en Leningrado. Lo segundo consistió en arrebatarles los lavabos del tercer piso a las mujeres hindúes para disponer de una sala adecuada para la celebración del campeonato (las habitaciones se quedan pequeñas ante un acontecimiento de tal magnitud). Como imaginarán por conflictos internacionales precedentes, se desató una batalla en toda regla de la que salimos vencedores gracias al apoyo unánime del resto de comunidades estudiantiles, que vieron en el mus una esperanza para poner fin al desastroso Ganges semanal que desatan las mujeres de la India cada vez que convierten los lavabos en su piscina particular. Para no irme por las ramas, diré que lo más relevante del campeonato de mus fue que:

1. Evidentemente, la expectación estaba en saber si alguna pareja sería capaz de desafiar la superioridad matemática de Negro y Pitagorín, no en conocer cuál seria el dúo que ocuparía el último puesto. Nadie tenía la menor duda al respecto: la pareja de Mesa perdería irremediablemente… Como así fue. Digamos que en relación a la práctica del mus el principal problema de Mesa no es su afamada naturaleza ceniza, sino el endiablado tic nervioso que padece cada vez que agarra una baraja de cartas. Créanme, no había visto una cosa igual en toda mi vida. En las tres partidas que disputamos en la liguilla inicial, que por supuesto perdimos sin anotarnos ni un solo tanto, no fui capaz de saber si llevaba treinta y una, duples o medias de chicas. Qué desastre. Fruto de los nervios desatados, su cara se deformaba en gestos irrepetibles cada vez que trataba de comunicarme las figuras que llevaba. Un auténtico y trágico despropósito que nos llevó al último lugar de la clasificación, como estaba cantado.

2. Pese a que ser un cenizo no sea el principal problema de Mesa en lo que al mus se refiere, no deja de ser un gafe como la copa de un pino. Veamos. En la final se enfrentaron la pareja Negro-Pitagorín, contra el combinado vasco Beñat-Gorka. La partida resultó ciertamente emocionante y accidentada debido fundamentalmente a que: a) A lo largo del campeonato la ingestión de vodka fue la nota común entre los participantes, con lo que todos llegamos a la fase final bastante tocaítos. b) La pareja de matemáticos estuvo a punto de impugnar la partida porque Beñat y Gorka hablaban en vasco entre ellos y Negro decía que como no les entendía ni dios, se podían estar pasando información sobre las cartas que llevaba cada uno. Tras una acalorada discusión en la que los vascos pronunciaron indignados unas dieciséis veces la extraña frase “opresión lingüística inherente al imperialismo español”, se logró restablecer la paz momentáneamente. c) La calma duró muy poco. El bueno de Hyun-Ki, pletórico de felicidad tras ganarle un órdago a pares a Gorka, se arrancó inocentemente con el ínclito manolo Escobar y su “Qué viva España”, armándose la de dios es cristo. Si no logramos detener a un enloquecido Beñat, se carga allí mismo al coreano. d) Fruto del nerviosismo extremo y la tensión, a Gorka se le descompuso la tripa en medio de un emocionantísimo empate en el juego. No tuvo más remedio que pedir un pequeño receso y correr despavorido a los baños. La pausa obligada dio para que se volviera a armar la marimorena cuando el cabrón de Juancar aseguró que el mus era un invento madrileño, lo que hizo enloquecer de nuevo a Beñat hasta perder los estribos, arrancando un lavabo con grifo y todo y lanzándoselo a Juancar a la cabeza. Por suerte sus reflejos, aún beodo perdido, le salvaron de una muerte segura. e) Misteriosamente, cuando Gorka regresó de hacer sus cosas, la pareja vasca comenzó a perder todas las manos hasta sucumbir en pocos minutos a la apisonadora matemática. En realidad, no hubo misterio alguno en la derrota de los vascos: cuando Gorka se disponía a hacer uso del papel higiénico, cayó en la cuenta de que eso es una auténtica utopía en los baños de la residencia Lomonosov. Al salir en busca de cualquier cosa con la que limpiarse, se chocó de bruces con un borrachísimo Mesa que, no sólo le tocó la espalda, sino que le vomitó encima. La tragedia estaba servida. Desde que Gorka se reincorporó a la partida, la pareja vasca no dejó de coger malísimas cartas, hasta perder el campeonato sin remisión.

El final del campeonato de mus desató en el personal unas ganas de pimplar que a la hora y media ya nos tenían con una mítica cogorza general que había que vernos. Yo me agarraba a la esperanza de que en medio de la borrachera se olvidara por completo el asunto del castigo de la pareja perdedora. Mi ilusión duró justo hasta la media noche. A las doce en punto, un Cangas que se había bebido unas tres botellas de vodka mezclado con Fanta porque decía que así era como su “sidriña”, se subió a una mesa y recordó al Club de amigos de Baco que había que proceder con el castigo a los perdedores. La madre que lo parió. Solamente les recordaré que, según las reglas del campeonato, la pareja que queda en último lugar es sometida a un castigo cruel y desagradable: convertirse en lacayos de la pareja ganadora durante una semana o practicar la natación en las gélidas aguas del río Moscú durante más de cuatro minutos. Si a eso le añadimos que cualquiera de las dos penalizaciones debía de afrontarlas en compañía del inefable Mesa, mi muerte era más que probable. Veamos cómo se desataron los acontecimientos…