Archivo de 22 enero 2008

Kefir, viejunos y desdicha del profesor Kornilov…

Por admin

Martes, enero 22, 2008

Moscú, viernes 19 de octubre de 1990

La viva imagen de la desolación”. Eso ha dicho Juancar al visitarme esta mañana y encontrarme postrado en mi cama. He pasado las últimas horas envuelto en uno de los absurdos pijamillas que mi abuela me metió en la maleta, atorado por la angustia de saber que Praga es la capital de Brasil y que mejor me doy al macramé porque lo del balonvolea como que no y definitivamente no. Mirela sólo ha sido un sueño que no está al alcance de mi enclenque cuerpo jienense. No sé qué hacer con todo esto. Estoy perdido. A ratos me da por llorar y no paro. Si hubiera un manual de instrucciones, una fórmula matemática o una medicina que administrarme… No puedo quitarme de la cabeza el beso de tornillo que el inmenso Václav le propinó a la bella Mirela. Jamás sentí tantísima infelicidad junta. Y cuánto, pero cuánto odio Checoslovaquia…

El mayor pico de dolor lo he tenido como a las cinco de la mañana, un dolor físico y tangible: me he despertado con la sensación de que unos dos mil quinientos roedores me estaban devorando la pantorrilla. Ha sido horrible. El susto mayor ha venido cuando he visto que estaba sangrando una barbaridad debido al ridículo desaguisado que me provoqué ayer en la pierna. Más que susto, ha sido pánico: salía sangre a borbotones y el dolor era tan supino que he temido seriamente por mi vida, tanto que he estado a punto de perder los estribos y gritar. Para no hacerlo, me ha dado por morder compulsivamente la chaquetilla de mi pijama y el remedio ha sido peor que la enfermedad: casi me trago uno de los botones de la manga. Dramático. He estado a punto de morir ahogado mientras mis compañeros de cuarto roncaban a pierna suelta ajenos por completo a mi accidentada suerte. Cuando me he repuesto del amago de asfixia gracias al litro de kefir que he engullido para desabortonarme la laringe, me he limpiado como he podido la herida y he sufrido el primero de los ataques de llanto descontrolado y matutino. En ese momento, el Cangas se ha despertado y, al encontrarme de esa exagerada guisa, ha dado rienda suelta a una de sus comunes deducciones surrealistas: en medio del duermevela que le poseía y al verme bañado en sangre, ha creído sobresaltado que, ejem… me había venido la regla. Sí amigos, así son él y sus circunstancias. No crean que no me ha costado convencerle de lo contrario, dada su dura y enferma mollera. (NOTA: el kefir es una de mis pasiones desde que me vine a vivir a Moscú. Es de las contadas cosas que trago con gusto por estas tierras, porque suelo mantener una relación más que conflictiva con el resto de la gastronomía soviética -tan rematadamente ajena a la cocina de mi santa y añorada madre-. Dadas mi pírrico estado anímico actual, casi puedo decir que el kefir y la transmutación natural del átomo son mis únicos amores verdaderos. Lo amé tanto la primera vez que lo probé, que me dediqué a estudiarlo durante un fin de semana entero. Se trata de una estructura polisacárida donde conviven diversos microorganismos y que adopta la forma de una masa gelatinosa, elástica y con pinta de coliflor. En los nódulos del kefir se encuentran en asociación simbiótica bacterias y levaduras que generan una doble fermentación: ácido-láctica y alcohólica –yo creo que es esta segunda fermentación la que les pone a los rusos y por eso lo beben tanto, de hecho los bolos dicen que como contiene una pequeña cantidad de alcohol es cojonudo para combatir las resacas-. El caso es que como no es un organismo vivo, únicamente puede subsistir en la leche de vaca. Macerado en ésta, produce una rica bebida láctea altamente beneficiosa para la salud. Su origen se sitúa en la región del Cáucaso, donde cuentan que hay gente que vive hasta los 125 años sin despeinarse y que no conocen ni la tuberculosis ni el cáncer. Mi héroe es el profesor Nokimowa, un japonés tan colgao que dedicó toda su vida a estudiar las alucinantes propiedades del kefir. Aunque en España no tenemos ni papa del asunto y la peña no lo ha probao en su vida, hace años que, gracias a un tal Dr. Krauzek, el kefir pisó suelo patrio: cuentan que el médico ruso le entregó cierta cantidad de cultivo a un piloto de la Swiss Air antes de la Segunda Guerra Mundial y que éste, a su vez, le regaló un trozo a un amigo en la ciudad de Zurich. Cuando el amigo viajó a, atención, Torremolinos, se lo llevó en una tartera y se pasó sus quince días de asueto en semejante paraíso vacacional regalando kefir a troche y moche al personal. Dice Josemi que eso es precisamente lo que más mola del kefir: como el cultivo no deja de crecer y crecer, la gente siempre se lo anda regalando. Negro añade que “el kefir es comunista porque se rebela al capitalismo y circula saltándose a la torera las leyes del mercado”. Yo lo único que sé es que está de puta madre y que gracias a él sigo vivo en medio del desastre alimentario que padecemos por estas tierras).

kefir.jpg



Cultivo de kefir. Obsérvese el parecido con la coliflor






Pero volvamos a mi despertar desangrado de esta mañana. Se ve que como el médico que me “atendió” ayer tenía una melopea del quince, ni me limpió bien la herida, ni me la cosió como es debido. Juancar me ha dicho cuando me ha visitado que por eso se me han saltado los puntos y se me ha armado un cristo de la hostia. También me ha echado la bronca por no haberle llamado antes de aventurarme a una policlínica cualquiera acompañado de un enorme checoslovaco. (NOTA: los centros médicos en Moscú están organizados por números. Hay unos números que están muy bien porque son hospitales que funcionan como es debido y otros que mejor no pisar así te estés muriendo. Juancar no sólo se los controla todos, sino que como ya está en último año de medicina sabe un huevo y se encarga de atender a la comunidad hispana siempre que puede). El rato que he estado con Juancar me he animado un poco, pero cuando se ha ido y he vuelto a quedarme solo y perdido entre Praga y Copacabana, he vuelto a darme al llanto desatado de manera compulsiva e incontrolable. Para intentar remediarlo me he puesto como un loco a resolver problemas de física. Fruto de la desesperación hasta me he sacado de la manga una delirante teoría sobre la relación entre los estados carenciales en materia amatoria y los procesos de fusión y fisión nuclear. Pero mejor pasemos por alto mi patética contribución a la ciencia, porque empiezo a estar cansado de todo esto, muy cansado. No me aguanto ni yo mismo. Ojalá consiga olvidar a la bella Mirela y siga con mi vida donde la había dejado antes de saber que en Brasil hablan gallego. Como tengo pendiente la narración del mundo académico que habito, mejor voy con ello y así me distraigo. Vamos allá.

Cuando uno llega a la URSS para estudiar una carrera universitaria tiene que hacer un curso puente en la llamada Подготовительный факультет, o para decirlo en cristiano: Facultad Preparatoria. Allí estudiamos fundamentalmente ruso de manera intensiva y hacemos una especie de COU soviético para adaptarnos al sistema bolo de educación y ponernos las pilas sobre este país. La facultad preparatoria de la MGU está relativamente cerca de la residencia, pero dada la inmensidad de la urbe moscovita (supera los 1.000 kilómetros cuadrados de superficie y tiene más de 9 millones de habitantes), tenemos que coger un autobús y un tranvía para desplazarnos a nuestras clases, por cierto, de lunes a sábado, porque aquí el sábado se considera como un día normal de trabajo. Desde la Plaza de la Universidad, donde se deja el bus para coger el tranvía, el viaje transcurre por la Avenida Lomonosov, (atravesando la Avenida de Lenin), la Avenida Majimovsky y la Avenida de los Sindicatos, en la que el tranvía gira a la derecha para alcanzar la facultad. Lo que más me mola de la calle en la que está es el tío al que está dedicada: Gleb Maksimovich Kryiyanovsky, un ingeniero de la leche, padre del desarrollo de la electrificación de este basto país tras la revolución, proclamado “Héroe del Trabajo Socialista” en 1957. (NOTA: lo de la energía eléctrica ha tenido su miga en la URSS, según me han contado los veteranos. Lenin, el puto amo de los bolcheviques, llegó a decir que el comunismo era “los soviets más la electrificación”. Lo de los soviets no lo pillo mucho todavía, pero lo de la luz está claro: se liaron como locos a hacer presas y represas y a poner bombillas hasta en el último rincón de la tundra. Tal fue el impacto social de la movida, que a muchas de las niñas que nacieron en la Rusia rural de la época las bautizaron con el nombre de “Electrificación”. La caña. Pero lo de Kryiyanovsky ha dado más de sí: resulta que tenía una marcada vena musical y compuso la versión rusa de una mítica canción revolucionaria polaca, “La Varsoviana”. Negro, que lo sabe todo sobre ese Lenin, me contó hace unos días que era su canción preferida y hasta se puso a cantármela en ruso y en castellano como un auténtico poseso, momento en el que llegó Mario, el madrileño que estudia odontología, y se liaron a discutir porque éste decía que la letra de la canción no era esa y que “los soviéticos la habían cambiado para ocultar su origen anarquista”. Yo me perdí a mitad del acalorado debate, pero me pispé de que no sólo hay movida con los troskistas esos, sino que con los anarquistas la cosa tampoco fluye mucho. Negro estaba fuera de sí y no paraba de decir que “el fallo había sido no habérselos cepillado a todos en Aragón en el 37”. A esas alturas yo ya no entendía ni papa y me había puesto a jugar a las damas con Toni el cubano, que siempre se descojona de los españoles y es un cachondo).

elektrifikatsia.jpg





“Lenin y la electrificación”. Cartel soviético de propaganda.














Para no irme demasiado por las ramas, diré que de la vida en la facultad destacan:

1. El ropero.

Unas señoras muy soviéticas y viejunas te recogen el abrigo a la entrada y si se te ocurre intentar evitarlas y colarte al edificio vestido de cabo a rabo, te persiguen como si les fuera la vida en ello para que les entregues la prenda correspondiente. Estás jodido si tu chaqueta no tiene el típico cordel en el cuello para colgarla de la percha. Se ponen a blasfemar en cirílico con la peor mala leche que he visto en mi vida. Yo hasta le he cosido una especie de cordoncillo al cuello de mi abrigo aterrado ante la tabarra de las abuelas. Eso sí, a los españoles nos respetan más que a los demás porque una de ellas estuvo combatiendo en la guerra civil. No para de cantarme cancioncillas en una lengua remotamente parecida al castellano y de gritarme cada vez que me ve algo parecido a ”pasionera, pasionera… ¡No pasarrán!”. El Cangas, al que adoran, me ha contado que conocieron a La Pasionaria, una señora española de la que habla mucho mi abuelo, y por eso se ponen como motos cada vez que nos ven.

2. La biblioteca.

Otras dos camaradas octogenarias se encargan del préstamo y el cuidado del fondo bibliográfico de la facultad. A mí me resultan encantadoras. Entre los numerosos volúmenes que atesoran, hay un montón de libros en castellano, sobre todo de cosas políticas (por cierto, Josemi y Negro me han obligado a sacar dos libros aterradores para que los comente con ellos: uno del señor bajito y con perilla que fundó la URSS y otro del melenas alemán que dicen que le inspiró. El coñazo está asegurado. Menos mal que al menos son cortos).

3. La Столовая (“estalóvaya”) o comedor popular.

En la facultad se puede desayunar, almorzar, merendar y hasta cenar si tienes clase hasta tarde. Bueno, los días en los que los problemas en la distribución de alimentos no hacen que haya únicamente té, “kaltsós” (“anillos”, unas rosquillas típicas de por aquí) y punto. En cualquier caso, los desayunos soviéticos suelen ser la pera. Cuando alguna mañana no llego con la hora pegada al culo paso por el comedor y allí me encuentro a los profes poniéndose como el quico: filetes rusos, puré de patata, ensalada de remolacha y sopa con carne y verdura son avituallas comunes en un desayuno normal de esta gente, aunque sean las ocho de la mañana. Flipante. Lo que me mola es este rollo de los comedores populares en Moscú, están por todas partes y cuestan cuatro duros. Lo malo es que nuestros hispanos estómagos no siempre digieren convenientemente los intensos alimentos esteparios. Juancar dice que hay que estar al loro, porque la comida suele estar en no muy buen estado. Hay que vigilar sobretodo los platos con carne.

4. El лингафон кабинет (“lingafón kabiniét”).

La movida va así: una sala enorme dividida en un montón de cubículos aislados unos de otros y provistos de magnetofón y auriculares. Hay turnos que comparten varios grupos de alumnos al mismo tiempo. Llegas, te sientas, te colocas los cascos y la camarada de turno va disparando las lecciones de ruso para que tú escuches y repitas. Así, a veces, hasta dos horas seguidas. Dicen que es la base del aprendizaje rápido de la lengua rusa, según un método que inventó un filólogo búlgaro. Yo salgo con la cabeza como un bombo y con una sensación de loro autómata que te cagas.

5. Mi clase de ruso.

El grupo es el siguiente: cuatro palestinos muy salaos (Abu, Hassan, Ismael y Omar), un senegalés enorme y majísimo (Babakar), un mexicano arisco (Oscar), una portuguesa encantadora dirigente de las Juventudes Comunistas de su país (María Manuela), Marga (la aspirante a fisioterapeuta de Madrid), el Cangas y servidor. Sí amigos, tan sólo diez alumnos por clase. Aquí las aulas atiborradas de personal y la movida de los números clausus y las tasas que tuvo de follones a toda España el año que entré al instituto, no las conocen ni en pintura. Al principio en las clases se tiraba mucho del inglés, pero desde hace unos días ya sólo se habla y se escucha ruso. Inmediatamente a la entrada en vigor de la medida, hemos podido comprobar que hay una verdadera división étnica de las capacidades lingüísticas: la peña palestina habla ruso por los codos mientras el resto balbuceamos como podemos. Yo creo que es porque como el árabe es una lengua con una fonética tan jodida, pues tienen facilidad para los idiomas, pero algunos veteranos dicen que como es gente que viene de situaciones muy chungas en su tierra, pues están más espabilaos que nosotros. Lo que está claro es que de todas la comunidades que habitamos la residencia y la facultad, los palestinos son los más vivillos y los más lanzaos.

6. La camarada Popova, mi profesora de ruso.

Tiene más de setenta años y sigue al pie del cañón de la docencia. Lleva dando clase desde que era una chavalilla. Vivió el “sitio de Leningrado” cuando los nazis. Imaginen: 900 días de asedio a la ciudad, sin dejar entrar ni un solo alimento, en una estrategia terrible para matar de hambre y frío a la población. Lo alucinante es que la peña resistió y no se rindió. Las historias de la Popova son la hostia, eso sí, todavía no sé como coño se dice “tenedor” en ruso, pero ya sé decir cosas como “resistencia heroica antifascista”, “el pueblo soviético, luz y guía del proletariado mundial” o “la mala baba de los felones kulaks no ahogó la esperanza patria” (a esta última frase no la he pillado el rollo todavía). El caso es que la camarada profesora es como una auténtica madre: te cuida, te mima, se ocupa de que avances en tus estudios y hasta te hace sopas y te procura medicinas si te agarras una gripe. Siempre lleva su larga melena blanca recogida con un moño y se ve que de joven debía ser una especie de bella Mirela esteparia. Yo la he pillado mucho cariño, es casi como una abuela para mí. (NOTA: lo de los ancianos en este país es la leche y las abuelas -“babushkas- son toda una institución. Yo pensaba que en un país socialista, por lo que me había contado mi abuelo, los viejos estarían jubilados y gozando de su ociosidad con todas las necesidades cubiertas después de doblar el espinazo durante décadas. De eso nada: los puedes ver barriendo las calles, cuidando museos y edificios oficiales, currando en el metro o dando clases, aunque estén cerca de los ochenta años. Cuando se lo he comentado a Curro, me ha dicho que “son las paradojas del socialismo real”. También me ha contado que en la URSS los trabajadores no tienen derecho a la huelga. Te cagas. Me lo he apuntado para comentárselo a mi abuelo).

babushka-1.jpg




Típica babushka soviética





















7. El profesor Kornilov.

Nos da matemáticas, con bastante mala leche. Probablemente es el tío más estirao que he conocido en mi vida. De verdad que da pánico y es borde hasta decir basta. Siempre lleva un traje marrón con corbata de rayas y unos mocasines color crema (una de dos, o tiene el armario repleto de trajes marrones o no se ha cambiado de ropa desde que comenzara el curso. Me inclino de lleno por la segunda opción). No habla con nadie, recela de todo dios y se sienta solo en el comedor mirando de reojo a todo aquel que ose acercársele a menos de dos metros. Negro me ha contado su historia. Atentos, porque tiene miga. Dmitri Gueórguievich Kornilov trabajaba como brillante matemático en la prestigiosa Academia de Ciencias de Moscú. Hace cinco años, inspirado por un juego griego de “pentaminós” (una figura geométrica compuesta por cinco cuadrados unidos por sus lados), inventó nada más y nada menos que el Tetris (el famoso video juego-puzzle) y en una sola tarde programó una versión en una Electronika 60, un ordenador soviético provisto únicamente de un sistema alfanumérico. El caso es que el bueno de Kornilov, tras probar una y otra vez su invento, bajó gozoso a merendar al comedor de la Academia antes de subir al “Departamento de Nuevos Ingenios y Creaciones” para dar parte de su invención, cometiendo el error de dejar su ordenador encendido y el Tetris recién parido a la vista del común de los mortales. Cuando subió con el estómago lleno a su despacho, se encontró con que el espabilao de Aliosha Payhiknov, uno de sus compañeros de trabajo, le había birlado el invento y lo había registrado a su nombre. El pobre Kornilov creyó enloquecer y luchó durante meses por demostrar que él era el padre de la criatura. Fue inútil, el desaprensivo Payhiknov se salió con la suya. Poco después el videojuego empezó a ganar popularidad cuando Vadim Giratemov, un joven matemático compinchado con Payhiknov, lo llevó a la IBM, comenzándose a distribuir en Hungría. Meses más tarde, un tal Robert Stein, aprovechando que en la URSS lo de la propiedad privada en general y la propiedad intelectual en particular como que no, trató de hacerse con los derechos del juego y le vendió el concepto a una empresa inglesa y a su filial norteamericana, que comenzó su comercialización hace tres años como producto “fabricado en EEUU y creado en el extranjero”. Vaya jeta. Para entonces el pobre Kornilov ya había enloquecido del todo y, tras abordar una mañana al sátrapa de Payhiknov en su despacho y liarse a mamporros con él de mala manera, había sido expulsado sin remisión de la Academia de Ciencias de Moscú. Esa es la razón por la que un brillantísimo matemático como él vive en el abandono y dedica sus días a dar clases a extranjeros en una ínfima facultad preparatoria. También es la causa de su paranoia permanente y su atormentada personalidad. Pobre hombre. Negro tiene razón, a mí también me cae bien el profesor Kornilov.

Paseos, huidas y dolor, mucho dolor…

Por admin

Lunes, enero 14, 2008

Moscú, jueves 18 de octubre de 1990

Llego a la noche… de milagro. Hoy ha sido un día extraño. Desperté entre sudores fríos y pesadillas en las que la bella Mirela se alejaba de mis días irremisiblemente (luego he sabido que tenían de premonición). No dejo de pensar en ella y me siento muy raro, no sé, como si viviera en Babia y ni mi cuerpo fuera mío. Más tarde he vagado por los pasillos de la residencia como alma en pena, hasta que ha ocurrido el milagro: por primera vez en mi vida he leído un poema, y luego otro, y otro, y otro… He devorado los libros de Josemi sin pestañear y hasta he llorado dos veces. No sé que me pasa, pero estoy acojonao…

No obstante, el día ha dado bastante más de sí… y de mí. Lo peor ha venido por la tarde. Paseos, huidas y dolor, mucho dolor. Ese podría ser el titular que resuma las últimas veinticuatro horas. Como si el reactor nuclear de mi vida hubiera sufrido un recalentamiento y hubiera explotado todo el hidrógeno acumulado desde que mis huesos aterrizaron en Moscú. Definitivamente, la monótona y apacible normalidad se ha esfumado de mi vida para siempre. Sólo queda el dolor y la angustia. Echo de menos a mi madre. Extraño Torreperogil. Quién me mandaría a mí venirme a la Unión Soviética. Y, sobre todo, cómo, pero cómo duele el amor y qué lejos está Brasil…

Amanecí muy pronto y muerto de pánico. Una pesadilla horrible me sacó del incómodo duermevela en el que me habían instalado los insoportables ronquidos hipohuracanados de mis compañeros de cuarto. Para no recrearme en exceso, solamente dejaré dos aterradoras imágenes de mis sueños:

1) Final del campeonato mundial de voleibol femenino: Brasil-Jaén (sin comentarios). Estadio lleno a rebosar. Mirela comandando un equipo de enormes y atléticas jugadoras cariocas. Mi enclenque persona capitaneando a dos mulas y un conejo desgobernado al que no consigo convencer de que deje de roer obsesivamente la red. De repente, Mirela me mira y rompe a reír. El público me señala y hace lo propio. Las carcajadas son ensordecedoras. Las mulas rebuznan histéricas. Es el infierno. Un enorme negro brasileño vestido de carnaval me acerca un espejo mientras trata de contener la risa. Dios… estoy completamente desnudo. Cubro mis vergüenzas como puedo y salgo de allí a la carrera.

2) Al instante estoy plantado en la plaza de mi pueblo (vestido). No hay ni un alma. Respiro aliviado. Todo está cerrado a cal y canto. Tengo una sed enorme. Me acerco a una fuente, pero está completamente seca. Comienzo a escuchar un rumor que va creciendo, como de marabunta. Es mi pueblo entero clamando contra mi persona. La masa va armada de todo tipo de objetos punzantes. Llevan a mi pobre abuelo encerrado en una jaula y están realmente fuera de sí. Tres días antes, un accidente nuclear de nivel siete ha provocado el pánico entre mis paisanos y lo ha destruido todo. La disparatada versión oficial apunta a mi autoría. Según las malas lenguas, he liberado una cantidad exorbitante de gas absorbente de neutrones mientras manipulaba una patata en el huerto de mi familia. El resultado ha sido un envenenamiento masivo por xenón. Estoy perdido, no hay manera de hacerles entrar en razón. Van a acabar con mi vida. Mi madre llora desconsolada. Mi padre me maldice. Atisbo a lo lejos a la bella Mirela. Va del brazo de un enorme y despampanante hombre rubio. Se parte de risa de mi suerte y no deja de repetir “patata, patata, patata”. Creo morir…

Entonces despierto entre sudores mortíferos y compruebo con alegría que todo ha sido una pesadilla. Todo está en su sitio. Los exagerados ronquidos contiguos y el reclamo de una lejana sirena que llama al trabajo me devuelven a la realidad. Moscú. Otoño. Seis de la mañana.

Luego he pasado unas tres horas deambulando por los pasillos. He huido dos veces de un par de sirios con malas pulgas y he engullido dos huevos duros y unas salchichas frías en la cafetería de la residencia. Mi aspecto era tan deplorable que me he cruzado junto a la biblioteca con Edu, el biólogo de Totana, y casi lo mato del susto. Entonces, he decidido que me ausentaría de las clases esta mañana (NOTA: tengo pendiente abordar el relato de mi vida académica, entre torturas matemáticas del profesor Kornilov, estudio de los grandes hitos de la ingeniería soviética y el comportamiento desatado de la camarada Popova, mi vetusta y cascada profesora de ruso). Me he recluido en mi habitación y, a fuerza de echar de menos las costas brasileñas como nunca antes, me he dado a la desaforada lectura de los libros de poesía que me han prestado Josemi y Merceditas. He flipao en colores. Era como una droga, no podía dejar de leer. Lo que más me ha llegado han sido las odas al progreso técnico de Mayakovski: el puto amo. Lo mismo hace apología de la tecnología, que homenajea al pasaporte soviético o escribe unos poemas de amor que son la leche: Hoy estás con el corazón acorazado, otro día más y me expulsarás abrumándome de injurias, en la turbia antesala no acierta con la manga la mano quebrada de temblor. Huiré, arrojaré el cuerpo a las calles, arisco, enloqueceré tajado de desesperación. ¿Para qué eso? Querida, piadosa, déjame decirte adiós, aunque no quieras es mi amor lastre que arrastrarás adónde vayas, deja que llore en el último grito el amargor del desaire, el buey cansado de trabajar va y se tumba en las aguas frías, para mí no hay otro mar que tu amor…”. La caña. Justo cuando me daba al patético llanto pensando en la bella Mirela, han llegado Negro y Curro. Al verme de esa guisa se han alarmado y han decidido saltarse a la torera mi estado lamentable y el deseo de morir, morir y morir que me dominaba: me han vestido a la carrera y me han sacado a las calles para que me diera el aire.

mayakobski-y-amiga.jpg

Mayakovski y amiga

El paseo ha sido maravilloso. Hemos empezado en la Manezhnaya o “Plaza del picadero”, que está junto al Kremlin y la Plaza Roja. De ahí hemos subido por la Gorkava (se llama así en homenaje a Gorki, que según me ha explicado Negro era otro mítico escritor ruso), hemos pasado junto al ayuntamiento de la ciudad (que aquí se llama “Soviet municipal”) y nos hemos detenido en la Pogreso, una librería alucinante que tiene una superpoblada sección de libros en castellano (NOTA: lo de la cultura en este país no deja de sorprenderme. El precio que tienen los libros es ridículo: hemos ramplado con unos treinta –literal- y no hemos pagado ni ciento cincuenta pesetas. Alucinante. Había familias que llevaban una especie de carritos de la compra porque no daban a basto. Si lo cuento en mi pueblo, la peña flipa. Pero no son sólo los libros, además de que la educación es completamente gratuita para todo el mundo, los teatros, los museos o el cine tienen unos precios de coña. Negro dice que es la caña ir a la opera por unas diez pesetas y encontrarte el teatro lleno de obreros y niños. Me ha prometido que me va a llevar un día de estos). De la Progreso hemos ido a parar a la Kalinina, una de las avenidas más importantes de la ciudad (bautizada con el nombre de un tío muy bolchevique que fue presidente de la URSS), llena de tiendas y grandes almacenes. Me siguen llamando la atención las colas, por todas partes, para cualquier cosa. Como las tiendas están generalmente desabastecidas de comida, en cuanto aparece algo en los escaparates, la gente acude en masa a hacerse con ello. Ejemplo: por el camino hemos visto una enorme cola: había llegado una remesa de kalvasá (el “embutido nacional” soviético: unas veces parecido a la mortadela y otras más cercano al salchichón). No ha sido la única: lo que realmente me ha flipado ha sido encontrar un interminable colón que daba la vuelta a la manzana de una tienda Melodía para, atención, hacerse con un disco de los Beatles. Según me ha contado Negro, es todo un acontecimiento: las autoridades de la URSS no veían con buenos ojos la música de occidente hasta que llegó la Perestroika, así que grupos de hace veinte o treinta años son novedad para la mayoría de los soviéticos, que son capaces de hacer horas y horas de cola por un disco que tiene más años que la tana (NOTA: Melodia es el sello discográfico del Estado, encargado de la edición y distribución de toda la música que circula por el país. No hay más sello que ese, aunque me han contado que circulan por ahí grabaciones piratas de grupos a los que el Estado no da bola. Negro es un fanático de la música. En la media hora que hemos pasado en la tienda, me ha dado todo un seminario improvisado sobre el panorama musical soviético. Eso sí, a él lo que realmente le gusta es la música clásica. Te cagas. Además, me ha hablado del jazz soviético y se le encendían los ojos. Tiene por ahí un tocadiscos viejo que no usa: me lo va a pasar junto a un montón de discos para que me inicie en su disparatada devoción megalómana. Al igual que sucede con los libros, en la URSS los discos no cuestan una mierda. Negro se ha comprado siete por, ejem… unas cinco pesetas. No salgo de mi asombro. Por eso aquí hay tanta gente que sabe un huevo de música y todo dios va a la opera o al ballet).

 

prospekt-kalinina-4.jpg

 

 

 

 

 

Tienda “Melodia” en la moscovita Avenida de Kalinin

 

 

 

 

 

 

Tras llenar el estómago con una especie de pizza que hemos encontrado en uno de los quioscos de la avenida Kalinina, nos hemos vuelto para la residencia. Al llegar, Marga e Isabel me han advertido de que Mesa se había personado en el edificio y andaba buscándome como un loco. Dentro de dos días comienza el campeonato de mus y yo sigo tratando de que me cambien de pareja desesperadamente. Como no tenía ninguna gana de toparme con él, me he pasado huyendo gran parte de la tarde, casi tanto como el que he malgastado tratando de provocar un encuentro “fortuito” con la bella Mirela. Tras lograr dar esquinazo al pobre Mesa por los pelos y haber hecho correr el rumor de que me había ido de viaje más allá de los Urales hasta el inicio del campeonato, me recluí en un rincón remoto de la biblioteca, con la intención de estudiar algo de ruso y dar cuenta de unos problemillas de física que nos han puesto en clase. Craso error. Fue sentarme delante de un papel y brotarme la fuerza interior que me tiene hecho un cristo devoto de las costas brasileñas y el balonvolea. Dicha fuerza hasta ahora desconocida me llevó a llenar unas doscientas cuartillas con el nombre de Mirela hasta en cirílico y lo que es peor, a componer los primeros y ridículos ripios de mi corta existencia. Joder. Si hubiera una vacuna me la pondría ahora mismo. Estoy de los nervios. No obstante, el drama ha llegado un rato más tarde, cuando harto ya de mi vena poética y de gastar los mapas del Brasil en las viejas enciclopedias soviéticas, he salido de la biblioteca con la intención de engullir cualquier tipo de alimento en la cafetería de la residencia. Entonces, el destino me ha deparado la peor de las suertes posibles. La terrible sucesión de acontecimientos ha sido la siguiente: 1. Salgo al pasillo atorado a partes iguales por un hambre y un aturdimiento quinceañero que había que verme. 2. Como de la nada, emerge la bella Mirela con su chándal, su rubia melena arrebatada, su sonrisa kilométrica y su todo. 3. Logro resistir a unos dieciséis amagos de desmayo. 4. Ella me pregunta qué tal con su castellano de telenovela y, atención, me planta un beso en la mejilla, lo que vuelve a provocarme otros tantos amagos de lipotimia. 5. En ese momento, todo comienza a ir mal, muy mal: Mesa sale de la cafetería y se acerca, gozoso, a nosotros. Exhibe una aterradora sonrisa, saluda y… ME PASA LA MANO POR LA ESPALDA. 6. Exactamente tres segundos después, un joven, atlético y despampanante checo aparece por el pasillo, abraza denodadamente a la Mirela del alma mía y le planta un beso de tornillo. 7. Ella sonríe y nos presenta a Tarzán como Václav, su novio. 8. Me tambaleo. Todo se nubla a mi alrededor. Me falta el aire. 9. “Su novio”… siento como esas dos terribles palabras se me clavan en una pierna. 10. El dolor es enorme, pero verdaderamente enorme. No puedo retener las lágrimas. 11. Veo que Mirela, Mesa y el bello hombre-armario me miran aterrados la pierna. 12. Hago lo propio y, ¡DIOS!… observo que fruto del estado de nervios y la pérdida de control que me ha provocado la estampa amatoria checo-brasileña, me he clavado dos portaminas en plena pantorrilla y la sangre brota a borbotones (de ahí el intenso y escasamente poético dolor, evidentemente). 13. Nuevo acceso de lipotimia. Vuelvo a tambalearme. 14. Se desata la mayor de las humillaciones imaginables: el hombre de Praga se quita su camiseta exhibiendo una cantidad insultante de músculos perfectos y checoslovacos, me hace un torniquete con ella, me coge en brazos y sale conmigo a la carrera en busca de asistencia sanitaria en la policlínica más cercana. Definitivamente, la madre de todas las derrotas.

Me ahorraré el cúmulo de exageraciones vividas gracias al sistema médico soviético. Sólo diré que, tras pertinente viaje al mercado negro en búsqueda de la vacuna antitetánica, algodón y gasas, logré que me limpiaran y me cosieran la herida (NOTA: realmente en la policlínica no había nada de nada, salvo médicos y enfermeras por doquier. Desconozco la causa de la ausencia de utensilios sanitarios, pero no de la carencia de alcohol: los galenos y sus ayudantes se lo habían pimplado todo. La melopea era general y escandalosa. Sencillamente dantesco). Tras la delirante excursión ambulatoria, el humillante rey de la selva (negra) me depositó literalmente en mi cama y, seguramente, partió a hacerle el amor sin medida a la bella Mirela. Yo pasé como una hora y media de llanto desconsolado y vergonzante, con una especie de hipo que amenazaba con saltarme los puntos, mientras me daba a la lectura impulsiva de las obras de teatro del tal Brecht (por obra y gracia del ingente préstamo bibliotecario de Merceditas) y veía caer la noche, maldiciendo mi suerte y la disparatada idea de dar con mis huesos en la URSS. No sé cómo sobreviviré a tanta desolación…

Crimen y castigo…

Por admin

Jueves, enero 03, 2008

Moscú, madrugada del miércoles 17 de octubre de 1990

Las aguas asturianas han bajado algo más tranquilas hoy: el Cangas ha logrado vengar la dolorosa afrenta que sufrió ayer, cuando León y Víctor se desayunaron el queso que le había enviado su familia. Y vaya que si ha saciado su sed de venganza: el castigo a los matemáticos de Cocentaina ha sido espantoso y ejemplar. He de reconocer que me he alegrado, porque comerse con total alevosía el queso ajeno es algo terrible dadas las estrecheces alimenticias que pasamos por aquí, pero al mismo tiempo los pobres me han dado una pena enorme. A ratos me asusta la deriva cuartelera que observo en la comunidad hispana…

La mañana nos ha deparado la primera reunión oficial del curso de la comunidad española de estudiantes en Moscú. Dicha comunidad no es solamente una realidad informal, sino que formamos parte de la Asociación de Estudiantes Españoles en la Unión Soviética, con su presidente, su junta directiva, su sello y todo. Se trata de un organismo reconocido por el Estado Soviético y que agrupa a los estudiantes españoles que estamos repartidos por las diferentes universidades del país (NOTA: lo de “estudiantes españoles” es objeto permanente de polémica con los vascos y algunos catalanes, pero para no liarse y, sobre todo, para no liar a los soviéticos, la cosa se mantiene. Eso sí, Beñat, un chaval de Hernani que estudia tercero de Economía –sí amigos, otro vasco que estudia esa materia en “el paraíso del Plan Quinquenal”, como diría mi abuelo-, no pertenece a la asociación ni asiste a reunión alguna. Gorka tampoco ha ido a la de hoy y dice que pasa de registrarse. Aunque también hay peña del País Vasco que está en la asociación y no pasa nada). Como la reunión ha estado motivada por “las guerras sirias” y ha tenido carácter extraordinario, los estudiantes españoles que están desperdigados por Leningrado, Kiev y otros lugares, no han asistido. También ha habido ausencias significativas, entre las que cabe destacar la de las dos gemelas del KGB y la de Víctor y León (conocidos ya como “Los dos de Cocentaina”), que continuaban escondidos ante la ira ingobernable del Cangas. El encuentro nos ha permitido a los novatos conocer a los más veteranos, entre los que se cuenta el propio presidente de la asociación: Pepe, un murciano que lleva ocho años en Moscú y está terminando ya su tesis doctoral (aquí se llama “Aspirantura”). El tipo me ha parecido un estirao y un desaborío como la copa de un pino.

El orden del día de la reunión ha sido el siguiente: 1. Estrategia y táctica en el frente sirio. 2. El caso de los matemáticos zampa quesos y su correspondiente castigo por obrar de manera tan insolidaria con el Cangas. Vayamos al relato de la asamblea de marras y sus derivados.

Los más mayores, con Josemi a la cabeza, nos han informado de que han tenido un encuentro con los sirios y han conseguido sacarles un alto el fuego a condición de que el Cangas cambie de habitación y se sitúe en una del quinto piso, lejos del mundo árabe y, atención, no le dirija la palabra nunca más a ningún estudiante sirio. Se han mantenido igualmente encuentros con los estudiantes palestinos y los libaneses, con los que hay un buen rollo de la leche, tanto que han prometido alianza eterna con nosotros en caso de que Siria vuelva a la carga. Esperemos que la cosa aguante, aunque yo no las tengo todas conmigo: esta noche me he cruzado a un sirio en las duchas y se ha tirado diez minutos de reloj metiéndome la chapa medio en árabe, medio en ruso, medio en inglés mientras yo me enjabonaba. Ni papa de lo que me decía, pero a juzgar por el tono y la cara de cabreo, no me imagino nada bueno. Pero lo peor no ha sido eso, sino que el inconsciente iba descalzo (¡en esas duchas con más roña que el palo de un gallinero!) y, en mitad de una frase impronunciable, ha pisado una auténtica mierda vietnamita que un enjuto y humilde estudiante del país asiático había depositado minutos antes protegido por los vahos del pasillo. Ozú lo mal que lo he pasao aguantándome la risa para que el sirio no se mosqueara y se liara otra vez la marimorena. Ni que decir tiene que a) la anécdota ha dado ya la vuelta al mundo hispano y las duchas han sido bautizadas como “el campo minas”; y b) exactamente a las 22:37 se ha iniciado la primera guerra sirio-vietnamita del año, que a las 23:05 era ya la primera guerra sirio-vietnamita-hindú, porque unos desaprensivos y miopes alawitas han arrojado (literalmente) por una ventana a un pobre y pacífico estudiante de Calcuta al que han confundido con el dueño del zurullo de las duchas, motivo por cual los indios han olvidado al padre Gandhi por unas horas y se han liado a mamporros…

Llegados a este punto seguramente se estén preguntando cómo es posible que un truño de vietnamita haya llegado hasta las duchas. Bueno, digamos que no es algo nuevo en la residencia de Lomonosov: yo lo llamo “el problema de la ausencia de río”. Al igual que las estudiantes hindúes de pueblo acostumbran a inundar los baños para cumplir con su higiene personal, causando dramáticas cataratas en el edificio, los estudiantes vietnamitas provenientes del medio rural se lavan la ropa y hacen sus cosas en el plato de la ducha. Sus cosas son, básicamente, jiñar y dejar el tordo como homenaje al libre albedrío y regalo para el siguiente usuario. El asunto es surrealista y no hay diálogo posible. Esta peña es la primera vez que ve una ducha en su vida, con lo que se ha optado por reservarles tres duchas al fondo de la sala únicamente para ellos. Además de los pequeños vietnamitas asilvestrados y los roedores descomunales, las duchas están habitadas por un personaje sin par: Liberto, un pálido y flaquísimo estudiante colombiano de biología que, al igual que la buena de Merceditas, siente una profunda fascinación por las dimensiones inigualables de los miembros colgantes del África negra. Tanto, que pasa las tardes enteras en las duchas, hipnotizado ante tamaños genitales pendulares. Todo iba bien hasta que hace una semana el bueno de Liberto no pudo contener sus impulsos libidinales y se abalanzó sobre un joven senegalés al que previamente había bautizado como “trompa de chocolate” (sin comentarios). Evidentemente, el pobre de Liberto acabó en el hospital con varios huesos rotos y la comunidad africana decretó que el gobierno del pobre Liberto era asunto hispano: es el único colombiano que vive en la residencia y como los africanos dicen que habla como nosotros, pues es “nuestro”. Lo cierto es que más allá del incidente, Liberto es un tío muy salao y muy majo. Pelín raro, eso sí (no sale de la residencia sin un enorme abrigo militar soviético en el que literalmente se desaparece, ni sin un extraño maletín de piel del que no se separa ni en pintura. Nadie sabe lo que contiene y hay todo tipo de teorías al respecto).

Pero regresemos a la reunión de la asociación de estudiantes españoles. Una vez resuelto el tema sirio, se ha pasado a abordar la cuestión de los dos de Cocentaina, ante la exigencias de un Cangas histriónico que ha llegado a citar a un tal Dostoievski (NOTA: cuando le he preguntado a Josemi por ese tipo, se ha encolerizado porque no lo conocía. Me ha explicado que se trata de uno de los mitos de la literatura rusa y que Agustín lo citaba porque escribió un libro muy famoso que se llama Crimen y castigo. La verdad es que de todas las cosas que me ha contado Josemi de ese Dostoievski yo me he quedado con que estudió ingeniería y con el dato de que a su padre lo mataron sus siervos a garrotazos porque al parecer era un déspota de cuidao. Si amigos, siervos. Josemi me ha explicado que en Rusia el feudalismo duró prácticamente hasta antes de ayer. La gente estaba muy jodida: por eso hubo una revolución tan tocha, según él. Cada vez me molan más las chapas de Josemi. Se aprende un huevo. Eso sí, esta noche me ha venido con el libraco ese de Crimen y castigo y las lecturas imposibles con las que me asedia se me acumulan sin que me vea capaz de hincarles el diente. Cuando me pongo, a los dos minutos ya me he aburrido y me he pasado a los problemas de las asimetrías mixtas en la teoría cuántica de campos o al teorema de Haag. No lo puedo evitar). Pero volviendo al caso de los dos de Cocentaina, he de decir que el castigo ha sido tremebundo. Se ha delegado en una comisión de veteranos la decisión y, tras cinco minutos de discusión, la comisión ha optado por encomendarles la realización de un sencillo recado: ir al Ministerio de Educación soviético a recoger unos documentos para la asociación. El Cangas estaba indignado por la levedad del asunto, pero la indignación le ha durado solamente hasta que los dos pobres matemáticos han regresado del Ministerio. Básicamente esto es lo que ha ocurrido: los veteranos les han comunicado el castigo a los de Cocentaina, que se las han prometido muy felices por lo simple de la misión. Como los nuevos todavía no tenemos mucha papa de ruso, les han escrito en un papel todas las instrucciones para los funcionarios soviéticos en perfecto cirílico, diciéndoles que se lo enseñaran a los policías que custodian todo edificio oficial moscovita. Bien, cuando León y Víctor han llegado al ministerio y han exhibido gozosos el papel ante los ojos de los funcionarios de la seguridad soviética, los enormes policías se han liado a hostias con los pobres matemáticos enclenques sin mediar palabra. Los pobres han regresado a la residencia hechos un cristo y llorando a moco tendido. La cuestión es que lo que los cabrones de los veteranos les habían escrito en perfecto cirílico no era más que una retahíla de improperios eslavos entre los que hijo de puta era el más suave, de ahí que los milicianos soviéticos se hubieran despachado a gusto con los de Cocentaina sin dar crédito ante semejante temeridad y desfachatez. Ni que decir tiene que el Cangas se ha descojonado y se ha dado por satisfecho con el aterrador castigo al que se ha sometido a los pobres alicantinos, que permanecen en cama reponiéndose de la paliza. (NOTA: lo de los tacos entre los rusos es la hostia. Son unos bestias retorcidos a la hora de dar rienda suelta a su mala baba. De entre todos los improperios eslavos al uso, el que me resulta más espeluznante es “iop tbaiu mat dievit raz”, algo así como… ejem, “fóllate a tu madre nueve veces”. Además, los rusos acostumbran a meter en cada frase la expresión “¡bliad!” –“joder-”. Juancar dice que una vez le contó a un ruso veintitrés “bliads” mientras conversaba con otro “bolo” durante el breve espacio de tiempo de un viaje en ascensor. “Bolos” es como llamamos a los rusos entre la peña española y latinoamericana. Al parecer, es un mote que inventaron los cubanos. Cuando los soviéticos mandaron a Cuba a los primeros funcionarios encargados de desarrollar la cooperación con las autoridades revolucionarias de la isla, los caribeños los pusieron ante una durísima prueba: bailar salsa. El sentido del ritmo y la gracia de los movimientos de los esteparios eran tan escasos, que lo único que lograban hacer era reproducir un leve y monótono movimiento oscilatorio sobre su tronco, muy semejante al tambaleo de un bolo. De ahí el epíteto).

 

fortachon-sovietico.jpg

                                Máquina soviética de mamporros

La barrabasada con Víctor y León ha sido el desfase más notable de los veteranos hasta la fecha. Cada vez me acuerdo más de las infumables historias cuarteleras de mi padre (dos años en Sidi Ifni haciendo la mili “con lanza”, como dice él). Lo que pasa es que en general son muy buena gente y a los nuevos nos ayudan mucho. Cuando les he ido con mi queja por la sobrada con los de Cocentaina se han justificado soltándome un rollo sobre el espíritu comunitario y la necesidad de que seamos solidarios entre nosotros: comerse en plan rácano la comida de otro es un mal rollo de la leche. De ahí el castigo ejemplar. Negro, estudiante de matemáticas y uno de mis veteranos favoritos (es el que representó el papel de funcionario soviético a nuestra llegada), me ha dicho algo muy raro que no he logrado entender del todo: “los de Cocentaina son unos pequeñoburgueses individualistas a los que el pueblo les ha dado su justo castigo”. Glups. A mí Negro me cae muy bien porque es de los que más me ayuda con las cosas de clase y con el ruso. Dos datos de su biografía lo convierten en un personaje sin igual: fue campeón de las olimpiadas de matemáticas en España y es el único estudiante español que en toda la historia de la Unión Soviética ha sido capaz de ganar una partida a los del club de ajedrez de la MGU. Casi ná. Un puto crack.