Archivo de 13 diciembre 2007

Desayuno con cabrales…

Por admin

Jueves, diciembre 13, 2007

Moscú, lunes 15 de octubre de 1990

Me hubiera encantado pasar un lunes aburrido y rutinario. Los sobresaltos a base de borracheras, guerras sirias y exageraciones made in federación brasileña de voleibol me tienen verdaderamente extenuado. Pero no, no podía ser. Aquí no hay normalidad posible. Veamos como amanecí…

A eso de las nueve, el Cangas me ha despertado emocionado perdido (juro que se le saltaban las lágrimas). Su hermana le había mandado una lata de fabada y un enorme queso de Cabrales a través de una amiga que ha viajado a Moscú por trabajo. Hasta ahí todo bien. La tragedia ha llegado cuando León y Víctor, los matemáticos de Cocentaina con los que comparte cuarto, han abierto el ojo y se han topado con la avitualla. Cuando hemos llegado era ya demasiado tarde: los cutres valencianos se habían comido el queso a palo seco y a la velocidad del rayo, motivo por el que yacían medio muertos en el suelo agarrándose el estómago, más blancos que el núcleo de alta energía de un ciclotrón. Por un segundo he pensado que Agustín los iba a matar ipsofacto. Sin embargo, el bueno del Cagas ha visto el desaguisado del queso y se ha venido abajo: se ha puesto a llorar a moco tendido como un niño mientras recogía miguitas con sus dedos y repetía frases extrañas en bable (NOTA: yo en mi pueblo no tenía ni papa de la movida de los idiomas peninsulares. Aquí hay estudiantes catalanes, vascos, asturianos, valencianos o gallegos y siempre andan con lo de sus idiomas para aquí y para allá. A los andaluces también nos tira la tierra, pero lo de esta peña es tela. Tampoco sabía que a muchos de ellos no les mola nada España. Yo en Torreperogil no tenía ni flores de eso y he flipao en colores. El Cangas, por ejemplo, habla una lengua romance. La caña). El caso es que he aprovechado el bajón emocional del asturiano para sacar como he podido a los dos desaprensivos y esconderlos en la habitación de Edu (el biólogo de Totana), porque me temía lo peor cuando el Cangas saliera del trance emocional, como así ha sido: cuando he bajado de nuevo a su habitación, blandía un cuchillo y salivaba sin parar mientras juraba venganza por la ofensa de los matemáticos. He conseguido calmarle con la ayuda de Mario, pero el precio ha sido altísimo: nos ha obligado a engullir con él la lata de kilo de Fabada y, ejem, todavía no eran las diez de la mañana. Ni que decir tiene que a partir de ahí ya no ha habido manera de enderezar el día.

Una vez pasado el trance del desayuno-merienda-cena y tras dos visitas inenarrables y clandestinas al Parque Nacional de Colitis, con el estado de nervios que desatan semejantes viajes ante la posibilidad de ser presa de la afición ibérica a joder la cagada, he intentado en balde tramitar una solicitud de cambio de pareja para el campeonato de mus. Me aterra la idea de tener como compañero al tío más gafe de la URSS, pero por más que me he arrastrado ante la organización del evento, se han desestimado una a una mis suplicantes alegaciones. Cuando se habla de Mesa todo dios dice que es un buen tipo… para añadir segundos después la coletilla de “pobre hombre” y aconsejarte no compartir mucho con él ni dejar que te toque, sobre todo la espalda (desconozco el significado de este último dato). Lo cierto es que basta conocer tan sólo tres episodios de su biografía esteparia, para darse cuenta de que el título de cenizo se lo ha ganado a pulso: 1. El avión en el que viajó por primera vez a Moscú, becado por el Estado soviético, sufrió un serio problema en un motor y se vio obligado a aterrizar de emergencia en la región de Tiraspol (República Socialista Soviética de Moldavia). No hubo daños físicos de consideración, pero guiados por Mesa, los estudiantes españoles de su promoción se despistaron del resto de atemorizados pasajeros y vagaron por las remotas orillas de río Dniéster durante dos días con sus gélidas noches, alimentándose a base de raíces y bayas silvestres. 2. Cuando cursaba segundo de carrera se aficionó a las clases de Vasili Prokofiev, una eminencia en filología eslava del que al parecer admiraba su atrevida concepción del análisis composicional y la estilística del texto. El pobre docente comenzó a recibirle en el diminuto apartamento que compartía con su hermana en Lubianski Proezd. Tras la tercera visita de Mesa, el bueno de Prokofiev cayó gravemente enfermo. Le fue diagnosticado un extraño desorden psicomotriz de carácter bacteriano que acabó matándole en pocas semanas. Y 3. Hace dos años, en medio de una de esas antológicas borracheras de la comunidad estudiantil patria en Moscú, a Mesa le gastaron una inocente y simpática broma. Como el tipo había bebido de lo lindo, llegó a perder el conocimiento y se sumió en un profundo sueño del que no había manera de despertarle. Ese mismo día, Juancar había suspendido el único examen de su vida y, aunque se trataba de un ínfimo test semanal de foniatría, estaba muy cabreado y echaba la culpa de manera obsesiva al pobre Mesa, con el que se había cruzado por la calle minutos antes de la prueba. Aprovechando que Mesa estaba grogui, Juancar convenció al resto de beodos para sacarle de la residencia, llevarlo a la moscovita estación de Kazán y facturarlo en un tren a Turkmenistán. Dicho y hecho. El dato relevante es que el tren, con Mesa durmiendo su cogorza en uno de los compartimentos, descarriló tres horas después de salir de Moscú. Definitivamente espeluznante.

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Mesa y los trenes…

(NOTA: lo del ferrocarril en la URSS es la leche. Es muy barato y el servicio funciona realmente bien: la eficiencia horaria es asombrosa. Las estaciones de tren -Moscú tiene nueve- son hervideros de gente que viene y va de una punta a otra de este enorme país. Hay un rito ferroviario en la comunidad hispana que se desata a las doce menos cuarto de algunas noches de borrachera y desfase. En mitad del desvarío alguien dice de repente “¿a que no hay huevos?”. Todos los demás saben que se trata de un clásico en materia de retos absurdos: salir a toda pastilla en taxi (o lo que sea) para intentar coger el orgullo de los trenes soviéticos: el Estrella Roja, que comunica la capital con la ciudad de Leningrado. El problema es que la locomotora arranca a las doce en punto de la noche sí o sí y la residencia está a tomar por saco de la estación, con lo que solamente hay unos diez minutos para completar un recorrido suicida. Como ya no hay manera de comprar billetes, si es que se consigue llegar a coger el tren, lo que se hace es sobornar convenientemente a los revisores, que por un puñado de rublos se encargan de distribuirte por los compartimentos vacíos o de esconderte por el tren. Una vez en Leningrado, se visita a los estudiantes españoles que habitan el lugar y se regresa al día siguiente en el mismo tren nocturno. Todo un clásico según cuentan. Josemi añade pomposamente que la cuestión de los trenes en la URSS da la medida del enorme desarrollo de este país y de su superioridad en relación a lo que él llama “el mundo capitalista”: “el tren es el mejor medio de transporte que jamás se haya inventado y el menos contaminante”, apunta. Yo no tengo ni idea de eso, pero lo que sí tengo son unas ganas de la leche de que llegue una de esas noches de Estrella Roja para bautizarme. Fijo).

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Alegre estampa ferroviaria en la Unión Soviética. Moscú, 1990.