Archivo de 28 septiembre 2007

Pan negro y cola

Por admin

Viernes, septiembre 28, 2007

Moscú, sábado 29 de septiembre de 1990

Llevo tres días deprimido. Casi no he salido. Me dedico a deambular cabizbajo por la residencia y a atracarme de ensalada de remolacha y pepino, único alimento ofertado en el comedor desde hace unos días. Dicen que pronto volverán las salchichas, el queso insípido y los huevos fritos de las primeras jornadas. Eso espero. Comienzo a echar de menos el potaje de mi madre. Tomo conciencia de que la alimentación va a ser un problema. Nunca he sido de mucho comer, pero la cosa pinta muy mal por varias razones: 1) Estos tíos no han visto una aceituna en su vida y aquí sólo usan aceite para engrasar las máquinas: cocinan con mantequilla. Casi ná. Pienso en los olivos de mi abuelo y me entran ganas de llorar. ¿Cómo se hará un gazpacho con mantequilla? 2) No sé con qué cojones hacen el pan, pero es negro como el carbón (sin coñas). Y sabe muy pero que muy raro. 3) En las tiendas no hay mucho papeo. Me aseguran que no siempre es así y que ha habido épocas de abundancia pero lo que es ahora los escaparates están más tiesos que la mojama.

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Tienda de comida en el centro de Moscú. 1990

Enfrente de la residencia tenemos un almacén de comestibles muy cañero. Cada vez que voy flipo en colores por varios motivos:

a) No acabo de entender del todo el sistema para comprar. Se hace al revés que en España: aquí se paga primero y luego se pide lo que uno quiere. Que venga alguien y me lo explique. Misteriosamente, todo funciona como la seda. Lo que me aterra son las cajeras y las dependientas. Lo de menos es que todas tengan bigote. Lo de más es la mala hostia que gastan. Es como si te estuvieran haciendo un favor; o mejor dicho: es por qué te-están-haciendo-un-favor. Según me han contado, aquí todos son funcionarios, todo dios tiene el empleo y las habichuelas aseguradas, así que el que da un palo al agua es porque quiere. Bien pensado, no me extraña que las dependientas estén mosqueadas…

b) Te envuelven lo que compras en papel de estraza y usan los envases de tetrabrick a troche y moche, cosa que me fascina. En el cole llegué a escribirle una oda a Ruben Rausing y al envase tetraedro cuando iba a 8º de EGB. Un flipe lo de mezclar cartón con polietileno y aluminio para meter alimentos. Un crack ese Rausing. Ahora que en materia de flipes la palma se la lleva el ábaco. Las cajeras te hacen las cuentas provistas de un ábaco de madera que manejan con enorme destreza. Me alucina que una peña capaz de mandar naves espaciales automáticas a Venus o fabricar el RBMK, acojonante reactor nuclear de canales de alta potencia para la producción de plutonio, siga haciendo la cuenta de la vieja con un utensilio de madera del año de la tana.

c) Las cosas no tiene marca, o sea, que en un cartón de leche sólo pone eso, leche. Y así con casi todo. He visto caramelos y chocolates en el mercado negro que sí tenían marca pero está claro que aquí no saben lo qué es la publicidad. No hay anuncios ni en la tele, ni en los periódicos, ni en la calle. ¡Qué flipe! Aún así, los veteranos dicen que las cosas están cambiando desde que está Gorbachov, ese tío calvo con un mapa del mundo dibujado en la frente. Al parecer, la “Perestroika”, así llaman a lo que está haciendo este notas desde que se proclamó presidente hace cinco años, ha traído la Coca Cola y el McDonalds a los moscovitas.

Moscú, jueves 4 de octubre de 1990

Lo de los refrescos en este país es la caña. Como no hay bares y la gente acostumbra a pillarse las curdas en casa, las calles están llenas de enormes máquinas de refrescos. Enjuagas un vaso de cristal, metes unos pocos Kopeks (céntimos de rublo, la moneda oficial) y tienes tu ración de “Napitok” o de “Kvas”. Aunque a primera vista parece agua sucia, el Napitok es el resultado de hervir mucha fruta en agua (luego se enfría). Alimenta mucho y está que te cagas. El Kvas es la bebida nacional de Rusia, harina de centeno y manzanas fermentadas. No está mal y además tiene un poco de alcohol; si soplas de lo lindo puedes llegar a colocarte. Me molan estas máquinas, tendrían que ponerlas en la plaza de mi pueblo para joderle el negocio a ese rata de Sebastián Palomo, que regenta el bar principal. Tiene empleado a un sobrino que es tuerto. Cuenta la leyenda que su tío le sacó el ojo de una hostia el día que le pilló metiendo la mano en la bandeja de los panchitos. Se le iba a acabar el negocio al cabrón ese si se pusieran estas maquinas en la plaza…

El caso es que muchos rusos llevan siempre un vaso encima: no se fían de los que llevan las máquinas. ¿Qué dónde los guardan? En las bolsas con las que siempre cargan. Como las tiendas están medio vacías y nunca sabes cuándo vas a poder encontrar papeo en condiciones, los rusos llevan siempre una bolsa en el bolsillo, por si acaso. Se dice que el ruso está compuesto de tronco, cabeza, extremidades y bolsa. En serio, nunca salen sin ellas. Pero volviendo a los vasos de las máquinas de refresco: Ana, una chica de Madrid que estudia geología, se pilló unos herpes tremendos hace dos meses tras beber Napitok de la maquinita. La verdad es que me tienen acojonado con lo de los hongos. Pillarlos es el deporte nacional y todo dios te dice que tengas cuidado. La otra noche me desperté sudando como un pollo tras una pesadilla hongoliana: un champiñón gigante aficionado al flamenco me arrancaba la piel a tiras para hacerse las cuerdas de su guitarra. Todavía recuerdo su risa histérica mientras me hacía trizas. Monstruoso. Los estudiantes de medicina dicen que tenemos las defensas bajas debido a la (mala) alimentación; es decir, que cualquiera puede ser el siguiente. Ay…

Lo que más me flipa de las máquinas de refrescos de la calle son las colas que se forman en algunas. Eso es señal de que tienen Pepsi. Hasta la llegada de Gorbachov, Pepsi tenía el monopolio de las bebidas de cola en la URSS, conseguido tras la visita de Nixon a Moscú en 1972. Es la hostia, los soviéticos tienen unas bebidas naturales muy guapas y se matan por agua con burbujas y colorante. No quiero ni pensar qué va a pasar cuando esas máquinas empiecen a dispensar Coca Cola. Seguro que habrá tumultos. Aunque para colas las que hay en el McDonalds que abrieron hace un mes en la Plaza Pushkin. Es el único que hay en todo el país…

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Máquinas de refresos. Moscú. 1990

Peligros habitacionales: segunda entrega de los diarios de Lolito

Por admin

Viernes, septiembre 21, 2007

Moscú, lunes 10 de septiembre de 1990

Pues sí, amigos. Aquí estamos, yo, Lolito Cohete, un joven de Torreperogil que lo más lejos que había viajado era a Sevilla a la comunión de una prima, perdido en la ciudad de Moscú, en una destartalada residencia de estudiantes en la Avenida Lomonosov, sin hablar ni papa de ruso y, para colmo, despojado por obra y gracia de la burocracia soviética del motivo por el que he recorrido miles de kilómetros abandonando a los míos: estudiar Ingeniería Nuclear.

Empecemos por describir la residencia para becarios extranjeros en la que me alojo. Los estudiantes españoles más veteranos nos han contado que el edificio fue construido por prisioneros nazis durante la Segunda Guerra Mundial. Se cuenta que las duchas no han sido tocadas desde entonces. Ni las salas de los sótanos donde los estudiantes almacenan sus pertenencias durante los períodos de vacaciones. La enigmática señora encargada de su vigilancia fue bautizada hace años como “Karaleva Tarakanov”, “la reina de las cucarachas”. Todos los estudiantes con los que he hablado recuerdan la recogida de pertenencias como una pesadilla selvática con sus ratas, chinches, pulgas y unas cucarachas marrones que están por todas partes. No es de extrañar. Una estudiante de Bilbao que lleva en Moscú casi cinco años me ha contado que los rusos acostumbran a echar cucarachas cuando se instalan en una casa. ¡Dicen que dan buena suerte! Y no es la única cosa rara que hacen en sus casas: también colocan las alfombras en las paredes en lugar de en el suelo. Así logran calentarlas un poco cuando el invierno aprieta. Eso sí, según dicen, aquí el Estado se ocupa de que la gente no pase frío ni de coña. Al parecer, los pisos están preparados para soportar temperaturas glaciares y la calefacción y el agua caliente son gratuitas para todo quisqui. La gente tiene también luz, gas y teléfono prácticamente por la cara. Vaya chollo.

Pero pasemos de las leyendas urbanas moscovitas a la acción. Provisto del albornoz de paño que mi abuela se empeñó en meterme en el equipaje (junto a cuatro pastillas de jabón Lagarto de medio kilo cada una y dos estropajos de esparto) me encaminé hacia las duchas hace tres días. En el hall del edificio, la impertérrita vigilante de brazalete rojo, que parece residir allí y tener unos 140 años, me indicó que las duchas estaban en el sótano. Bajé la primera escalera y la luz comenzó a ser tenue. Bajé la segunda y todo se hizo negro como un abismo. Al llegar al sótano busqué un interruptor y me topé con la oreja de un estudiante portugués que subía a la carrera y a medio enjabonar. ¿Huía despavorido? Logré entenderle algo parecido a un “o averno, o averno… bestias pretas e peludas” antes de que saliera a la superficie perdiendo la toalla y las chancletas por el camino. No obstante, me armé de valor y encaré el corredor oscuro. Al fondo una tímida luz y una densa capa de vapor parecían indicar que las duchas andaban por allí. Bien. En ese momento, una rata de medio metro se atravesó en mi camino y me enseñó sus colmillos amenanzantes. Dios, “o averno”. Entonces aprendí que las ratas pueden ponerse a dos patas para defender su territorio con la agilidad de un luchador de Kung Fú… Salí de allí cagando leches. No he vuelto. En realidad ninguno de mis compañeros de habitación ha osado jugarse la vida accediendo a las duchas, ejem… desde hace días. El ambiente está más que cargadito en el cuarto. El aire comienza a hacerse irrespirable. Temo dormirme y no volver a despertarme.

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Lolito con uno de sus compañeros de cuarto en la residencia de la Avenida Lomonosov

Moscú, miércoles 12 de septiembre de 1990

No hay mucho que contar de los últimos dos días. Cultivo la paciencia a la espera de que se produzca el milagro y las autoridades soviéticas cambien de opinión. ¡Ojalá me permitan estudiar lo mío! Ayer dos estudiantes veteranos me dieron esperanzas. Vamos a esperar una semana a ver si hay novedades del Ministerio; si no, dicen, habrá que emplear “métodos expeditivos para lograr el objetivo”. Lo que sea con tal de recuperar el sentido de mi viaje. Alucino con el buen rollo que hay entre los estudiantes españoles. Todo el mundo te ayuda y se preocupa de tus cosas. Mola.

Como no tengo mucho que contar, voy a seguir con la descripción de la residencia en la que vivo. Aunque el inframundo de las plantas subterráneas de la residencia es un tanto inhóspito, el sitio no está mal, es confortable y el ambiente es agradable. Se puede estudiar y siempre encuentras a alguien con quien conversar. Además, hay dos chipriotas de Akrotiri, estudiantes de Ingeniería Química, con los que me paso las horas discutiendo sobre motores de combustión. Ya hemos llenado varias decenas de servilletas con fórmulas y logaritmos. La pena es que, entre que el más espabilado es medio tartamudo y que mi inglés de BUP deja mucho que desear, la comunicación no fluye todo lo bien que desearía.

Con todo, la vida en la residencia tiene sus riesgos. Tres son los lugares donde se concentran con mayor intensidad: las duchas, las cocinas y los baños/retretes compartidos que hay en cada planta. Las cocinas son algo así como el escenario de un violentísimo choque cultural. Tras visitar la cocina de mi planta, convertida en vertedero irrespirable debido a la acumulación de basura, he sido advertido de la existencia de una alianza hispano-árabe contra la comunidad gastronómica hindú-africana y sus peculiares usos y costumbres en materia de producción de mierda. Básicamente tiran todos los desperdicios al suelo, convirtiendo la cocina en una pocilga imposible de usar. Hace unos días se desató una guerra entre hindúes y sirios cuando un estudiante de ese país, tras pisar una monda de patata, se dio de bruces contra el suelo: cuatro puntos de sutura en la cabeza y un brazo roto. En defensa de los pobres hindúes, que recibieron de lo lindo, hay que decir que los sirios se muestran especialmente violentos y no se llevan bien con casi nadie. Tienen cierta tendencia a transformar cualquier tipo de utensilio en un arma arrojadiza y/o cachiporra para arremeter contra cualquiera, a la mínima oportunidad, sin motivo aparente. Me dan miedo los sirios, mucho miedo. Pero con los que se llevan realmente mal es con palestinos y libaneses: están a palos todos los días. Me han intentado explicar los motivos. Al parecer, los árabes consideran a los sirios unos traidores a su causa (no tengo ni idea de este tema, sólo se que los árabes están a piñas con los israelíes desde hace unos mil años. Por suerte en la residencia no hay israelitas).

Vayamos con otro de los espacios peligroso de la residencia: los baños. Se trata de unos amplios habitáculos provistos de lavabos y excusados. En cada planta hay dos, uno para chicos y otro para chicas. Como indica el tópico, los de los chicos están infinitamente más sucios que los de las chicas. Tanto es así que usar el retrete supone un deporte de altísimo riesgo. Rozarse con algo, lo que sea, puede traer consecuencias irreversibles. Un estudiante de Logroño llamado Luisma (aunque conocido aquí como “Brezhniev” por sus prominentes cejas) pilló unos hongos debido a un roce fortuito con el inodoro. Lo peor es que 1) no hubo manera de convencer a su novia, una estudiante de psicología de Badalona hipertensa, de que su churri había contraído el desbarajuste genital sin ayuda externa (Nota: le acaba de abandonar); 2) Lo único que le recetaron en el dispensario de la universidad fue que la metiera en una taza con té negro templado tres veces al día. Extrañado y escéptico, el camarada Brezhniev comenzó con el tratamiento. Tras varias semanas infructuosas en las que los picores y el fuego interior le llevaron a pasar las noches llorando, maldiciendo al Reino de Fungi y fantaseando sobre una posible auto amputación del miembro, Luisma abandonó el disparatado tratamiento; para entonces, “la cosa” estaba ya estropeadísima…

Trolebus Lomonosov

Trolebús en la Avenida Lomonosov

Moscú, sábado 15 de septiembre de 1990

Sin novedades en el frente por la conquista de mi derecho a la carrera de Ingeniería Nuclear. Estoy realmente de los nervios. Mejor prosigamos con el segundo peligro (más extremo, aunque cueste creerlo) que afrontas cuando haces uso del excusado en la residencia.

Digamos que el clima chusquero que caracteriza en ocasiones a los estudiantes españoles incluye una producción colectiva de pánico nada desdeñable. Entre el repertorio disparatado de usos y costumbres de la comunidad hispana, amén de unos “Campeonatos Mundiales de Mus de la Unión Soviética” en los que se suelen jugar las cartillas de racionamiento mientras se dilucida (hasta límites insospechados) la rivalidad territorial patria, se encuentra la auténtica pesadilla que acecha la vida de los residentes españoles: la práctica conocida como “joder la cagada”. Um… por decirlo en pocas palabras: en este sitio cagar es una actividad que requiere de una clandestinidad absoluta y del máximo de los secretismos. No te puedes fiar de nadie, la vigilancia es constante: centinelas anónimos pululan por las inmediaciones de los mingitorios en busca de algún incauto. Créanme si les digo que es realmente espantoso. Cuando algún estudiante es sorprendido haciendo equilibrios sobre la taza del water (recuerden que hay que defecar de pie para evitar rozamientos) la noticia corre como la pólvora. En cuestión de segundos, todo aquel que se encuentra en la residencia llega sigiloso hasta las inmediaciones del excusado provisto de las inmundicias y alimentos putrefactos que ha acumulado en su habitación durante semanas a la espera del GRAN MOMENTO. A la voz del chivato, todos los españoles vierten sus basuras pestilentes sobre el “pringao” de turno, que, para regocijo de sus compatriotas, sale del retrete en un estado lamentable. Cuentan que Miguel Arrope, más conocido como “el Fuli”, un estudiante de filología de Almería, fue sorprendido una vez mientras cagaba. Al escapar del acoso criminal, con los pantalones por las rodillas y llorando como una magdalena, toda España pudo ver su miembro cubierto con un condón (para evitar cualquier sobresalto en materia de candidiasis y organismos pluricelulares en general). La gracia es que desde entonces muchos de los que se rieron del pobre Fuli han adoptado la costumbre de cagar con condón. Dado que con los preservativos soviéticos resulta imposible la realización del acto amatorio por a) su descomunal e incomprensible tamaño, b) el grosor extremo de su plástico (según algunas fuentes, no es otra cosa que goma recauchutada reciclada de neumáticos viejos), y c) la inexistencia total de lubrificante, que hace del roce una experiencia inolvidable de irritaciones y dolores insoportables, el bueno de Fuli refundó la utilidad de las gomas convirtiéndolas en sentidas compañeras de atascos estomacales…

No obstante, los peligros que se derivan de los baños colectivos no sólo tienen que ver con su uso; vamos, que no es necesario usarlos para verse salpicado por efectos colaterales. Los baños de chicas de la cuarta planta están catalogados como de alto riesgo. Pasear por sus alrededores o encontrarse por las escaleras que dan al cuarto piso resulta extremadamente peligroso cuando las estudiantes hindúes hacen uso de ellos. Esas enigmáticas chicas, provenientes del medio rural, han sido educadas en una práctica del baño fluvial apegada a la naturaleza y les está costando un poco adaptarse a las costumbres urbanas. Su manera de bañarse es sencilla: se juntan todas, cierran a cal y canto las puertas del baño, tapan cualquier resquicio con toallas mojadas, atrancan los lavabos y… ¡abren todos los grifos a tope! Cuando los baños se han inundado a modo de lago y el agua les llega por la cintura, las hindúes gozan de su aseo. Hasta aquí, nade grave, salvo por las goteras que originan. Lo realmente peligroso llega cuando, al terminar con su higiene personal, abren graciosamente la puerta provocando descomunales cascadas que inundan todos los pisos y convierten las escaleras en un parque acuático intransitable y multicultural. Pero no hay manera de convencerlas ni de llegar a ningún acuerdo. Esa es su forma de bañarse y punto. Claro que los amigos sirios ya andan organizando el asalto. Me temo lo peor…

primera postal de lolito

Primera postal enviada por Lolito a sus padres

Un hombre llamado Cohete

Por admin

Lunes, septiembre 17, 2007

¿Recuerdan el extraño caso de Lolo Romero? ¿No? ¿Y si les decimos que estamos hablando de Lolito Cohete? ¡Coño, Lolito! Echemos la vista atrás: Lolo Romero era un joven jienense tan obsesionado con el milagro científico-técnico soviético que en 1990, en pleno colapso del régimen socialista, decidió irse a estudiar ingeniería nuclear a Moscú. Romero se hizo popular en 1992 tras ser deportado acusado de tenencia de material radioactivo. Poco después de su regreso a España, Lolo, acosado por la prensa, desapareció sin dejar rastro. O casi: su ropa apareció junto a la orilla de una playa gaditana. Y nunca más se supo… hasta hoy. Hace unas semanas alguien hizo llegar a la redacción de LDNM los míticos diarios perdidos del viaje a la URSS de Lolito Cohete. Por favor, no pierdan detalle de este folletín por entregas…

Mi nombre es Lolo Romero, aunque todo el mundo me conoce como Lolito Cohete. Algunos piensan que este apodo me va que ni pintado. Puede ser, pero creo que hay una frase que me cala mejor: siempre llego tarde a todas partes. Y no soy consciente de ello hasta que es… demasiado tarde. En fin, aún a riesgo de demorarme una vez más, antes de pasar a contarles mi viaje a la Unión Soviética (que no a Rusia, como dicen por ahí) me gustaría repasar algunos episodios de mi pasado remoto. Que conste que no lo hago para tratar de justificar desvaríos posteriores, lo hecho, hecho está, sino porque creo que antes de embarcarse en este viaje deberían conocer cómo empezó todo.

Ramón y Lolito Romero

Mi abuelo por parte de madre se llamaba Ramón Romero. Era el manitas del pueblo. Desde joven arreglaba los pocos aparatos mecánicos y eléctricos que existían en la comarca. Cuando estalló la Guerra Civil, Ramón, enrolado en las filas republicanas, recibió instrucción técnica del ingeniero soviético Gari Kutusov. Mi abuelo no entendía de política pero sí de cachivaches: cayó profundamente enamorado de la correa de transmisión de un carro de combate ligero T-26, de las lentes de unos prismáticos Zeiss 8×25 y de los revolucionarios consejos de agronomía que le daba Kutusov para sacar un máximo rendimiento por hectárea a nuestro erial. El fin de la guerra trajo consigo el hambre y la autarquía. Más tarde, Ramón, sin ser consciente de ser el primer jienense en practicar el espionaje industrial, se dedicó en cuerpo y alma a intentar conseguir todas las piezas necesarias para construirse una pequeña tanqueta ligera inspirada en el T-26 a la que pretendía añadir un arado de reja para humillar con su abrumadora productividad al tractor americano que circulaba por el pueblo de al lado. Fracasó en este empeño. No, en cambio, en sus esfuerzos por inculcarme el gusto por la mecánica autodidacta de altos vuelos. Cuando cumplí ocho años me regaló una suscripción vitalicia a la edición venezolana de la revista Popular Mechanics y pronunció por primera vez la frase con la que siempre daría por terminada cualquier evaluación de mis progresos tecnológicos: “Para no ser ruso tiene un pase”. Y ahí empezó todo… Siendo ya un adolescente, llegar a fabricar aparatos que merecieran la calificación de rusos se había transformado en una obsesión: en lugar de perseguir a las chicas del pueblo –sí, también llegué tarde a la pubertad– me dedicaba a fabricar pequeños ingenios nucleares en el antiguo establo de la casa familiar y a seguir cursos de ruso por correspondencia en los que sólo aprendí dos frases “Dimitri se solaza en su dacha” y “¿Camarada, dispone usted de pequeñas dosis de uranio para mi reactor casero?”. Mis padres me miraban preocupados: tenía un hobby bien raro, no tenía amigos y, para colmo, soltaba frases en ruso sin venir a cuento. Por entonces, todo el pueblo me conocía ya como Lolito Cohete. El caso es que mis resignados padres acabaron por dejarlo estar; después de todo, mis notas en matemáticas y ciencias eran excelentes. Así que pronto se me quitaría la tontería de la cabeza y empezaría a ayudar a mi padre a labrar el campo. ¡Que buena falta hacía! Cuando terminé el instituto, mi destino era estudiar ingeniería nuclear en Madrid. Una carrera decente, para no ser rusa. El 3 de julio de 1990 me desplacé a Madrid a buscar alojamiento para el curso siguiente. Allí se produjo la epifanía. Una enorme marquesina en la Gran Vía anunciaba: BECAS EN LA UNIÓN SOVIÉTICA. El dispensario de becas estaba justo al otro lado de la acera, en la sede de la Asociación de Amistad España-URSS (AAEU) (Nota: meses más tarde, entre nevada y nevada, me enteraría de que Ramón María del Valle-Inclán fue nombrado presidente de honor de la asociación en 1933). No habían pasado veinte días cuando sonó el teléfono rojo de Torreperogil (Jaén): “Le anunciamos que su hijo Manuel Romero Rotor ha recibido una beca de la AAEU para ir a estudiar una ingeniería a la Unión Soviética y deberá de personarse en diez días en nuestra sede de Madrid… ¿Señora? ¿Sigue ahí?” En fin, no voy a entrar ahora en detalles sobre el drama que se desencadenó entonces, sólo diré que los días anteriores a mi partida, el rudo agricultor anteriormente conocido como mi padre se había convertido en un fino analista político. “Lolo, ¿tú sabes lo que está pasando en Rusia?”. “Padre, se llama Unión Soviética. ¿Cuántas veces se lo tengo que decir? Son quince repúblicas federadas. Rusia es sólo una de ellas. Y sí, padre, sé perfectamente lo que está ocurriendo en la URSS: una revolución científico-técnica”.
DÍA 1 Madrid, 31 de agosto de 1990. Hoy voy a coger mi primer avión: un Airbus A-320 de la compañía Aeroflot. Todos son novedades. Nadie me había dicho que el control de equipajes no se hace en el aeropuerto sino en la sede de la AAR unas horas antes de partir. Un funcionario soviético inspecciona allí los bultos de los veinte estudiantes becados por la AAR. Tras revisar mi equipaje, el funcionario decide confiscar mis discos de “música extranjera”. Buf, largo curso me espera sin mis discos de rock…

El aterrizaje

“¿Que no has traído nada de comida? ¿Estás de coña, no?” Durante el vuelo, los otros becados me miran como si estuviera loco por no llevar víveres para seis meses. ¿Dónde se creerá esta gente que vamos? ¿Se tratará de algún tipo de histeria debida al mal de altura? Pero, ay, tanta unanimidad ante mi supuesta falta de previsión me deja algo pensativo. ¿La estaré cagando? ¿O será que esta peña jala mucho? El caso es que a base de darle vueltas se me pasó el vuelo volando. Ya casi estamos. ¡Qué nervios! 17:38 h. Me resulta difícil describir con palabras lo que sentí cuando se abrió la compuerta del avión y comencé a bajar las escalerillas. ¡Qué alegría! ¡Qué emoción!… ¡Qué frío, joder! ¡Qué frío! Por suerte mi cuerpo no tardó en entrar en calor. Y es que, ¡qué reconfortante sensación la de ser recibidos por dos funcionarios del Ministerio de Educación con sus gorros de piel con orejeras y sus abrigos de enormes solapas rematados en cuello peludo. ¡Por fin estoy entre rusos de verdad! Tras presentarse, el camarada funcionario nº 1 decide romper el hielo en inglés y de un modo un tanto abrupto: “Camaradas estudiantes, sus becas han sido canceladas. Volverán a España en el próximo avión…”

El drama

Permítanme que me demore en este punto de la historia. Como se pueden imaginar, la noticia sobre la cancelación de las becas ha caído como una bomba entre los estudiantes españoles (¡vamos a perder el curso!). Por mi parte, tenía cosas más importantes en las que pensar: intentaba descifrar el significado profundo de una novedosa sensación de desasosiego que empezaba a abrirse paso en mi interior. Como una especie de presentimiento de que algo empezaba a ir mal. Como cuando se te pincha la rueda de la bicicleta, y aunque tú no lo sabes, cada vez te va a costar más pedalear. O como si te cayeras de un guindo a cámara lenta. Sí, la anulación de la beca fue el primero de una serie de incidentes que me acabarían llevando a plantearme la gran pregunta: ¿pero-qué-coño-hago-yo-aquí? Y se podría decir que todo empezó por error… Pero no adelantemos acontecimientos. Volvamos al aeropuerto. Comienza entonces una angustiosa espera en una grisácea sala con vistas a una de las pistas de aterrizaje del aeródromo Domodedovo. “Joder, que cutrez de sitio, parece la Estación Sur de autobuses. ¡Y cuánto madero!”, afirma desde el resentimiento un consternado becado madrileño de Usera. En vez de aterrizar en el aeropuerto internacional Sheremetovo 2 nos habían desviado a un aeródromo tomado por jóvenes soldados impasibles del Ejército Rojo embutidos en abrigos grises y gorros de piel. Se masca la tensión en el ambiente. Pasan los minutos. Mientras el resto de estudiantes se come la uñas me quedo embobado mirando la entrada triunfal en la pista del Antonov An-225 Mriya, el avión más grande del mundo, la bestia de los aviones de transporte. Se me saltan las lágrimas de la emoción. ¡Ay, si estuviera aquí el yayo Ramón!La tunaUnas cuantas horas después, los funcionarios del ministerio reaparecen con una orden: “Recojan sus cosas… Sígannos… Súbanse a ese autobús”. Ay, madre. ¿Nos llevan a otro aeropuerto? ¿Volvemos a España? Los camaradas funcionarios no saben no responden. Comienza entonces uno de los viajes más surrealistas de la historia de la locomoción. La ausencia de información sobre nuestro destino hace que algunos de los estudiantes empiecen a poner cara de estar sufriendo un secuestro express. Otros parecen menos preocupados: “Nos llevan a casa de Solyenitsin”, me dice entre risas una bilbaína. ¿De quién? Antes de que me pueda responder nos mandan callar. El camarada funcionario nº 1 va ha hablar. Atención… Prueba el micro… Se aclara la garganta… Ahí va: Aj… doroguie kapullos, sichás nachinai nasha vecherinka”. ¿Qué coño ha dicho?, le pregunto a la bilbaína. “Juraría que nos ha llamado capullos”.¿Cómo? Y entonces, tras unos segundos de incertidumbre, ocurre algo extraordinario: el camarada funcionario nº 1 se arranca a cantar en perfecto castellano: “El trigo entre todas las flores / ha elegido a la amapola, / y yo elijo a mi Dolores, / Dolores, Lolita, Lola. // Y yo, y yo escojo a mi Dolores / que es la flor más perfumada, / Doló, Dolores, Lolita, Lola. // Porompom pón, poropo, porompom pero, peró, // poropo, porom pompero, peró, /poropo, porompom pon”. Estupor general en el autocar. ¿Por qué canta esto? ¿Se ha vuelto loco? Parece español… Espera, que sigue… “La cabra, la cabra, la puta de la cabra, la madre que la parió, eh…” ¡Este menda es español! “Camaradas becados. El comité de estudiantes españoles veteranos les da la bienvenida a Moscú y tiene el placer de comunicarles que sus becas no han sido anuladas. Y ahora, todos a una: Carrascal, carrascal, qué bonita serenata…”

La residencia para pioneros

Bien, acabadas las bromas chuscas la cosa empieza a ponerse seria de verdad. Los veteranos nos informan de que el Ministerio de Educación aún no nos ha asignado alojamiento en ninguna residencia universitaria. Así que, hasta que nos den un destino, todos los becados nos alojaremos en una residencia para Pioneros (Nota: la revolución socialista creó una de las organizaciones más amplias para la educación política de los niños: los Jóvenes Pioneros. Fueron fundados al mismo tiempo que el Partido Comunista para garantizar la integración de los niños en la sociedad). La primera toma de contacto con la residencia del hombre nuevo socialista es un tanto decepcionante. El edificio parece algo abandonado. Aunque no por mucho tiempo: detrás de nosotros llega un flota de autocares ¡con cientos de africanos! Uno de los veteranos ataja cualquier tipo de especulación al respecto: “No, no es una inocentada. Cada año llegan a Moscú cientos de estudiantes africanos. Aquí se forman muchos de los cuadros de los partidos comunistas africanos. ¿Que por qué tienen pinta de acabar de salir de la tribu? Supongo que porque acaban de salir de la tribu”. Nadie se toma a broma el comentario: algunos de los africanos no tienen más equipaje que lo puesto –sandalias, túnicas y poco más– y parecen algo acojonados. Creedme, sé de lo que hablo. La primera noche me toca compartir habitación de tres camas con ocho subsaharianos. No está mal para alguien que no ha visto un negro de cerca en su vida… DÍA 2 00:05 h. Ya estamos los nueve en la habitación. Los africanos son parcos en palabras así que nos desnudamos en silencio. No puedo evitar fijarme en sus cuerpos: ronchas, cicatrices como de machete… Uno de mis compañeros de catre es un negro albino que se pasa toda la noche llorando. Duermo regular… 08:15 h. Me encuentro con algunos de los españoles en el baño. Sólo hay una pastilla de jabón para toda la residencia. “Dicen que hay pulgas y chinches”, afirma una catalana horrorizada. Buf, a ver qué tal el desayuno. Té y una pasta de sémola de trigo con leche llamada Kasha a la que recomiendan echar un chorro de una especie de aceite por encima. Me extraña que no haya más comida. Me habían dicho que los soviéticos acostumbran a desayunar fuerte: puré, cuatro filetes rusos y un huevo cocido. Con todo, después de desayunar, me entran ganas de cagar. No hay papel higiénico… 11:00 h. Reunión improvisada de los estudiantes españoles. Conclusiones: a) éste sitio es un infierno; b) hay que intentar que el Ministerio de Educación nos dé un destino cuanto antes. Pero, aunque en ese momento no lo sabíamos, la cosa no era tan fácil. Básicamente nos enfrentábamos a dos problemas. 1) Salir pronto de ahí. Adelanto que yo tardé tres días en salir. No obstante, el falso funcionario camarada nº 1 (en realidad se llamaba Andrés Blanco y era de Torrejón de Ardoz) me informó de que no estaba en condición de quejarme. Según parece, en 1989, una chica de Málaga se tiro dos meses en la residencia de los pioneros a la espera de destino. Acabó medio enloquecida. Y cuidado porque podía haber sido peor… Lo que nos lleva directamente al punto 2) que no te envíen a Siberia. Según cuentan los veteranos, en 1988 un sevillano becado para estudiar en Moscú fue enviado a hacer su carrera a, redoble de tambores, Vladivostok (bonita localidad a 9.289 kilómetros de Moscú. La temperatura media en enero es de -13.7° C). El sevillano vivió para contarlo: “Aquí es todo muy feo, quillo. Está todo en cuesta. Cuando hiela te metes unas piñas de flipar. Quillo, ¡a quién se le ocurre construir en cuesta una ciudad en la que hiela siempre!”. DÍA 3.

El análisis

Bien, antes de que nadie pueda poner un pie en residencia alguna hay que pasar una última prueba. La del SIDA. La cosa funciona así: nos llevan a la planta 14 del Hotel Universitiet, edificio tapizado en sky sito en la avenida homónima. Allí, una enfermera completamente demacrada, con pinta de haber ingerido recientemente litros de vodka de patata, me pide que me remangue. Se va a estrenar conmigo. Acostumbro a mirar hacia otro lado cuando me pinchan, pero ese día, quién sabe si por estar curado de espanto tras tres días en las afueras pioneras de Moscú o por algún extraño instinto de supervivencia, me dio por mirarme la vena en el último momento. “Aaaaaaagh, para, para, para”. Las temblorosas manos de la enfermera beoda sujetan una jeringa de cristal, con la aguja doblada y oxidada “No me pinche con eso, mi arma”. Se inicia entonces un tira y afloja que termina de un modo inesperado. “Camarada, entre tú y yo, abajo, junto a la recepción, hay un señor que vende jeringuillas… por unos dólares”, me susurra la enfermera mientras me guiña un ojo vidrioso. Como no entiendo nada, un estudiante asturiano llamado Tomás me hace un resumen de la situación: “Las enfermeras están conchabadas con unos tíos del mercado negro”. Toma moreno. Nos acercamos al mostrador tapadera. Lo atiende un ruso con bigote con poca pinta de vender jeringas de estraperlo. “¿Seguro que es aquí?”, pregunta Tomás. “Joder, no sé. Vamos a ver… Esto, jefe, venimos a por eso”, susurro en un inglés macarrónico. El ruso me guiña el ojo y saca una bolsa de debajo del mostrador. “Son buenas”, afirma, “muy buenas”. DÍA 4 Antes de que empieza a contar cosas sobre mi nueva residencia es necesario que nos situemos. Salvo que estudies medicina, lo normal es que te envíen a la Lomonosov, la Universidad Estatal de Moscú (MGU). No obstante, existen otras opciones más folclóricas. Por ejemplo, la Universidad Patricio Lumumba (UPL), popularmente conocida como “el Bronx”. Se trata de una universidad para estudiantes extranjeros, preferentemente africanos y latinoamericanos (si eres soviético y estás ahí estudiando es que eres un pieza de cuidado). Pero vayamos con lo mío. El edificio que alberga mi residencia en la MGU es uno de los denominados cinco cojones de Stalin. Lo que oyen. Se inauguró en 1953 (en esa época era el edificio más alto de Europa). Se dice que es posible estudiar los seis años de carrera sin tener que salir del edificio. Dentro hay de todo: comedores, lavanderías, oficinas de correos, clubes de ajedrez, librerías, tiendas de ropa, droguerías, bancos, clínicas y, por último, aunque no por ello menos importante, diversos mercados negros con todo tipo de género. Ah, antes de que se me olvide, los cinco cojones de Stalin son cinco rascacielos idénticos que el padrecito mandó construir tras ver una foto de Manhattan. O sea, que se construyeron porque le salió a él de sus santos cojones.

Viaje al centro de Moscú

El mismo día de mi llegada al tercer cojón de Stalin nos llevan –a mí y a un heterogéneo grupo de estudiantes del que enseguida hablaré– a hacer unos recados en un autobús hecho puré. Ea, por fin vamos a ver la ciudad, me digo. Arrancamos. Lo primero que llama la atención de Moscu visto desde la ventana de un autobús son los incomprensibles letreros en cirílico. Y luego las colas. Colas de todos los colores, de todos los tamaños, en casi todas las calles. Aunque entonces no era del todo consciente, pronto empecé a entender la relación directa entre a) no haber traído comida de España y b) las largas colas que había en la calle.

Pero ahora no tengo tiempo para pensar en estas cosas. Estamos parando. Parada 1: como tenemos que hacernos fotos para el carnet de la uni el conductor nos ha llevado a una zapatería. ¿Dónde si no? ¿No lo pillan? Esperen, que les echo un cable. Definición de fotomatón moscovita: zapatería situada en los bajos de un edificio de viviendas en la Avenida Profsoiuzsnaya. En la puerta de la zapatería hay una larga cola. Dentro varios fotógrafos con cámaras Zenit del año de la polka. Dentro cientos de cajas de zapatos repletas de fotos en blanco y negro y una turbamulta de rusos a la búsqueda de sus fotos. Fuera una señora de unos ochenta y cinco años con un brazalete rojo comprobando que te llevas tu foto y no la de algún otro camarada. Vuelta al autobús. Más colas por la ventanilla. Stop. Segunda parada: Oficinas de la Podgotovitelni Facultied, la facultad preparatoria para extranjeros de la MGU. El trámite de sellar, firmar y dar el visto bueno al carnet de estudiante es lento, doloroso y requiere de la participación de cuatro funcionarias de cardados indescriptibles (Nota: yo no sé nada de política. Bueno, más que no saber, es que me la suda. Con todo, viendo a las cuatro funcionarias poniendo un sello, no he podido evitar llegar a mi primera conclusión política del viaje: el logro real del socialismo fue conseguir que nadie pegara un palo al agua en setenta años. No parece poca cosa). Continúa el viaje. Colas, más colas. Al fondo se vislumbra un paisaje familiar. Tercera parada: Plaza Roja.

Bien, ahora sí que es momento de hablar de los pasajeros de este autobús. Atención, porque voy a empezar a pasar lista según se vayan bajando del vehículo y pisando la Plaza Roja. 1) Lolito Romero. España. Estudiante de ingeniería. 2) Néstor. Nicaragua. Ex combatiente del Frente Sandinista. 3) Hugo. Honduras. No para de criticar absolutamente todo durante el trayecto. Néstor me informa de que es un trotskista irredento. Pues vale. 4) Ali y Yasser. Líbano. Guerrilleros comunistas huidos de su país tras protagonizar una acción armada chapucera. 5) Femi, Umaru, Mohammadu… y otros cuarenta africanos en ropa de verano; uno de ellos tiene tanto frío que sale del autobús envuelto en una sábana que ha birlado en la residencia. Sí, amigos, el cuadro es dantesco. Pese a todo, pasamos completamente desapercibidos. Los moscovitas parecen estar acostumbrados a esto y a mucho más… Paseo por la plaza. Vuelta al autobús. Run run. Cuarta parada: Visita a los Almacenes GUM, situados frente al Kremlin y el mausoleo de Lenin.

Fundadas en 1953 las galerías GUM son el orgullo del comercio soviético. “Es como el Corte Inglés”, me susurra una funcionaria del ministerio. Añade que ha estado de viaje por España invitada por un sindicato. Ella y toda su familia. Les encantó Benidorm. Esto… empiezo a estar algo exhausto. Y no soy el único. Justo antes de que al africano de la sábana le de una hipotermia, funcionarios del ministerio nos proveen de todo tipo de ropa: chándals de la selección olímpica soviética, jerséis, abrigos militares, calzoncillos largos, botas, calcetines de lana, etc. La gama de colores es muy amplia: del gris piedra al gris hornillo. El trotskista hondureño aprovecha para lanzar una soflama sobre la “fobia estalinista a los colores del arco iris”. Uno de los libaneses le amenaza educadamente de muerte. No volverá a abrir la boca durante el resto del día… No lo comprendería, camarada. Una vez uniformados volvemos a la residencia. Los africanos están más animados, me siento mejor, parece que las cosas empiezan a ir bien. Al llegar al tercer huevo de Stalin un funcionario me comunica que me puedo incorporar a las clases inmediatamente. Sólo que el ministerio ha decidido que estudie ¡ingeniería agrícola! “La Ingeniería Nuclear es sólo para estudiantes de países del Pacto de Varsovia”. Ay, mi madre. Ay, mi madre. Joder, ¡po-dían habérmelo dicho antes! ¡Ingeniería agrícola! No sé como tomármelo. Me mareo, me repongo, me mareo, me repongo. El caso es que no he recorrido 4.000 kilómetros para que me enseñen a obtener cinco cosechas de remolacha al año. Estoy tan cerca de mi objetivo que no es momento de venirse abajo. Ahora que ya tengo uniforme es hora de empezar a luchar. ¡Quiero que me dejen estudiar ingeniería nuclear!