Archivo de 19 octubre 2007

¡De nuevo en el glorioso camino de la ingeniería nuclear!

Por admin

Viernes, octubre 19, 2007

Moscú, martes 9 de octubre de 1990

La caña, la caña, la caña. No quepo en mí de alegría. Lo crean o no, he conseguido volver a los caminos insondables de la aplicación práctica del núcleo atómico, los principios de la química y la física nuclear y la interacción entre radiación y materia. ¡El Ministerio de Educación soviético me ha devuelto mi condición de estudiante de ingeniería nuclear! ¿Cómo? Ejen… vayamos por partes.

La noche se ha presentado cargadita por obra y gracia de la descomunal cogorza de “el Cangas”. Primero se bebió mi botella de vodka (por suerte llegué a tiempo de esconder la otra), luego se juntó con Curro, un estudiante barcelonés de Filosofía que lleva en la URSS desde los catorce años, y se bebieron, por este orden, una botella de vodka adquirida a la mafía afgana y un frasco de colonia (sin coñas). Sí, amigos, aquí la peña se coge unos mocos del Orinoco y lo del alcoholismo es un deporte nacional, bueno, no sólo nacional: los estudiantes extranjeros pimplan de lo lindo. Cuando no hay vodka, bien vale un buen frasco de aftershave si las ganas aprietan. Uno de los puntos estrella del improvisado manual de supervivencia que estoy confeccionando sobre la vida en esta residecia es el siguiente: no confundir nunca el perfume con la colonia. Me lo han advertido varias veces acompañándolo de un paternalista “ya, ya… tú todavía no bebes, pero ya verás cuando llegue el invierno”. En efecto, la peña está tan enganchada a la melopea colectiva que, en caso de que no haya otra cosa, se beben cualquier artefacto que tenga alcohol, por eso conviene saber que la colonia “coloca” mientras que el perfume te perfora el estómago y te mata. Y es mejor tomarse esto al pié de la letra: cuentan que hace unos meses, durante la fiesta de cumpleaños de un coreano, algunos estudiantes pillaron tal ciego que se bebieron un perfume por error… Acabaron todos en el hospital… Dos de ellos murieron… Un vietnamita y un hindú… Sin comentarios…

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Preciado líquido-elemento soviético

Pero regresemos a la noche en vela. 04:00 horas: al puto Cangas y a sus comparsas no se les ha ocurrido nada mejor que bajarse el tocadiscos de Curro a mi habitación e improvisar un taller de “Análisis y memorización de himnos de las infinitas repúblicas socialistas que componen la Unión Soviética”. Han estado hasta las ocho de la mañana cantando a grito pelado y rayando discos pedo perdidos. Menos mal que a las ocho y media han llegado Juancar y Josemi para rescatarme de la pesadilla y llevarme a la reconquista de mi especialidad vía asalto al ministerio. Les cuento. Primero nos hemos provisto de otra botella de vodka donde los afganos, cosa cuya lógica no he entendido muy bien en su momento y que tampoco han querido explicarme. Luego hemos cogido un taxi a la carrera (NOTA: aquí cualquier coche puede ser un taxi. Hay taxis normales y gente que te lleva de un sitio a otro en su coche por un poco de dinero. Basta que salgas a la calle y saques la mano para que los coches se detengan. Le dices al tío a dónde vas y si le conviene te dice un precio a negociar. También se negocia el precio antes de subir cuando se trata de un taxi “normal”. Juancar me ha explicado que para comprar un coche los soviéticos tienen que a) demostrar que lo necesitan, b) apuntarse en una lista y c) esperar a que llegue su turno. Por eso ven el tema de una manera diferente a nosotros y le dan un uso más colectivo al vehículo. A mí me parece una marcianada, pero cuando se lo he comentado a Josemi se ha mosqueado y me ha dicho que está que te cagas y que es una solución para que la ciudad no se convierta en un caos insufrible de tráfico).

Lo exagerado de la aventura ha comenzado unos diez minutos antes de llegar al ministerio: Josemi y Juancar se han puesto muy serios y me han dicho que el conductor del coche no les daba buena espina y que era muy pero que muy chungo, motivo por el cual me han pedido que en cuanto me hicieran una señal abriera la puerta y saliera corriendo sin mirar atrás. Han sido los ¿minutos? más largos de mi vida, me he imaginado lo peor, que ese tío era un mafioso, que nos llevaba a un descampado para desplumarnos y descuartizarnos tipo psicópata de Canción triste de Hill street (mi viejo estaba enganchado).Yo qué sé. Josemi y Juancar estaban muy serios, sin hablar, mirando al tipo de reojo. Hasta que, tras detenernos en un semáforo, me han hecho la señal y he salido corriendo despavorido por las calles moscovitas. Tras unos segundos de angustiosa huida he mirado fugazmente hacia atrás y he visto a dos hijos de puta bajándose de un taxi muertos de risa. Lo del humor chusquero parece que no cesa. Bueno, vayamos a lo que de verdad importa…

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Um… camarada Osonov haciendo uso de taxi colectivizado. Moscú 1990

Hemos entrado en el ministerio. Indescriptible: un auténtico edificio tipo cojón estaliniano en el que, a juzgar por el mobiliario y la pinta de los funcionarios, el tiempo se ha detenido en los años setenta. Tremendo. Tras subir trece pisos a pata, una secretaria nos ha dicho que el subsecretario al que buscábamos no estaba (NOTA: como imaginarán, todo sucedía en ruso, por lo que yo entendía lo que Juancar me iba traduciendo). Tras soltarle una sonrisa de Profident y meterle cinco dólares en el bolsillo, la secretaria ha cogido su teléfono, ha marcado y, mira por donde, resulta que el señor subsecretario sí que está y que pueden pasar a verle. Antes de atravesar la puerta Josemi y Juancar me han frenado en seco, me han mirado muy serios y me han pedido les siguiera la corriente en todo momento y no me asustara. Eso sí, me han advertido que pasara lo que pasara no debía beber más de dos vasos de vodka. Glups. De esa guisa nos hemos plantado en un despacho presidido por una foto de Lenin y una bandera soviética, extrañamente combinadas con un retrato de un taciturno Jimmy Carter y un vaso de Coca-Cola del Mcdonalds con pajita que el menda exhibía como trofeo en una estantería. Curioso.

El subsecretario, un tipo gordo y sudoroso embutido en un traje marrón a rayas, corbata indescriptible y zapatillas de deporte, ha saludado efusivamente a Josemi. Lo primero que nos ha dicho es que no había nada que hacer con lo mío, que las cosas eran así con los extranjeros, que cada año cambiaban las normativas y que justo este curso los extranjeros no podían estudiar ingeniería nuclear. No había manera de hacerle cambiar de opinión y mis nervios se desataban a medida que Juancar me iba traduciendo las negativas del tipo. De repente, Josemi ha puesto una de las botellas de vodka encima de la mesa y ha sacado un mendrugo de pan negro y un trozo de arenque seco de un bolsillo. A los dos segundos ya estábamos brindando por la perestroika. Josemi ha vuelto a la carga con lo mío, pero el funcionario no aflojaba: imposible. Otro vodka y otro trozo de pescado con pan negro. La cosa no cambiaba. Otro vodka más, con el que yo he bañado disimuladamente la moqueta siguiendo órdenes de Juancar. Nada. Otro vodka más. Um… parece que tiene un amigo que quizá podría hacer algo. Josemi sirve otro vodka y le pone un billete de veinte dólares encima de la mesa. El tipo sonríe, coge la pasta y brinda “por la generalización de la educación superior a todos los pueblos del mundo”. Yo vuelvo a regar la moqueta, pero soy el único: Juancar y Josemi beben como esponjas y se doblan los vasos de vodka sin pestañear. Se ha terminado el pan y el arenque, a partir de ahora el trago será a palo seco. La botella también se ha acabado, Josemi le dice al funcionario beodo que por qué no hace él mismo el cambio de especialidad. ¡Para qué vamos a andar con intermediarios! El subsecretario balbucea que naranjas de la China. Juancar abre la otra botella de vodka y “bebemos” de nuevo. Yo ya estoy metido literalmente en un charco de vodka y mis compis han empezado también a arrojar vodka al suelo sin ser descubiertos. El camarada subsecretario tiene ya una melopea considerable. Tres vasos de vodka después, el hombre no se tiene en pié. En ese momento, Josemi se saca un papel del bolsillo, agarra la mano del semiinconsciente funcionario, y le hace firmar. Luego saca un sello de uno de los cajones de la mesa del tipo, lo estampa en el papel, sonríe y afirma solemne: “Lolito, bienvenido de nuevo a la ingeniería nuclear”. Me abraza. Compruebo que él también está bastante afectado por el alcohol (al igual que un colorado Juancar que esgrime sus dotes médicas comprobando el pulso del finalmente colapsado funcionario soviético). No salgo de mi asombro: en mis manos tengo un cambio de expediente oficial que me autoriza a estudiar mi querida ingeniería. ¿De dónde ha salido ese impreso oficial? ¿Por qué Josemi es tan colega del subsecretario? ¿Qué hacía esa foto de Jimmy Carter en el despacho? Ni puta idea. Yo ya tenía bastante con intentar secar mis calcetines tras el piscinazo fortuito de “agüita” (NOTA: Juancar me ha explicado que “bodka” es el diminutivo ruso de “boda”, que quiere decir “agua”. Estos rusos son unos cachondos). Lo importante es que vuelvo a la ingeniería nuclear. Esta noche llamaré a mi abuelo para darle la gran noticia. Eso si sobrevivo: Josemi y Juancar se han unido a Curro y al Cangas y andan borrachos perdidos por la residencia liándola parda. No sé que pensará Siria de todo esto, pero me temo lo peor. La tarde se presenta movidita…

Merceditas del Averno

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Viernes, octubre 12, 2007

Moscú, lunes 8 de octubre de 1990

El día ha pasado sin pena ni gloria hasta esta noche. Dos veteranos, Josemi y Juancar, se han interesado por mi desesperada situación vital y académica. Cuando les he contado el drama de mi cambio de especialidad, se han brindado a ayudarme a resolver el entuerto con la burocracia del Ministerio de Educación. La cita es mañana a las nueve. Me han pedido que tenga listas dos botellas de vodka, imagino que dan por segura nuestra victoria y querrán celebrarla a nuestro regreso. Yo no he bebido en mi vida, pero les he prometido acabar con todas las reservas alcohólicas del país si consiguen devolverme mi ingeniería nuclear. Otra cosa ha sido conseguir las botellas. Las tiendas están realmente esquilmadas y no hay manera de comprar vodka oficialmente, así que Josemi me ha mandado al mercado negro. Además, me ha contado que las tiendas están vacías porque la mafia y un sector pro-capitalista del PCUS (el partido comunista en el gobierno desde hace miles de años) está boicoteando a Gorbachov: bloquean la distribución de alimentos y secuestran todos los productos para poner a la población en contra del presidente y su perestroika. Las malas lenguas dicen que en Siberia hay almacenes repletos de comida muerta de risa…

Lo del mercado negro es la leche. Imagínense un inmenso mercado paralelo que está por todas partes y en el que puedes encontrar de todo. En la residencia, por ejemplo, hay unos afganos que te consiguen lo que les pidas y te cambian dinero: si en el banco te dan cinco rublos por un dólar, ellos te dan quince. Así que si vas al banco es que eres o gilipollas o prosoviético. Eso sí, debes asegurarte de que “las gemelas” no te pillen haciendo uso del mercado paralelo: corres el riesgo de que te denuncien a las autoridades y den parte a la Asociación de Amistad España-URSS. Lo de la asociación vale, pero lo de las autoridades no acabo de entenderlo del todo, porque aquí todo dios está pringado en transacciones turbias y sobornos varios, incluidos policías, militares, burócratas y, por supuesto, políticos. Bueno, el caso es que los afganos de la residencia me vendieron las dos botellas de vodka y me obsequiaron con una barra de un presunto salchichón soviético llamado kalvasá. Buena peña estos afganos.

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Un moscovita trata de librarse de una multa con un soborno. Moscú 1990

Como no me podía dormir por los nervios, he convencido a mis compañeros de habitación de que era hora de armarse de valor y afrontar el tema de la higiene. El olor era ya insoportable y los sirios nos habían amenazado de muerte si no poníamos fin a nuestro abandono. Aterrados, hemos descendido al averno en busca de las duchas. Créanme que la estampa era dantesca: Agus, un enorme y peludo estudiante ovetense de historia armado de una cachiporra y un escudo casero; dos temblorosos matemáticos comunistas de Cocentaina; Manolo, el veterinario turolense, chocando a troche y moche con todos los objetos y gentes que íbamos encontrando por el camino: había decidido dejar sus gafas de culo de botella en la habitación para no ver el destino que nos esperaba allá abajo; y, por supuesto, mi enclenque persona jienense, tiritando de pánico, arrastrando una pastilla de jabón lagarto de dos toneladas, embutido en el albornoz de paño con el que me había castigado mi abuela y que me impedía realizar movimiento alguno en caso de ataque. El esperpento personificado, vamos, o tal y como lo definió Agus, “la metáfora más acabada del 98, viva imagen de la derrota patria”. Este Agus, además de ser inmenso y roncar de manera inhumana, anda regalando frases solemnes de ese tipo, amén de dar el coñazo una y otra vez con una revolución que hubo en Asturias en el año 1934 (para mí que se lo ha inventado) o repetir como un loro que “en 1937 Cangas de Onís fue saqueada más que Guernica: las tropas nacionales la bombardeaban a diario por ser el centro logístico del ejército republicano”, motivo por el que ha sido bautizado como “el Cangas”.

El caso es que hemos logrado descender hasta las duchas de esa guisa y, lo crean o no, hemos conseguido cumplir con la higiene personal. Eso sí, contra todo pronóstico, lo más aterrador que hemos encontrado allí abajo no han sido las ratas rabiosas o las inmensas cucarachas sino a Merceditas, una poco agraciada mujer natural de Tordesillas. Bien. Yo también me pregunto lo mismo: ¿Qué hace una mujer de Tordesillas en unas duchas moscovitas repletas de musculosos estudiantes africanos? ¿Quién es esta mujer?…

Bueno, según parece, Merceditas tiene unos cuarenta años. Aunque iba para monja de clausura, un buen día se fugó del convento en el que había residido desde su más temprana juventud. ¿El motivo? Según ella, tuvo una revelación mientras fabricaba los polvorones de anís de los que vivía su orden religiosa. Vamos, que se le apareció la virgen. Y no sólo eso: la virgen le dijo que tenía que conocer la estepa, motivo por el que Merceditas se plantó en Moscú en el año 1975 con la descabellada idea de realizar estudios de teología en el único país del mundo, a excepción de Albania, que le ha puesto un museo al Ateismo. Ignoro si esta chica tiene familia vasca, pero todo apunta a que sí… (Nota: El museo del Ateismo está en Leningrado, en una antigua catedral, la cuarta más grande del mundo. Dicen que tiene una reproducción flipante del mítico experimento con el que Foucault probó la rotación de la Tierra alrededor de su eje. He de visitar ese sitio).

Aunque Merceditas no nos ha contado nada más, los veteranos nos han dado más información: la chica consiguió una beca para estudiar filosofía en la Universidad de Jarkov (la segunda ciudad más importante de Ucrania), doctorándose en, agárrense, marxismo-leninismo, con una tesis sobre “Materialismo y dialectos” o algo así; una movida muy comunista, vamos. Cuando estaba a punto de doctorarse, Merceditas se enamoró perdidamente de un estudiante ugandés. Bueno, pues, cuenta la leyenda, que el menda tenía una tranca tan descomunal que las relaciones sexuales se convirtieron en un suplicio: no tuvieron más remedio que darse a la castidad durante dos años, hasta que el africano sucumbió a los encantos de una compatriota que estudiaba enfermería… Merceditas quedó destrozada. Desde entonces, arrastra un trauma en forma de obsesión enfermiza por los estudiantes africanos, a los que se beneficia siempre que puede. De ahí que viva en un piso cercano a la Universidad Patricio Lumumba, donde es profesora de Filosofía (rodeada de alumnos senegales, keniatas, congoleños y ugandeses), y se la suela ver por las duchas cuando viene de visita…

Entre la excursión de mañana para tratar de solucionar mi cambio de especialidad y los personajes que pululan por esta residencia, fijo que esta noche tengo pesadillas. Aunque no creo que lleguemos a pegar ojo: Agus se ha pimplado una de mis botellas de vodka y anda aterrorizándonos con sus historias de “la heroica resistencia asturiana”. Apañados estamos.

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Universidad Patricio Lumumba. Moscú 1990

Comida “rápida”

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Jueves, octubre 04, 2007

Moscú, domingo 7 de octubre de 1990

Antesdeayer unos estudiantes veteranos nos propusieron ir al nuevo McDonalds. Como los novatos no habíamos olido la carne desde que llegamos a la URSS nos pusimos eufóricos. Provistos de nuestras bolsas, por lo que pudiera pasar, salimos a la caza de la, ejem, proteína animal. Bueno, la excursión del comando hispano al gran símbolo del enemigo capitalista en Moscú fue inenarrable. Yo ya sospeché que algo raro pasaba cuando salimos para allá a las cuatro de la tarde (¿No es un poco pronto para ir a cenar?). Bien, al llegar nos encontramos con una cola kilométrica (literalmente) que daba dos vueltas a la plaza. Cuatro horas más tarde (también literalmente) conseguimos aproximarnos a la puerta. Eran las diez y pico cuando entramos. Hora de cenar, en efecto…

Pero lo peor no fue el tiempo de espera, sino lo que dio de sí…

Primero, una descripción sucinta de los miembros del comando hispano: León y Víctor, dos raudos estudiantes de matemáticas de Cocentaina (becados por un ente llamado Partido Comunista de los Pueblos de España); Edu, un biólogo de Totana que lleva aquí cinco años y está casado con una rusa; Isabel y Marga, dos jóvenes madrileñas estudiantes de arqueología y fisioterapia que se ríen por todo; Manolo, un turolense que estudia 4º de veterinaria y ve menos que Pepe Leches; Mario, un aspirante a odontólogo de la misma ciudad (aunque si se lo dices se mosquea y afirma que él es de Vallekas, así, con k); Gorka, un vasco de Andoain que viene a estudiar Derecho (sí, amigos, Derecho-en-la-Unión-Soviética. Ojo: parece que existe cierta tendencia entre los vascos a elegir carreras cuyo contenido no sirve para nada más allá del telón de acero); Toni, un estudiante cubano que se ha unido a la excursión (ya les hablaré de la comunidad cubana, hay miles y miles y están por todas partes. De momento digamos que éste debe tener antepasados en Tolosa: lleva tres años en Moscú estudiando, redoble de tambores, ¡Publicidad!); y, por último, y por error, Dolores y Rosa, dos hermanas gemelas a las que su padre envió a este país con once años. Su progenitor es uno de los jerifaltes de la Asociación de Amistad España-URSS. Los veteranos aseguran que las gemelas espían a la comunidad hispana y pasan informes secretos a las autoridades soviéticas y a la asociación. La verdad es que son algo siniestras.

Repasada la alineación hispano-cubana, vayamos a los hechos:

Todo comienza cuando uno de los matemáticos de Cocentaina asegura haber visto a las gemelas en la acera de enfrente. La noticia desata el pánico de los veteranos, que corren despavoridos al grito de “agua, agua… Beria, Beria” (grito de guerra oficial para advertir de la presencia de las gemelas cuando se está en una situación contraria a los principios y prácticas del marxismo-leninismo), con tan mala suerte que, en su huida, Manolo derriba a una anciana obesa que rueda unos metros cuesta abajo hasta caer, literalmente, en una zanja. La bronca con el marido de la señora queda para los anales de la guerra fría: intervención de la policía (que aquí se llama “milicia”) y amago de detención de Manolo, neutralizada gracias a los dólares que los veteranos introducen en los bolsillos de los agentes. Parece que el soborno es práctica común por estas tierras…

Una vez recompuesto el grupo y tras más de dos horas de cola conseguimos acceder al establecimiento de comida norteamericana. Dentro compruebo con estupor que gran parte de las familias que habían hecho cola no entraban para comer, sino para ver y oler el establecimiento. ¡La peña va de excursión al McDonalds como el que se va a tocar a un santo! Flipante. Como muchos no tienen “guita” para pagarse la comida, se dan una vuelta, te ven comer y se vuelven pa casa. Eso sí, ya pueden decir a sus vecinos que han estado en el McDonalds. Algunos se dedican a esquivar a los (numerosos) matones para intentar sisar papeo bien de las papeleras bien de las sobras de tu plato. Entre los que sí pueden acceder al maná capitalista hay tres clases bien diferenciadas:

1) La masa autóctona: suelen pedir una ración pequeña de patatas y un vaso de agua y se tiran media hora degustando lentamente el menú. Frente a nuestra mesa había un matrimonio con un niño pequeño y una abuela. Los tres adultos salivaban mientras observaban al pequeño degustar al ralentí un diminuto pastel de manzana. Juro que la anciana miraba con odio al retoño.

2) Los extranjeros: colectivo compuesto por estudiantes, personal de las embajadas y empresarios que han llegado al reclamo de los nuevos negocios surgidos al calor de la “Perestroika” y el desarrollo de la economía mixta. Esto me lo ha contado Mesa, un estudiante de economía de Bilbao (Nota: Sí, yo también me lo he preguntado: ¿quién coño se va a un país socialista a estudiar economía? Pues uno de Bilbao. Pero lo más exagerado de Mesa no es eso, sino su gafe. Es algo que te advierten a la mínima los veteranos: a Mesa ni tocarlo, da mala suerte. Han prometido darme detalles de su extensa biografía de desastres e infortunios).

3) Mafiosos y burócratas corruptos que han acumulado algo de dinero y aspiran a convertirse en los nuevos ricos de esa economía mixta: dan mucha grima y son más horteras que Travolta, pero en malo malísimo. Al parecer la mafia está creciendo como la espuma, dentro y fuera del Partido (aquí todos los políticos son del mismo, no hay otro).

Resumiendo: entre sirios desquiciados, hongos galopantes y mafiosos esteparios, la cosa se está poniendo chunga. Esto promete…

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Cola gigante en el primer McDonalds de la URSS. Moscú. 1990