Archivo de 26 noviembre 2007

Mi primera curda II

Por admin

Lunes, noviembre 26, 2007

Moscú, sábado 13 de octubre de 1990

Ayer abandoné el diario conmocionado por una terrible noticia: Mesa, el tío más gafe de la URSS, será mi pareja en los campeonatos de mus organizados por las hordas hispanas. Estoy perdido. Ni San Heraclio Fourier podría remediar tamaño desaguisado. El campeonato no es un alegre ejercicio de hermanamiento y ocio comunitario, sino una auténtica competición a cara de perro que puede llegar a costarte la vida… La cuestión no es tanto ganar, como no perder. A la pareja perdedora se le da a elegir entre dos castigos inmisericordes: “esclavitos” o “natación”. El primero te obliga a convertirte en el lacayo de la pareja ganadora durante una semana. El segundo es un baño en las gélidas aguas del río Moscú durante más de cuatro minutos. A tenor de lo que cuentan sobre los extremos a los que puede llegar la condición de súbdito de la pareja ganadora, créanme si les digo que son preferibles los cuatro minutos de natación suicida.

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Vista del río Moscú. Obsérvese el hielo flotante. Glups.

Fruto de mi desazón por la noticia del sorteo, dejé a medias el relato de la primera borrachera de mi vida, justo en el momento en el que, presos de una melopea descomunal, nos echamos a la calle. El cuadro era realmente espeluznante: Merceditas colgada del torso despampanante de Umaru “el africano”, medio desnudo tras realizar una demostración de danzas folklóricas que dejó mi habitación arrasada; Isabel y Marga descojonadas y pintándole bigotes con un corcho quemado a todo bicho viviente, incluida la viejuna camarada recepcionista de la residencia; Mario envuelto en su clásico pañuelo palestino, vomitado hasta las cejas y sin una zapatilla; El Fuli rasgando una especie de laúd levantado a un libanés, llorando a moco tendido y emitiendo una especie de graznido ensordecedor vagamente parecido a una seguidilla (Josemi había conseguido detenerle minutos antes cuando, fuera de sí, zarandeó a un horrorizado ciudadano soviético para exigirle la construcción de un mausoleo para Camarón junto al de Lenin). De mi enclenque persona, qué decir: estaba más feliz que una lombriz y me había dado por abrazar a todo el mundo con una absurda sonrisa de pánfilo. Vamos, que llevaba un pedo del quince…

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Mausoleo de Lenin en la Plaza Roja. Moscú, 1990.

El caso es que justo cuando un dignísimo Josemi, nombrado solemnemente “Presidente de la República de Beodia”, había conseguido convencer a dos taxistas para que nos llevaran de esa guisa hasta el Hotel Intourist (para seguir bebiendo como cosacos) apareció el que faltaba: de pronto vimos salir por la pueta de la residencia a un enloquecido Cangas, semi desnudo y al grito de “¡A mí Don Pelayo!”, perseguido por quince sirios encolerizados blandiendo todo tipo de cachiporras caseras. Al vernos, la marabunta siria arremetió contra nosotros, desatándose una estampida dantesca que dio con mis huesos, los de Umaro y los de Merceditas en una zanja abierta a unos cien metros del lugar. Gracias a esa zanja puedo decir que salvamos la vida (Nota: lo de las zanjas en Moscú tiene un insospechado significado macroeconómico. Desde hace décadas, los soviéticos presumen de la ausencia total de desempleo: todo dios tiene trabajo… Aunque el Estado tenga que inventarlo. Les cuento. Una mañana salí de la residencia y me topé con cinco trabajadores que abrían una zanja junto a la carretera. Al día siguiente, pasé por el mismo lugar acompañado de Enrique Otero, un simpático veterano malagueño que estudia filología eslava, y vi a los mismos tipos tapando alegremente la enorme zanja que habían abierto escasas horas antes. Cuando les preguntamos por el asunto, nos contaron que llevaban meses abriendo y cerrando zanjas de manera incomprensible por toda la ciudad. Esa era la tarea que les había asignado el funcionario a cargo del departamento para el que trabajaban. También nos dijeron que no eran la única cuadrilla ocupada en semejante menester… Sin comentarios).

Pero volvamos a la huida ante el ataque sirio. Antes de perder el conocimiento fruto del pánico y la cantidad de alcohol que había ingerido, ocurrió un hecho que transformó de golpe la imagen que me había hecho de Merceditas: tras perder los nervios, Umaru comenzó a gimotear como un niño aterrado. Sobreponiéndose a su borrachera, Merceditas procedió a abofetear y mandar callar al gigante ugandés para, acto seguido, atisbar temeraria el horizonte, agarrar un trozo de adoquín y lanzarlo con pasmosa precisión contra la bombilla de una farola que amenazaba con desvelar nuestra posición a las tropas árabes. Todo ello en menos de cinco segundos. Tras retornar sonriente a la trinchera, besó a Umaru y pronunció solemnemente una frase que se me ha quedado más grabada que la fórmula Rosenbluth de la difusión inelástica: “unos están en sombra, y otros bien iluminados. Se ve a los que da la luz, pero a los otros, ni caso”. Acojonante.

Lo siguiente que recuerdo es despertarme temblando debajo de una cama y ver a mi lado a una bellísima mujer rubia que me acariciaba la mano mientras me susurraba dulcemente palabras en gallego. Lo primero que pensé es que me había muerto, motivo por el cual rompí a llorar de manera exagerada delante de aquella tremenda mujer de Lugo. Como cuanto más lloraba yo más me acariciaba ella, me pasé llorando unos cuarenta calculados minutos de inolvidables caricias y arrumacos. Cuando ya estaba a punto de deshidratarme, llegaron Mario y Josemi, para sacarme de debajo de la cama y poner fin a mi maravillosa excursión al mundo de los muertos. Entre lo que me contaron ellos y lo que he podido ir recordando en las últimas horas, he logrado hacerme una idea de lo ocurrido. Resumo los datos más importantes:

1. Perdí el conocimiento en la zanja que nos salvó de una muerte segura a manos de los encolerizados sirios. Cuando la situación se calmó, Umaru cargó conmigo hasta la residencia. Al ser informado por unos estudiantes palestinos de que la cosa estaba fea (“mejor te esfumas durante unas horas”), decidió darse a la fuga ocultándome en la habitación de dos bellas jóvenes de una comunidad neutral: Brasil.

2. La mujer que me acariciaba bajo la cama no era de Lugo, sino de Salvador de Bahía. Se llama Mirela y estudia educación física. Ha sido dos veces campeona juvenil de voleibol de su enorme país. Desde que la conocí estoy muy raro y los demás se descojonan de mí. Yo creo que me he enamorado, pero como no me ha pasado antes, no sé si es eso o es que el pánico por las hordas de Damasco se me ha agarrado a la tripa.

3. ¿Por qué perseguían los sirios al Cangas? Agárrense. El susodicho estaba durmiendo la mona en una armario cuando le entraron una terribles ganas de mear; con tal mala suerte que, en su enloquecida carrera hacia el meadero, confundió el baño con la habitación de tres estudiantes sirios. Al parecer, los tipos estaban rezando de cara a la Meca (y de espaldas a la puerta) cuando irrumpió el energúmeno. Como el Cangas iba ciego perdido, vio una taza del water donde en realidad había un sirio rezando arrodillado y, ni corto ni perezoso, se sacó la chorra y orinó al tipo. Consiguió escapar a la cólera inmediata del estudiante orinado, pero cuando la noticia se propagó por la comunidad siria, pusieron precio a su cabeza. Ahí se inició el ataque.

4. De momento las cosas se han calmado gracias a la mediación de los libaneses y los palestinos, que no se llevan bien con los sirios y se han puesto de nuestra parte. Se ha convocado una reunión para negociar un alto el fuego dentro de dos días. Mientras tanto, los sirios han exigido que el Cangas desaparezca de la residencia y de la universidad. Josemi se lo ha llevado a su habitación en la residencia de casados de la calle Vernadskaba, donde vive con su mujer, Eva, una madrileña muy maja que estudia geología (Nota: cuando me han dicho que la calle en la que viven se llama así en homenaje a Vladimir Ivánovich Vernadsky he flipao en colores. Joder, ¡el puto amo de la noosfera y el cosmismo ruso! Todavía no me lo creo).

5. La frase que pronunció una poseída Merceditas tras cepillarse una farola de una pedrada no es suya sino de un tal Bertold Brecht, un poeta alemán que le mola mucho. Cuando le he preguntado por el asunto se ha emocionado. Esta mañana me ha traído un libro de ese tío y otro de un ruso del mismo palo: Mayakovski. Lo más aproximado a un poema que he leído en mi vida son los estudios sobre el polonio y el radio de Marie Curie, pero con lo emocionada que estaba cualquiera le decía que no a la buena de Merceditas.

6. Definitivamente creo que amo locamente a la bella Mirela. Voy a necesitar ayuda. Estoy muy raro. Diooos. Tengo miedo.

Mi primera curda I

Por admin

Martes, noviembre 13, 2007

Moscú, viernes 12 de octubre de 1990 

Llevo días alejado de las páginas de este diario.  

En las últimas horas he muerto y he resucitado en varias ocasiones, he salvado dos vidas (la de Juancar y la mía), he escapado por los pelos de las hordas sirias, me he visto obligado a pedir asilo en diferentes comunidades internacionales de estudiantes (de Indochina a Portugal, pasando por unas simpáticas brasileñas que me han escondido debajo de su cama en las siete horas más terribles de mi corta existencia), he conocido la noche moscovita, he estado a punto de ser deportado a Siberia, me he perdido sin salir de la residencia, he vomitado unas dieciséis veces, he visto elefantes azules en al menos dos ocasiones (lo juro), me he aprendido de memoria el himno de la Unión Soviética y he brindado en repetidas ocasiones por a) “la gran guerra patria y el general Zhúkov”, b) “la tortilla de patata me cago en dios”,  c) “la NEP”, d) “Dolores Ibarruri y la madre que nos parió” y e) “Asturias” (ante la amenaza de un beodísimo Cangas armado de un tenedor). Sí, amigos, me he cogido la primera curda de mi vida y me ha durado cuarenta y ocho horas ininterrumpidas e interminables…  

Todavía no me tengo en pie. Por suerte, la mayoría de mis compis se han pirado a la Embajada de España y estoy a solas con mi resaca. Como es el día de la hispanidad nos han invitado a una recepción. Yo no puedo ni moverme y creo que tengo fiebre. El Cangas y Gorka han dicho que no pisan la embajada ni de coña, que no tienen nada que celebrar y que se quedan aquí haciendo el sorteo de parejas para los Campeonatos de Mus de la Unión Soviética que darán comienzo la semana que viene. Curro sigue durmiendo en su habitación desde que cayó redondo tras su, atención, decima botella de vodka en tres días. Los demás han acudido al ágape con dos objetivos: comer hasta reventar y llenar sus tupperwares clandestinos con todo lo que pillen. En la tranquilidad de mi desierta habitación, saco fuerzas para retomar el diario. Vayamos al comienzo del dislate alcohólico.

Todo empezó el martes por la tarde tras ahogar literalmente en vodka a un subsecretario del Ministerio de Educación y reconquistar mi derecho a estudiar ingeniería nuclear. Con la excusa de que había que celebrarlo, Josemi y Juancar se unieron a unos desatados Curro y Cangas en la búsqueda desesperada de más alcohol para regar el despropósito colectivo que se avecinaba. Como las bodegas oficiales estaban secas, tratamos de surtirnos de “agüíta” en la habitación de los afganos. Al aproximarnos al lugar observamos con horror como Rosa, una de las gemelas, estaba de vigía a unos metros de la puerta. Las gemelas suelen turnarse para hacer guardia junto al “bazar de Kabul” (así se conoce a la habitación de los afganos) y toman nota de los estudiantes españoles que acuden a cambiar dinero o comprar algo en el mercado negro. No obstante,  Josemi ideó un plan para sortear la vigilancia de las confidentes de la Asociación España-URSS. A mí me tocó la peor parte: mientras ellos subían a la cuarta planta y trataban de llegar hasta Afganistán por otra escalera, yo debía alejar a la gemela del lugar. El procedimiento, practicado en reiteradas ocasiones, consistía en abordarla y decirle la siguiente frase/conjuro (de significado incomprensible, al menos para mí): “gran tipo ese Lister y buen trabajo el que hizo en Aragón”. Dicho y hecho, fue pronunciar las palabras mágicas y venirse abajo el sistema de vigilancia: “Verdad que sí”, me contestó la gemela con una sonrisa pavorosa mientras me agarraba del brazo y me llevaba hacia la cafetería, donde me retuvo durante hora y media para hablarme de la guerra civil de mi abuelo y de politiquerías de las que yo no entendía una mierda. Creo que empezaba a sospechar algo cuando, tras preguntarme por enésima vez por el origen de mi admiración por el tal Lister, me vine abajo y comencé a hablarle sobre las áreas de investigación en fusión nuclear y física de plasma, los cálculos de transporte de neutrones y los experimentos de confinamiento inercial en plantas de ignición. Bueno, el caso es que conseguí marearla de tal manera que la pobre sufrió un desvanecimiento seguido de una lipotimia, momento que aproveché para escabullirme y desaparecer sin dejar rastro… 

Tras pasar por los baños a vaciar una vejiga desbordada por la absurda cantidad de té negro que la gemela me obligó a ingerir, volví a mi habitación para intentar tranquilizarme; en realidad, estaba saliendo de Málaga para meterme en Malagón: durante mi vis a vis con el enemigo, mi habitación se había transformado en un capítulo de “mundo ibérico”, un antro irrespirable repleto de beodísimos estudiantes desatados. El Cangas dormía en calzoncillos dentro de un armario mientras Curro le hacía cosquillas con unas plumas en las plantas de los pies. Merceditas le enseñaba a bailar “Los pajaritos” a Umaru, el senegalés. Había botellas vacías de vodka por todas partes y algún sátrapa sin escrúpulos se había pimplado mi aftershave  tras hurgar entre mis cosas (por cierto, lo del aftershave tiene miga: no tengo ni un pelo de barba y no me he afeitado en mi vida, pero mi padre se empeñó en metérmelo en la maleta. Fue como una especie de rito masculino de paso. Muy serio, depositó la loción y un paquete de preservativos en mi equipaje. Después me abrazó y me dijo “hijo, espero que seas un buen Romero en la nueva vida que te espera”. Glups. Llevo aquí menos de un mes y medio y ya me han birlado el aftershave sin ni siquiera haberlo abierto y, bueno, sólo de mirar los condones me tiemblan las piernas. La estirpe familiar está perdida). En la otra punta de la habitación, Isabel y Marga no paraban de reírse sin ton ni son tiradas en un rincón. Mario y el Fuli discutían a gritos sobre el estribillo de “Clavelito” y Gorka luchaba por inculcarle el idioma de los vascos a un guerrillero libanés en estado de coma. El único que parecía en sus cabales era Josemi, que, tras ofrecerme un vaso de vodka, se quejó amargamente de que “la gente no sabe beber”: “hay un procedimiento ruso para beber como un cosaco sin desplomarse. Observa”. Entonces, se sirvió un vaso y procedió con el método anti borrachera: 1) Agarró un trozo de pan negro, 2) lo olió profundamente, 3) soltó todo el aire por la boca, 4) se pimpló el vodka de un trago, 5) se zampó el pan de un bocado (con una cara que era un poema) y 6) aguantó como pudo una arcada galopante. Con una severa mirada me indicó que era mi turno. Mi imitación iba como la seda hasta que al dar el trago creí morir en tres actos: a) mi arcada se transformo en un fuego que me calcinó la garganta, b) mascullé varios “me muero-me muero” y c) un amago de pérdida de conocimiento me obligó a desplomarme en una silla. Josemi se descojonaba mientras me llenaba el vaso de nuevo y me daba otro trozo de pan. Ese segundo trago lo digerí mejor. Con el tercero parecía que ya estaba vacunado. Pero el cuarto me devolvió de nuevo a mi condición de aspirante a borracho primerizo y tuve que salir por patas al baño con una papa repentina asomándose por mi boca…

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Lolito y cía. comparten baño de “agüita” en la residencia de la Avenida Lomonosov. Moscú, 1990

La excursión al excusado me propició dos hallazgos importantes: 1) Averigüé el origen del instrumental con el que Curro estaba torturando al Cangas al ver el pasillo regado de plumas y hallar mi almohada destrozada reposando cómodamente en uno de los lavabos. Sin comentarios. 2) Encontré a Juancar desvanecido, vomitado hasta las cejas y con la cabeza metida dentro de uno de los pútridos retretes. Comprobé que todavía respiraba, lo levanté como pude y le metí la cabeza debajo del grifo de agua gélida. A los pocos segundos ya estaba gritando y cagándose en todo… Le limpié como pude y le dejé durmiendo en el pasillo. 

Cuando regresé a la habitación Josemi había montado un comando con las huestes que tenían uso de sí. Como el vodka se había terminado y los afganos tenían el chiringuito cerrado hasta nuevo aviso, propuso que saliéramos a la noche moscovita y nos encamináramos al centro de la ciudad para seguir bebiendo en el Hotel Intourist (Nota: según me han contado, Intourist es la contracción de “Inostranni Turist” -turismo extranjero- , la agencia de viajes que gestiona los servicios turísticos para “guiris” desde 1929. El Intourist es uno de los mejores hoteles de la ciudad. Se encuentra muy cerca de la Plaza Roja y su bar está abierto hasta altas horas de la madrugada. En la URSS hay tres tipos de hoteles: 1) para la población soviética, 2) para los extranjeros y 3) las residencias para los miembros del Partido Comunista de la URSS (PCUS). El ruso de a pie tiene prohibida la entrada a los dos últimos. Además, el Intourist tiene repartidas por algunas ciudades del país unas tiendas para extranjeros que se llaman “Beriozkas” –abedulitos-. Sólo se puede pagar en dólares y los ciudadanos soviéticos tienen vetada la entrada. Mientras las tiendas comunes están tiritando, estos almacenes se encuentran repletos de productos…). 

Ya en la calle, y bajo la dirección marcial de Josemi, nos encaminamos a coger unos taxis para llegar al centro de la ciudad. Yo llevaba un moco del quince y estaba muy agustito. Vistos en conjunto debíamos ofrecer una imagen dantesca, aunque el aire frío que soplaba ayudaba a espabilarse (Nota 2: los taxis son muy baratos y como hay muy poco tráfico en la ciudad, se llega echando leches a cualquier sitio, aunque Moscú es muy grande y las distancias son enormes. Bueno, en realidad, no sólo los taxis son baratos, la vida en general está tirada en la URSS. Aunque el sueldo mensual que recibimos del Estado soviético por estar estudiando en la universidad no da para mucho, me han dicho que aquí puedes tirar con quince mil pelas más de seis meses. Aprovecho para comentar tres cosas del tema pasta que me tienen flipao: 1) el problema no son los precios, sino que en las tiendas hay muy pocas cosas: la gente lo tiene chungo para comprar aunque tenga dinero; 2) los precios han sido los mismos durante casi setenta años y no han cambiado ni una coma porque en este país el mercado no existe como nosotros lo conocemos; y 3) aquí se considera que estudiar es como un curro: el Estado te paga un sueldo al mes por ir a la universidad (que es completamente gratuita, como el resto de niveles de enseñanza). No contentos con eso, hay un montón de residencias de estudiantes a las que la peña se puede ir si se quiere emancipar y pirarse de casa de sus padres. Incluso hay algunas residencias para jóvenes parejas de estudiantes que decidan casarse y vivir juntos. Alucinante). 

Interrumpo la escritura. Llaman a la puerta. 

Eran el Cangas y Gorka. Ya han sorteado las parejas para el campeonato de mus. Me ha tocado con el Mesa, el tío más gafe de toda la URSS. Estoy desolado. No tengo fuerzas para seguir escribiendo. Me voy a dormir. Mañana seguiré con la excursión al Intourist y las tremebundas aventuras que nos deparó… si sigo vivo… un nuevo retortijón amenaza con llevarme otra vez a potar a las profundidades de esta residencia. Temo morir sepultado entre desechos y basuras. Tengo que andarme con ojo. Maldigo el vodka y todas las borracheras. Echo de menos el caldito de mi madre. Y encima, la maldición de Mesa. Todo es hostil. ¡Qué lejos está Torreperogil!